mostrando su uso particular de los recursos lingüísticos provistos por la retórica liberal de la élite (Méndez, 2014, pp. 315-316). La tendencia hacia una suerte de «democratización» del concepto «república» —al menos en el plano de los usos lingüísticos— no se circunscribió a las alturas andinas. Sarah Chambers ha observado la resonancia que la retórica republicana-liberal tuvo entre los artesanos, labradores e incluso entre los afrodescendientes en Arequipa, quienes declaraban, en 1831, ser «hombres de bien» debido a que se mantenían con «su propio trabajo». Unos años antes, y en una tendencia que asocia trabajo con República, un grupo de «honorables» labradores recibió el elogio de la junta departamental, que los consideró «hombres de virtud y honor» debido a que «comían el pan con el sudor de su frente» (Chambers, 2003, p. 219). Mientras que los militares, jefes guerrilleros, labradores y artesanos hicieron suyo el vocabulario republicano con el fin de incorporarse, por medio de «servicios a la patria» o del «trabajo productivo», a un pacto republicano-liberal que parecía abrirse a nuevos socios, los miembros de la élite costeña se valieron de aquel para atacar, en la prensa, al general Andrés de Santa Cruz y a su proyecto confederado. El republicanismo, definido como un «sistema de gobernar a los pueblos» mediante el poder de la «opinión pública», siguió siendo preeminente durante los años de las guerras civiles22. «Nuestra República» —señalaba en 1835 El Eco Nacional de Trujillo— está «invadida por la ambición del boliviano», cuyos afanes conquistadores atentan contra «el honor nacional»23. A miles de kilómetros de distancia, los emigrados peruanos en Chile sostenían que Santa Cruz era «un extranjero» que tenía como objetivo «dilatarse» sobre las «Repúblicas vecinas» con la finalidad de negar los principios liberales y restablecer «un imperio en el Perú»24. Al igual que en Chile, el gobierno en el Perú debía ser republicano y liberal, es decir, «representativo y constitucional», con leyes sancionadas «unánimemente por sus pueblos»25. Las veleidades monárquicas de Santa Cruz justificaban la defensa armada de «los principios republicanos» — soberanía política y territorial—, pues aquellos eran percibidos como una vuelta a la etapa colonial26. A pesar de que los militares tomaron prestados algunos retazos del ideario republicano liberal, su concepto más caro, el de libertad, fue perdiendo relevancia desde mediados de la década de 1830. De ello dio cuenta una comunicación publicada en 1834 en El Telégrafo de Lima, que subrayaba que la meta final de las naciones no era la consecución de la 26
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