poder, guardara estrecha relación con la evidencia de las profundas brechas que la política de estabilización económica, de consolidación estatal y de imposición ideológica habían abierto no solo en el núcleo civilista, que llevó a Manuel Pardo al poder, sino en el seno de la sociedad peruana. La lenta disolución del ideal republicano en su versión comunitaria, como producto de la intensa crisis económica que envolvió al país durante el cuatrienio pardista, empujó a un sector importante de la coalición civilista, encabezada por el presidente, a proveer su apoyo a un miembro de un poder que durante cuatro años quisieron domesticar en vano. El pragmatismo de los «republicanos» los obligó a tomar el camino de las concesiones, con la finalidad de mantener la «paz social y el orden» y preservar la unidad de su proyecto. Si Mariano Ignacio Prado, aparentemente al margen de los peligrosos faccionalismos que podían desintegrar al país, consolidaba el sistema con el apoyo indiscutible que tenía en el Ejército y en el partido Civil, resultaría más fácil para el civilismo regresar en cuatro años a cosechar los apetecibles frutos de la estabilización económica, la consolidación política y la riqueza salitrera. La realidad se encargaría, sin embargo, de demostrarles a los pragmáticos pero desmemoriados civilistas, que hoy como ayer, los «hombres de las bayonetas» no eran dignos de confianza. 225 Juan Idoña, por ejemplo, estudiante de la Escuela de Medicina de Lima y jefe de una decena de la Sociedad Independencia Electoral, coronó, al igual que los congresistas, sus deseos y expectativas cuando vio el pecho de Pardo «consagrado por la banda bicolor». Las «buenas aspiraciones del gobierno» provocaron, «enseguida», que el joven Idoña buscara en la organización de las estadísticas de las enfermedades de Lima algo que indicara «adelanto» y «progreso» para la higiene pública del país. La misma actitud optimista fue asumida por Francisco Capeto, uno de los fundadores de la «Sociedad Amantes del Saber, quien, durante los meses posteriores a la inauguración pardista, tomó exámenes de aritmética y dibujo lineal a 120 artesanos limeños con la finalidad de organizar un curso de educación para ellos. Desde los departamentos del interior también llegaron cartas optimistas al presidente entrante. El tacneño José Inclán expresaba claramente aquel renovado sentimiento de participación colectiva al señalar que el triunfo civil había provocado «que el espíritu público haya despertado después de un largo letargo» (Juan Idoña, AGN, CMP, D2, 22-1460; Francisco Capeto, AGN, CMP, D2, 10-663; José Inclán, AGN, CMP, D2, 22-1466.) 226 Las cartas de Benito Monje y un grupo de peones limeños al presidente electo, quienes junto a sus congratulaciones pedían urgentemente cualquier colocación debido al «hambre» y la carencia de vivienda por la que atravesaban, o las del artesano arequipeño, las de Pedro Francisco Partú, quien después de presentar sus respetos a 179
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