2
KARSTEN PAERREGAARD es profesor de antropología de la Escuela de Estudios Globales de la Universidad de Gotemburgo en Suecia. Es doctor honoris causa de la Universidad Nacional del Centro del Perú y doctor por la Universidad de Copenhague. Sus investigaciones se centran en los procesos migratorios del Perú y el impacto social y cultural de los cambios climáticos en los Andes peruanos. Sus publicaciones incluyen Linking Separate Worlds. Urban Migrants and Rural Lives in Peru (1997), Peruvians Dispersed. A Global Ethnography of Migration (2008) y Return to Sender. The Moral Economy of Peru’s Migrant Remittances (de próxima aparición). 3
Karsten Paerregaard PERUANOS EN EL MUNDO Una etnografía global de la migración . 4
Peruanos en el mundo Una etnografía global de la migración © Karsten Paerregaard, 2013 First published in the United States by Lexington Books, Lanham, Maryland, USA Reprinted by permission. All rights reserved. Publicado en inglés por Lexington Books, Lanham, MD, EE.UU. Impreso con autorización del editor original. Todos los derechos reservados. Título original en inglés: Peruvians Dispersed. A Global Ethnography of Migration © Lexington Books, 2008 © Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014 Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú Teléfono: (51 1) 626-2650 Fax: (51 1) 626-2913 feditor@pucp.edu.pe www.fondoeditorial.pucp.edu.pe Traducción: Javier Flores Espinoza Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. ISBN: 978-612-4146-91-6 5
AGRADECIMIENTOS Este libro es un estudio etnográfico de los peruanos que han emigrado en busca de una nueva vida. Tiene como base una metodología que requiere que el investigador acompañe a los peruanos donde quiera que vayan. Si se considera que la población emigrante peruana actualmente suma más de dos millones y está dispersa por cuatro continentes, esta investigación implica una odisea global que incluyó visitas a ciudades como Miami, Los Ángeles y Paterson y Nueva Jersey, en Estados Unidos; y a Canadá, Japón, España, Italia, Argentina, Chile y, claro está, el Perú. En el transcurso de esta aventura me reuní con muchas personas que, de una u otra forma, me brindaron una perspectiva, nueva e informativa, acerca de cómo es que la experiencia migratoria transforma la visión del mundo de los peruanos, y cómo es que estos cambian los lugares a los que van. La mayoría de estas personas eran peruanos o descendientes de peruanos, pero también me topé con migrantes de otras nacionalidades además de norteamericanos, españoles, japoneses, argentinos y otros más, que han tenido contacto con los peruanos en distintas situaciones. Por ello, quiero agradecer a todos los que me ayudaron a hacer que este libro fuera posible. En Miami compartí muchos momentos agradables así como de preocupación con Andrea y Silvia Sierra, quienes me ofrecieron su cálido apoyo. Agradezco también a Tito Domínguez y a Sandy y Brian Page, quienes me ayudaron a arrendar un carro y me ofrecieron alojamiento, comida y vinos excelentes. Asimismo, Elena Sabogal y Alma Suárez me introdujeron a la vida peruana en Miami, y me brindaron una estimulante compañía intelectual. También estoy en deuda con Nicario Jiménez, con quien tuve emocionantes conversaciones acerca de su trabajo como retablista, tanto en Miami como en Lima. En Los Ángeles, agradezco a Óscar Trigoso y a Silvia Domínguez por la hospitalidad y atención recibidas durante mi estadía en su casa en Long Beach. Debo mencionar también a mi difunto amigo y colega Michael Kearney, quien no solo me permitió quedarme en su casa, sino que además se interesó por mi estudio y compartió conmigo su experiencia de investigación en la 6
migración. Paul Gelles es otro colega y amigo que siempre me ha recibido y que se ha dado el tiempo para discutir temas de interés mutuo; a él también mi gratitud. En Bakersfield estoy en deuda con Víctor Flores, quien me introdujo en la vida de los pastores peruanos en California y su lucha por mejorar sus condiciones laborales. Extiendo también mis agradecimientos a Pedro Li, Jorge Luis Placencia, Javier Decarpio y Rómulo Melgar. Asimismo, mi estadía en Paterson, Nueva Jersey, fue breve pero sumamente intensa. Manuel Cunza, Lorenzo Puertas y Félix Araujo me brindaron información útil acerca de la migración peruana a esta ciudad. En España estoy en deuda con Chavica, Charo, Esperanza, Miguel y Amelia Domínguez, quienes no solo me ayudaron a contactar a los peruanos en Barcelona, sino que además me ofrecieron alojamiento y, quizá lo más importante, buenos momentos. Así también, Telmo y Vanesa me arrendaron una habitación en su departamento y siempre fueron muy generosos conmigo. Agradezco a Melvin Samaniego, Ninoska Palomino, Eduardo Evanán y Alfonso Cárdenas. Deseo, por último, mencionar a mis colegas Ángeles Escrivá y Mary Crain por su respaldo intelectual. En Italia, donde solamente tuve breves estadías en Milán, envío mis saludos a Rosa, Raúl y Amanda Mallma, y claro está, a sus padres y hermana en Huancayo. En Japón, Marco y Rosa María Tamayoshi, así como sus dos hijas, Sayuri y Naomi, me recibieron en todas mis visitas. Su hospitalidad fue abrumadora y, por ello, siempre los tengo presentes. Quiero agradecer también a mi amigo Shinya Watanabe, por permitir que me quedara en su departamento en Mito y por ser tan generoso conmigo. Además quisiera saludar a Pilar Aniya por haberme presentado a peruanos que viven en Japón. En Argentina, mi colega Brenda Pereyra me instruyó en los laberintos de las políticas migratorias de este país y me ofreció su agradable compañía. Me encuentro en deuda, sobre todo, con mi difunto amigo y colega Eduardo Archetti, por haberme introducido en los círculos intelectuales de Buenos Aires. Casilda Mallma y Gloria Samaniego también me ofrecieron ayuda. En Chile agradezco a Lorena Núñez, Carolina Stefoni y Francisco Malouf, quienes me presentaron a la colonia peruana de Santiago y me ofrecieron su buena compañía. 7
