para luchar contra estos últimos, que el teniente coronel Simón Tadeo Antay, miembro del Club militar 2 de mayo, solicitó urgentemente dinero al gobierno central, que sería destinado, según Antay, a la compra de armas provenientes de la «turba demagógica» que tenía en zozobra a su ciudad. El grupo de conspiradores arequipeños que le quitaban el sueño a Antay estaba conformado por militares y jefes políticos «caídos» como Nicolás de Piérola, Domingo Gamio, Andrés Segura y Herencia Zevallos. Estos no solo intentaban construir trincheras en la capital del departamento, sino que incluso habían nombrado juntas revolucionarias de gobierno en algunas zonas inaccesibles al control policial277. A pesar de que muchas de las autoridades políticas departamentales y provincianas contaban con un sistema de apoyo formado por «agentes secretos» a sueldo, capaces de infiltrarse en las redes conspirativas, las asonadas rebeldes fueron el pan de cada día durante la administración civil278. En 1872, año de la inauguración civilista, se inició el «recrudecimiento de la ferocidad» política en todo el país (Gonzales Prada, 1938, p. 39; 1933, p. 25), esta tuvo su principal origen en la pugna entre las diversas facciones, desplazadas del poder, y los nuevos cuadros partidarios impuestos por el gobierno en cada provincia y departamento del Perú. Para Juan Mariano Goyeneche, importante dirigente partidario de Arequipa, los conspiradores eran gentes que no habían «conseguido sus aspiraciones» y por ello intentaban «hacer bajar a los que subieron para que se eleven ellos»279. Sin embargo, no todo fue un simple juego de «sube y baja» político entre «caídos y alzados». Una muestra es el caso de la conspiración frustrada de Santiago Izasi durante noviembre de 1872, en la cual aquel rebelde ayacuchano, caracterizado por la autoridad departamental como un «profeta loco», fue capturado cuando portaba documentos revolucionarios que respiraban «el más puro misticismo»280. Así pues, los «conspiradores de oficio» apelaban a diferentes mecanismos para crear un ambiente propicio a sus actividades. En algunos casos como el de Izasi esto ocurría mediante la distribución de documentos subversivos los cuales, junto a periódicos de oposición, llegaban a las provincias «gratis y en abundancia»281; en otros, era mediante la generación de rumores desestabilizadores. Dentro de las «mil y mil mentiras» que circularon al respecto, una de las más famosas estuvo referida a la ceguera del presidente Pardo282. A pesar de que la desestabilización tomó muchos rostros, la estrategia más directa para confrontar al gobierno fue el enfrentamiento armado. Uno 158
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