intelectualidad opositora era evidente que para mantener vivo el modelo político castillista se hacía indispensable no solo proseguir un trigonométrico endeudamiento estatal, sino que era inevitable, en aras del «orden y la unidad», el recorte brutal de las libertades ciudadanas individuales. El autoritarismo que empezó a mostrar el castillismo durante su segunda etapa alejó no solo a los resentidos liberales sino también a antiguos e importantes aliados. En el escenario político anterior, minado por el cuestionamiento de la legitimidad política del gobierno central y por una galopante crisis económica, las maquinarias provincianas comenzaron a adquirir una mayor preeminencia en el diseño de la política nacional. En la década de 1860, la inestabilidad política peruana —ocho gobiernos militares en diez años— era inocultable. En ese contexto, la sucesión de múltiples administraciones reacomodó intermitente las alianzas entre Lima y los departamentos del interior. Por esos mismos años también se hizo evidente la intensa actividad de las maquinarias políticas provincianas, que actuaban con autonomía, plegándose a los diversos bandos en pugna. Los congresistas y autoridades locales, los propietarios de tierras, los jueces de provincia, los preceptores, los militares indefinidos y la «plebe» tuvieron un rol activo en aquellas. Los indefinidos —miembros de los «diferentes y heterogéneos ejércitos» que cada gobierno de turno formó y cada gobierno revolucionario dispersó— constituyeron, en ciertos casos, las vanguardias de estas complejas organizaciones. En Puno, por ejemplo, una de las maquinarias más poderosas de aquel departamento estaba controlada a mediados de 1860 por el coronel Miguel San Román, hijo de su homónimo, ex presidente y general del Ejército. El coronel San Román, hacendado y diputado por la provincia de Chucuito ante el Congreso de la República, logró tejer una red de importantes alianzas locales en su departamento, en las que participaban autoridades provincianas, diputados, senadores, militares y clientelas populares. San Román ejercía influencia sobre el prefecto de Puno, José María Barrionuevo, y sobre los subprefectos de Azángaro y Lampa, coronel Andrés Recharte y teniente coronel Mariano Montesinos, respectivamente. Dentro de su clientela se encontraban también el subprefecto de Lampa, Gabriel Barrionuevo, y diputados azangarinos de diferentes administraciones tales como, Santiago Riquelme, José Luis Quiñonez y José María Lizares. Durante la reacción conservadora que derrocó a Mariano Ignacio Prado, 1867-1868, la maquinaria política de San Román rindió lealtades a las fuerzas disidentes de los militares José Balta y Pedro 68
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