en el intervalo de una semana, a los miembros de las mesas y a los electores. Es decir que el ciudadano debía acudir dos veces a emitir su voto. Lo anterior era impracticable cuando se reunían en el mismo lugar los bandos rivales. La toma de las mesas por el más fuerte parecía ser, dentro de este contexto, la fórmula más expedita. El grupo desalojado formaba otra mesa, conformando una dualidad o trialidad. Luego de esto las actas de todos los grupos en conflicto eran enviadas al Congreso, donde una comisión autodesignada las calificaba y designaba al ganador. La Comisión Permanente del Congreso, controlada en la mayoría de los casos por el Ejecutivo, era, en consecuencia, el «supremo elector». 74 En relación con este modelo, Richard Morse observa que las energías políticas del liderazgo posindependentista en Latinoamérica debieron tender a investir al Estado de una legitimidad suprapersonal. Los ingredientes de aquella fueron las tradiciones psicoculturales nativas —personalismo autoritario— adornadas con palabras como constitucionalismo y nacionalismo (Morse, 1992, p. 61). 75 José Arnaldo Márquez, en La orgía financiera del Perú (1888), aludía a los 80 000 pesos que gastó Echenique durante la campaña electoral de 1851. El dinero fue repartido entre las fuerzas de choque necesarias en toda campaña electoral, en la compra de electores y en los agasajos populares. El Dean Valdivia corroboraba lo anterior, añadiendo cómo el reparto de dinero fue un factor determinante en las elecciones de 1851. En la Quinta de Otero, por ejemplo, se organizó una merienda para ochocientas personas, que fue seguida de un desfile de cuatro mil personas. Las meriendas públicas, junto con el reparto de licor, dinero y la organización de diversiones populares (corridas de toros, juego de cometas, etcétera) fueron popularizadas durante la campaña electoral 1850-1851. Para el punto anterior ver Valdivia (1874, p. 290) y Basadre (1983, V, pp. 263-270). 76 Para este punto ver Orrego (1989) y San Cristóval (1935, pp. 83-84, 65-66). 77 Si bien es cierto Castilla mostró sus simpatías por el general Echenique, dio a conocer, también, sus dudas cuando un sector de la opinión pública comenzó a cuestionar la verdadera nacionalidad de su compañero de armas. 78 Para la elaboración del análisis del modelo electoral castillista me he apoyado en Fuentes (1856, 1866), Valdivia (1874), Castilla (1948), Lavalle (1893), Middendorf (1973), Basadre (1983, III, pp. 265-266; IV, pp. 13-44). 79 Echenique hizo una meteórica carrera política a la sombra de su mentor, Castilla. En 1845, durante su administración, fue congresista, consejero de Estado y luego vicepresidente de ese cuerpo. En abril de 1846 fue ministro de Guerra y Marina y en agosto de 1849 fue reelegido por el Congreso y nombrado consejero de Estado y presidente del Consejo. Echenique señaló en diferentes escritos que su elección, avalada por Castilla, se debió a su posición en favor del «orden». Para este punto puede consultarse Echenique (1952, 1855). 80 Sobre la situación del Perú previa a la revolución contra Echenique ver «Un Peruano» (1854) y Barriga y Álvarez (1855). Para los efectos de la consolidación en la revolución de 1854, Quiroz (1987a, pp. 124-138) y Casós (1854). Para la opinión de Echenique en torno a los acontecimientos que ocasionaron su salida del gobierno ver, asimismo, sus memorias (1952) y la vindicación de Nueva York (1855), anteriormente citadas. 78
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