durante los violentos sucesos en Puno, fue adquiriendo niveles alarmantes103. Las ambiciones locales, «despertadas y alentadas por una distribución loca de los caudales», no disminuyeron, y por el contrario, se acrecentaron, en la medida que el «Estado Patrimonial Castillista» entró en crisis y no pudo, en consecuencia, satisfacer las crecientes expectativas provincianas104. En 1871, en plena campaña electoral, el agonizante régimen baltista intentó oxigenarse a través de nuevos empréstitos internacionales, que tuvieron por finalidad principal aumentar los sueldos a los empleados estatales, implementar obras públicas en los departamentos del interior, ganar el apoyo militar mediante una irrestricta política de ascensos y agasajar a los parlamentarios afines a la causa del gobierno (Mc Evoy, 1994a). Sin embargo, a pesar de los intentos por parte de la administración Balta de poner en funcionamiento la vieja táctica patrimonialista, resultaba obvio que las maquinarias provincianas eran cada vez más autónomas y jugaban su propio juego de poder. En algunos casos, como el del departamento de Trujillo, la alianza con el baltismo fue un mero formulismo legitimizador que sirvió, simplemente, para cubrir amplias autonomías y abusos de los grupos políticos locales105. En vísperas de la transmisión del mando presidencial de 1872, era cada vez más evidente el aislamiento y la falta de control, respecto a sus antiguos aliados políticos, que sufría el régimen del coronel Balta. Es por lo anterior que para muchos no fue una sorpresa que, entre el 22 y el 27 de julio de 1872, y como «fin de fiesta» de una de las campañas electorales más violentas de la historia política peruana, el «Estado Patrimonial Castillista» se derrumbara estrepitosamente ante la mirada horrorizada de propios y extraños. La caída, por demás espectacular, no se debió tan solo a la vehemencia autodestructiva de los militares encargados de preservarlo106, sino a que los elementos que lo sustentaban —Ejecutivo autoritario, Congreso sumiso, burocracias obedientes, ideología conciliadora, faccionalismos adormecidos, máscara democrática, e ingentes cantidades de dinero para complacer a todos— habían desaparecido. En el incierto escenario social, que sirvió de marco a la desaparición violenta de un modelo político agotado, empezó a perfilarse un diseño político alternativo. En efecto, durante la campaña electoral presidencial, 1871-1872, que culminó con el derrumbe del modelo patrimonial castillista, se empezaron a dar los primeros trazos de un modelo político innovador. En este, la institucionalidad cívica, cimentada 74
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