representantes provincianos, quienes tendían a solicitar mejoras para sus respectivas localidades196. Resulta probable pensar que los congresistas del interior del país, encargados de elaborar la Constituyente de 1860 —entre los que se encontraba el tarmeño José Manuel de Aza, abogado y presidente del Comité Electoral de la Sociedad Independencia Electoral en su provincia, quien, a través de su correspondencia con Manuel Pardo, mostraba una gran preocupación por las mejoras en la infraestructura vial y escolar de su nativa Tarma—, estuvieran buscando un camino político para emancipar a sus respectivas localidades del centralismo político y económico limeño. Era probable suponer también que la reactivación de la política municipal en 1863 colaborara al resurgimiento de los viejos ideales descentralistas197. Las propuestas descentralizadoras y autonómicas de los representantes provincianos estaban en el ambiente desde hacía muchas décadas. En 1860 se habían dado intensas discusiones a raíz del nombramiento directo de las autoridades políticas locales por parte del ministerio de gobierno. La anterior imposición había dejado sin efecto el tradicional sistema de ternas de prefectos presentadas por las Juntas Departamentales al ministro. En 1865, el tema de la autonomía política de los departamentos fue retomado por Carlos Lissón, quien denunció, en una obra de divulgación, al centralismo político que todo lo oprimía198. Sin embargo, no fue hasta 1867, año de la rebelión indígena de Huancané, que se intensificó el cuestionamiento del modelo político vigente. El levantamiento puneño, que conmocionó a la capital del país, no solo evidenció la explotación y el aislamiento de las comunidades indígenas por parte de inescrupulosas autoridades locales, sino que mostró cómo los tentáculos políticos del modelo guanero, centralista y autoritario —pero a la vez complaciente y tolerante con las autoridades leales—, estaban desorganizando a las fuerzas productivas de los departamentos y provincias. El rostro rural Lima, a pesar de lo que persistentemente se ha afirmado, no vivía ajena a la realidad indígena y rural. Esto se debía a que dentro de su población de alrededor de cien mil habitantes existía un porcentaje importante de indios. El censo de 1876 mostró, de manera más clara, que la capital peruana era un mosaico étnico del cual los indígenas eran el 20% (Dirección General de Estadística del Perú, 1878)199. Lo anterior podía tener una probable explicación. En la década de 1860, debido a los permanentes 114
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