proyecto nacional, planteada en la década de 1870 por los representantes de la «nueva historia» y al hacerlo brindar luces, no solo sobre el complejo proceso de creación de identidades colectivas en las sociedades latinoamericanas, sino sobre las condiciones internas y externas que determinaron que las ideas propiciadoras de dichas identidades —tales como república, ciudadanía, democracia, entre otras— fueran aceptadas, reformuladas o desechadas por las élites políticas. ¿Cuáles fueron los impedimentos estructurales para que el ansiado «ciudadano republicano», pieza clave de cualquier proyecto político nacional, fuera débil o no apareciera? ¿Qué estrategias se pusieron en funcionamiento para crear una cultura cívica, capaz de corporizar al tan requerido elemento político y efectivizar los tempranos e incipientes proyectos dirigentes? ¿Cuál fue el rol de la educación en este largo y complejo proceso ideológico y político? Las preguntas anteriores están enmarcadas en las nuevas corrientes de investigación, que sobre republicanismo, cultura cívica, esfera pública y sociedad civil han surgido en la década de 1980 en el mundo académico occidental (Anderson, 1985; Gellner, 1983; Hobsbawm, 1990; Barbalet, 1988; Oldfield, 1990; Habermas, 1989; Aguhlon, 1983; Turner, 1992; Moore & Myerhoff, 1977). La segunda meta que me propongo es plantear —siguiendo el marco teórico propuesto para el caso inglés por Philip Corrigan y Derek Sayer, y para el mexicano por Alan Knight— que cualquier proyecto político de construcción estatal va irremisiblemente unido a una revolución cultural que lo legitimiza y avala (Corrigan & Sayer, 1985; Knight, 1994). El Estado, dentro del contexto anterior, es visto por los autores mencionados, como un órgano de pensamiento social encargado de llevar a cabo la disciplina moral de las clases subordinadas. Para lograrlo parasita, a través de sus agentes, fragmentos de la conciencia colectiva y la articula dentro de un proyecto totalizador. De esta manera logra una de sus principales metas, a saber, la de imponer sobre una realidad multifacética y altamente diferenciada un proyecto totalizador capaz de proveer la sensación de una ilusoria comunidad nacional. Así, cada proyecto ideológico cohesionador será legitimizado mediante un ethos moral particular (Corrigan & Sayer, 1985, pp. 1-13). Para el caso del proyecto de construcción estatal que nos interesa analizar, dicho ethos moral proviene de una categoría tradicional incrustada en la experiencia histórica peruana. En efecto, opino que será alrededor de «la República» que se construirá una ideología moralizadora, 45
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