los cuales ostentaban una «creciente pérdida de significación real». Lo anterior se debía, en parte, a que lo que estaba haciendo la revolución de Velasco en el Perú era «fundamentalmente nuevo», y a la incapacidad de los movimientos políticos «tradicionales» que por traición o ineptitud no cumplieron lo que habían prometido. 36 En su discurso más acabado, «Somos los iniciadores», Abimael Guzmán, líder e ideólogo del movimiento terrorista Sendero Luminoso, recreó en términos ultrarradicales el discurso político fundacional peruano: «Somos los iniciadores. Comenzamos diciendo somos los iniciadores. Terminamos diciendo somos los iniciadores […]. Camaradas, la hora llegó, no hay nada que discutir, el debate se ha agotado. Es tiempo de actuar, es momento de la ruptura y no la haremos en lenta y tardía meditación, ni en pasillos, ni en cuartos silenciosos, lo haremos en el fragor de las acciones bélicas» (Gorriti, 1990, pp. 66-67). 37 Del desdén existente en la historiografía peruana por los estudios políticos da cuenta el artículo que Jorge Basadre publicó en Apertura… (1978, pp. 347-364), en el cual señaló cómo el estudio del poder, representación epistemológica de la política, había sido constantemente devaluado por los historiadores peruanos. Basadre consideraba que dicho estudio era fundamental en una época en que, como nunca, la influencia del Estado era muy poderosa. En la actualidad, en que nuevamente surgen tensiones entre la sociedad civil y el Estado, y el tema de «la política tradicional» y los «políticos tradicionales» se ha convertido en el deux ex machina de todos los problemas nacionales, los estudios de historia política son imprescindibles. 38 Para una aproximación al pensamiento de Manuel González Prada ver Belaunde (1918, pp. 65-69), Chang-Rodríguez (1957), Podestá (1975) y Kristal (1987). 39 Políticos peruanos (1989, p. 26). Mariátegui, por otro lado, al trasladar el eje del debate de lo urbano a lo rural refocalizó la discusión político-ideológica alrededor del problema del indio, con lo que relegó las formas tradicionales de hacer política (elecciones, constitución de parlamento, construcción de consensos) a los territorios de la prehistoria. Su negativa a consolidar un partido hacía obvio su rechazo a la política tradicional. El gran mérito de Mariátegui de apropiarse del escenario político nacional mediante la revalorización del indio no estuvo acompañado de una hoja de ruta que nos enseñara cómo debía realizarse esa incorporación. En otras palabras, Mariátegui se impuso la inmensa tarea de incorporar a los muchos sin que los proyectos anteriores hubieran incorporado siquiera a los pocos. 40 La trascendencia del debate radica, para muchos, en la capacidad de expresar con singular claridad la emergencia de dos grandes fuerzas sociales de su época: el socialismo y el populismo. El enfrentamiento ideológico entre Haya y Mariátegui —que se da solo a nivel simbólico, ya que el contacto personal entre ambos fue muy breve— es presentado por apristas y socialistas como el momento fundacional de la historia política peruana. Cotler (1978, p. 15) presentó a Mariátegui y a Haya como «dirigentes políticos e innovadores teóricos» que «hicieron explícitos los temas que quienes los precedieron solo trataron de manera unilateral, en tanto no recogieron los intereses y perspectivas históricas de las masas populares». Para una aproximación al debate ver Luna Vegas (1978). 41 La teoría dependentista desarrollada por Gunder Frank (1967 y 1969), y cuya versión latinoamericana fue elaborada por Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto (1979), 52
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