La utopía republicana

tareas gubernativas que el país requería. Debido a lo anterior es que la labor docente de Herrera en el Convictorio de San Carlos y en el proyecto de reforma educativa echeniquista fue la de formar ciudadanos, en el terreno más profundo y sagrado: las conciencias individuales. Dentro del contexto anterior, la instrucción pública, al brindar luces, despejaría el camino de la acción, oponiendo a la doctrina malsana de la Ilustración un cuerpo de ideas enraizadas en la verdad filosófica. De esta manera se terminaría en el país, de una vez por todas, «la tiranía de las leyes, la rebelión de los partidos y en los gobiernos la violencia». El Colegio de San Carlos, escuela de republicanos, se encargaría de velar por que el ciudadano pudiera usar de su «libertad sin peligros» (Vargas Ugarte, 1970; Leguía, 1989, pp. 63-105). Si bien es cierto que el castillismo hizo suyas muchas de las ilusiones educativas de Herrera, dirigiendo una parte importante del presupuesto estatal al mejoramiento de la educación nacional (Regal, 1968; Mac Lean y Estenós, 1964; Oviedo, 1861-1872; Villarán, 1913), fueron principalmente los aportes político-ideológicos del discurso herreriano los que fueron asimilados para la justificación y legitimización del «Estado castillista». Si este, fertilizado por los ingentes recursos guaneros, era capaz de velar por el «bien común» de todos los miembros de «la familia peruana», la obediencia incondicional de los gobernados quedaba asegurada. Por otro lado, al eliminar el temido espectro de los faccionalismos, mediante la apelación al discurso unificador de «la patria», la ideología herreriana proveyó al castillismo de las armas necesarias para cooptar, neutralizar o eliminar a los enemigos políticos de turno. En el contexto anterior, los miembros de las facciones, renuentes a ingresar a formar parte del «gobierno nacional castillista», no solo serían caracterizados como los promotores del caos y del divisionismo, sino como los que ponían en peligro el «bien común» de todos los peruanos. El único problema por resolver, para lograr implementar la ideología autoritario-cohesionadora anterior, fue el logro de la elusiva y difícil legitimidad. Esta —pieza clave del edificio patrimonial imaginado por Herrera— debía de cubrir, con un manto protector, al gobernante de turno. Más adelante veremos cómo el castillismo diseñó también un escenario electoral capaz de proveer a la sucesión presidencial de aquel importante elemento simbólico. El «ritmo cíclico» en la relación de Ramón Castilla con los diferentes caudillos de la época —José Rufino Echenique, Domingo Elías, Juan 61

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