La utopía republicana

toda la fuerza a su disposición. Para Pardo, el gobierno no podía retroceder ni ser traidor a «su misión». Era por ello, probablemente, que mediante su traslado a Arequipa, además de encabezar el ejército represor, ejecutó un despliegue simbólico del poder civil292. El enfrentamiento inevitable, debido a lo irreductible de las posiciones en conflicto, se dio finalmente en Los Ángeles, Arequipa, entre el 7 y el 8 de diciembre de 1874. En aquel, el gobierno aglutinó, además de a los contingentes del ejército regular, a los cuerpos de la Guardia Nacional y de celadores y gendarmes limeños, arequipeños y puneños, comandados por importantes dirigentes partidarios entre los que destacaban el coronel y congresista Manuel Rivarola, veterano de la revolución liberal de 1854; el capitán de navío, Lizardo Montero, encargado de la nominación de Manuel Pardo a la Presidencia de la República; el coronel Belisario Suárez, importante activista de la Sociedad Independencia Electoral en Arequipa, y el coronel Manuel Velarde, hermano de un convencionalista de Caylloma. En pocas palabras, las maquinarias político-militares civilistas tuvieron su prueba de fuego en Arequipa. Luego de la derrota de los rebeldes, del apresamiento de algunos sus más importantes líderes —entre los que no se encontraba Piérola— y del requisamiento de una gran cantidad de pertrechos bélicos, Pardo pronunció un importante discurso en el que identificó claramente a sus adversarios políticos y que circuló, a manera de proclama, en todo el país. Los «enemigos» derrotados eran para el presidente: Los mismos hombres que han colocado al país en medio de las dificultades que hoy se encuentra, los que ayer fueron separados del poder por la acción legal y pacífica de los pueblos, los que durante dos años han empleado el oro a manos llenas para provocar la sedición del ejército; en fomentar revoluciones en los pueblos, en armar partidas de montoneros en los campos, en subvencionar y distribuir periódicos infames que llevan la desconfianza, el odio y el desprecio por su Gobierno al corazón del ciudadano; los que han pagado a los asesinos para allanar el camino al poder; hicieron el último y supremo esfuerzo armado y tripulado en playas extranjeras… . para prolongar sus fines, o para prolongar en el territorio de la República una guerra civil sangrienta y desoladora293. Esta vez, sin embargo, los «hijos de la República» —Ejército, Marina y Guardia Nacional— habían demostrado a los «enemigos de la Patria» que el Perú nunca volvería a estar indefenso porque contaba con un contingente inmenso de buenos peruanos. A nombre de la «orgullosa República», Pardo bendijo a los defensores «del honor de la Patria y de la 162

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