La utopía republicana

coalicionista, un nuevo proyecto republicano conservador, con hegemonía civil, fue puesto en funcionamiento. En la sección final de este libro analizo la crisis final del modelo republicano que emergió luego de la posguerra y se prolongó hasta 1919. Aquel, en sus años postreros, se convirtió en un modelo político restrictivo con base económica exportadora; uno que no podía acomodar a nuevos actores sociales. Facciones disidentes aparecieron al interior del bloque de poder con la finalidad de realizar ciertas reformas internas, la de Guillermo Billinghurst entre las más notables; sin embargo, aquellas se vieron impedidas de llevar a cabo los cambios que hubieran podido oxigenar y, en consecuencia, beneficiar al sistema político peruano. La ausencia de apoyo popular y el peligro inminente de desborde social, agudizado por las fluctuaciones de la economía exportadora y el ingreso de nuevas ideologías como el socialismo y el anarquismo, determinaron que un republicanismo cada vez más conservador y autoritario estrechara su antigua alianza con los sectores militares. Así, en 1919, un miembro disidente del ala más autoritaria del civilismo, Augusto B. Leguía, reconstruyó, mediante una suerte de autogolpe, la alianza cívico-militar del pasado. La «Patria Nueva», etiqueta que se inventó para un desgastado republicanismo que intentó reciclarse, además de apelar a ciertas prácticas políticas de la tradición republicana conservadora, incorporó, con la finalidad de neutralizar un inmanejable conflicto social, las fórmulas neopatrimoniales que los ideales republicanos aurorales intentaron enterrar. 33 «El pueblo del Perú, las grandes mayorías, reclaman que las energías nacionales sean canalizadas, orientadas y administradas por instituciones eficientes […]. Por eso su rechazo permanente a un parlamentarismo irresponsable, estéril, antihistórico y antinacional, que hace prevalecer el interés de grupos y cúpulas partidarias sobre el del Perú»: «Manifiesto a la Nación del Presidente Alberto Fujimori» (Prieto Celi, 1992, pp. 82-97). 34 El término «regeneración» ha sido persistentemente usado en el discurso político peruano. Así, vemos que regeneradores fueron los movimientos de Vivanco en 1845, Castilla en 1854, Mariano Ignacio Prado en 1865, el gobierno de la República Práctica en 1872, el iglesismo, el cacerismo, el gobierno coalicionista, La Patria Nueva, el sanchezcerrismo, entre otros. 35 Un ejemplo, entre los muchos, que podemos citar es el que nos provee Carlos Franco, uno de los principales ideólogos de la revolución velasquista, quien, en su artículo, justamente titulado «Los políticos tradicionales» (1972, pp. 37-39), evidenciaba para 1972 «los signos de envejecimiento y caducidad» de los partidos políticos tradicionales, 51

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