La utopía republicana

parlamentarios, las asociaciones y la esfera pública— se constituyó en estrategia fundamental de la campaña. El abogado arequipeño José Simeón Tejeda —gestor y activo participante en la revolución liberal de 1854 y en la Restauradora de 1865, diputado por Condesuyos a la Convención y su vicepresidente por dos períodos, dos veces ministro de Estado, presidente del Club Universitario de Lima y miembro de la Junta Departamental de Sociedad Independencia Electoral en Arequipa— junto con el lanero puneño Manuel Costas — exconvencionalista, candidato a la Presidencia de la República en las elecciones de 1868— y el diputado andahuaylino Pedro José Casafranca, el chiclayano Goyburu, el cusqueño Manuel Macedo, los arequipeños Diego Masías, Juan Mariano Goyeneche y Juan Gualberto Valdivia — miembros también de la Convención de 1855-1857— se erigieron en los principales articuladores de una política de atracción y convencimiento hacia los diputados que se estaban alejando del régimen de José Balta (Echegaray, 1965, pp. 500-512)137. Similar situación ocurrió con los diputados miembros del Congreso Constituyente de 1860 y del de 1867, simpatizantes y activistas de la Sociedad Independencia Electoral. Congresistas como el médico y representante por Huaraz, Celso Bambarén; el chalaco Manuel Santa María; los hacendados iqueños José Boza y Carlos Elías; los limeños Juan Bazo, Manuel María Rivas, Reynaldo Chacaltana; el arequipeño Juan Corrales Melgar; el moqueguano Pedro M. Cabello; y el tarapaqueño Juan Oviedo, entre muchos otros más, se constituyeron en puntales importantes de la campaña. Algunos, incluso, como Oviedo y Cabello, encargados de trasladar correspondencia y fondos de campaña, fueron los enlaces itinerantes entre las provincias y Lima (Mc Evoy, 1994b). Es probable que el círculo parlamentario liberal, rezago de los agónicos núcleos liberales de antaño, apoyara a la Sociedad Independencia Electoral teniendo en mente la posibilidad de que la joven asociación política pudiera concretar los ideales que las revoluciones frustradas de 1854 y 1865 no lograron llevar a cabo. La traición de Castilla, primero, y la incapacidad de Prado, después, habían hecho comprender a los viejos liberales la precariedad en la que descansaban los proyectos políticos diseñados por civiles y comandados por militares. El establecimiento de una jefatura civil para la conquista del poder, propuesta por la Sociedad Independencia Electoral, no solo reformuló la estrategia política tradicional, sino que resguardó a los núcleos liberales de la azarosa 92

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