seudónimo de un articulista del diario limeño «La Sociedad», el club era el lugar donde se realizaba usualmente la prosaica intermediación entre los políticos y sus clientelas. La transacción política, con la finalidad de ganar votos y apoyo logístico para la campaña, se realizaba proveyendo a los elementos populares convocados de alimentos, «pan, bizcocho, queso y aguardiente», y en vísperas de las elecciones de algo de dinero. La noche antes de los comicios, los miembros del club «se reunían a las siete y bebían hasta las dos de la mañana, hora en que se repartían algunas armas»140. Y es que el club político —conformado por militares, artesanos, tipógrafos, negros, caballerías o gente de campo— se había convertido en el campo de cooptación y manipulación de hábiles políticos. El general José Rufino Echenique, entre ellos, había logrado constituir, en 1849, sobre la base de un puñado de clubes, la llamada «Sociedad de Fraternidad y Unión Electoral». La articulación política de Echenique y sus «mandingos», como burlonamente se refería Fuentes al general y a sus seguidores mulatos, daba cuenta de que el juego político urbano, y probablemente provinciano, tenía como eje a una «oligarquía política» capaz de movilizar, mediante el dinero y otras retribuciones, un contingente popular importante. La amplitud participativa que la ley electoral permitía, la intermediación del sistema indirecto y el fraude permanente en la emisión de las «cartas de ciudadanía» posibilitaron la existencia de una peculiar dinámica política urbana. En esta, que ha sido analizada con detenimiento en el primer capítulo, se liberaban las energías políticas de las élites, se legitimizaba la institucionalidad del sistema y se proveía de empleo estacional y de entretenimiento a las masas urbanas. Sin embargo, no a todos les gustaba este tipo de entretenimiento. La indiferencia y ausencia de participación en la vida política por parte de muchos de los propietarios, profesionales, intelectuales y artesanos urbanos se evidenciaba en los enérgicos llamados de la dirigencia partidaria civilista, para que abandonaran aquella pasividad. Esta mostraba no solo el común hartazgo frente a una política farsesca y autoritaria, sino la percepción general de que el voto no tenía ningún valor. Era en alusión, tal vez, a esta corrupta situación electoral que un colaborador anónimo del periódico limeño El Artesano escribía sobre el «ridículo» que hacían los artesanos que se dejaban «engañar por la política»141. De igual opinión era el artesano cusqueño Francisco Gonzales, quien, en vísperas de las elecciones, aseguraba que sus afiliados no iban «a proteger las elecciones 94
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