la apabullante derrota del candidato civil Domingo Elías frente al militar José Rufino Echenique hacía afirmar a un periodista del diario El Progreso que a pesar del tiempo transcurrido, el ansiado ciudadano, base social de cualquier proyecto republicano, no existía en el país129. Dos décadas más habrían de transcurrir para que la Sociedad Independencia Electoral retomara una vez más el viejo y gastado tema. Sin embargo, en esta oportunidad el grupo se creía portador de una estrategia política concreta, capaz de corporizar al fantasma huidizo. Era obvio que una república sin ciudadanos resultaba siendo un espacio gélido y vacío. Un grupo de profesores y estudiantes, miembros activos del Club Universitario de Lima y vanguardia intelectual de la Sociedad Independencia Electoral, lo corroboraban al considerar que el tiempo había llegado para que «todos los que viven en invisible alianza, unidos por el vínculo de la virtud política y de la santa aspiración hacia una época mejor, hagan práctica ostensible y pública su unión, con lo cual será poderosa e indestructible»130. De lo que se trataba, básicamente, era de convencer a esta «comunidad imaginaria», o dicho en la propias palabras de los universitarios a «la familia peruana» en su conjunto, que era el momento de participar activamente en política; y la manera más efectiva de hacerlo era afiliándose a una organización legítimamente constituida como la Sociedad Independencia Electoral131. La magnitud de la obra y la ambigüedad de la ley electoral de 1860 requería una convocatoria amplia, y así lo evidenciaba el general José Miguel Medina, exprefecto de Puno y candidato derrotado por Castilla en las elecciones de 1858. Medina, uno de los fundadores de la Sociedad Amigos de los Indios y miembro activo del Club militar del 2 de mayo, bastión de la Sociedad Independencia Electoral en el ejército, afirmaba que la Presidencia de la República no era patrimonio de una clase social y que la Constitución y el gobierno democrático llamaban a ese puesto a cualquier ciudadano, al que se creyese más al propósito, «sin tener en cuenta sus servicios pasados, ni su edad, ni su origen, ni su clase»132. Con lo anterior Medina corroboraba no solo lo publicado en la proclama de la Junta Directiva de Sociedad Independencia Electoral, en la cual se sostenía que el llamado a la participación política estaba dirigido a: «la gran mayoría del país sin distinción de clases, ni excepción de personas» formando una sola fila «el capitalista y el artesano, el propietario y el jornalero, el hombre de la universidad y el que labra la tierra, el sacerdote, el militar y el empleado público unidos por primera vez en 89
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