Del mismo modo, agradezco especialmente a los funcionarios de las embajadas y consulados peruanos en Miami, Los Ángeles, Paterson, Barcelona, Milán, Tokio, Buenos Aires y Santiago, por darse un tiempo para hablar conmigo. Mi odisea comenzó y terminó en el Perú. Por ello, aquí agradezco especialmente a mis suegros y cuñados, quienes me reciben en el aeropuerto y me toman como otro miembro más de la familia cada vez que llego a este país. ¡Vaya privilegio! Asimismo, estoy en deuda con mi compadre y colega Teófilo Altamirano, con quien compartí muchos momentos de buena compañía, y con Carla Tamagno y sus padres en Huancayo, que siempre me reciben con los brazos abiertos. Ya en la Pontificia Universidad Católica del Perú, los profesores Juan Ansión y Ana María Villacorta me brindaron su ayuda. Agradezco también a mis colegas Ulla Dalum Berg y Ayumi Takenaka, con quien he tenido muchas y estimulantes conversaciones en torno a la emigración peruana. Muchas otras personas me apoyaron y aunque no las mencione, ellas deben saber que su ayuda fue fundamental para mí. No puedo dejar de mencionar la ayuda brindada por mis colegas del Departamento de Antropología en Copenhague. Quisiera, en particular, expresar mi gratitud a Karen Fog Olwig, Kirsten Hastrup, Susan Reynolds Whyte, Michael Whyte y Michael Jackson, por el estímulo prestado y por haber creído siempre en que este libro se materializaría algún día. Por su parte, el financiamiento recibido del Danish Research Council hizo posible que esta investigación y publicación fueran posibles. No puedo dejar de mencionar a Javier Flores Espinoza, quien gentilmente tradujo el libro del inglés. Estaré eternamente agradecido por el trabajo que hizo. Por último, quiero agradecer especialmente a Ana María, mi esposa, y a nuestras dos hijas, Laura y Sofie, así como a mis padres, Peer y Grethe, porque siempre me esperaron mientras realizaba mis innumerables viajes al fin del mundo... en busca de peruanos. Finalmente, debo mencionar que el capítulo 6 de este libro ha sido publicado anteriormente en Journal of Ethnic and Migration Studies, 34 (2008). 8
CAPÍTULO 1. INTRODUCCIÓN: UN CAMPO EXTENDIDO Estoy entrevistando a Javier en su taller mecánico en el centro de Los Ángeles. «¿Por qué viniste a Estados Unidos?», le pregunto a este peruano de sesenta y dos años de edad. Me responde: «En 1984 fui a la Embajada de EE.UU. en Lima para solicitar una visa de turista. Me rechazaron. Quedé muy fastidiado y comencé a discutir con el funcionario. Eso no le gustó y pidió ayuda para que me echaran. Pero antes de irme le grité al funcionario: “Estoy yendo de todos modos a tu puto país. Cuando llegue allá me cagaré frente a tu puerta”». Javier sonríe y me dice: «Unos cuantos días más tarde renuncié a mi trabajo, vendí mi casa y mis carros, viajé a México y crucé ilegalmente la frontera a Estados Unidos». Hoy, Javier tiene la residencia permanente en este país y vive con su esposa en un pequeño departamento en Los Ángeles, donde se gana la vida reparando carros. En los últimos años las embajadas o los consulados, sus más modestas contrapartes, han pasado a ser el campo de batalla donde miles de ciudadanos de países en vías de desarrollo solicitan visas de turista, de residencia o permisos de trabajo, para poder viajar al Primer Mundo. Para la gente común estas instituciones envueltas en el misterio diplomático, que son representaciones de Estados extranjeros en el territorio de una nación, se ven distantes e inaccesibles. Es más, las embajadas y consulados a menudo se ubican en modernas áreas del centro o en distritos de clase alta, como ocurre con la de Estados Unidos en Lima, lo que permite a sus funcionarios y empleados gozar de los privilegios y estilos de vida ajenos a la mayoría. Pero una vez dentro de estas dependencias, las atractivas imágenes de países exóticos envueltas en un elegante glamour se desvanecen rápidamente. Aquí imperan las rigideces burocráticas y los procedimientos oscuros, y el visitante es recibido con una actitud de desconfianza y severidad, en particular si se trata de un ciudadano del país anfitrión de la embajada o del consulado. En estas oficinas, que se encuentran legalmente en territorio extranjero, la persona «local» es considerada como «extraña» y su solicitud es sometida a la más crítica 9
inspección posible. Los documentos de identificación y las historias personales son examinados una y otra vez, y a los interrogadores se les ordena que no traben comunicación personal con los visitantes. Como súbdito extranjero, el único derecho del solicitante es el de pedir permiso para ingresar al país. La decisión de si concederle o rechazar dicha solicitud es tomada en conformidad con las leyes de migración del país y queda íntegramente en manos de la embajada o de los funcionarios del consulado, sin que medie ningún tribunal de apelación. Por todo ello, no es sorpresiva la molestia de Javier cuando su solicitud fue rechazada. ENTRE LA EXCLUSIÓN Y LA INCLUSIÓN Los movimientos de población han caracterizado al Perú de modo significativo ya desde la época de los incas, pero fue solo en los últimos veinte años que la emigración ganó impulso. Al respecto, Altamirano (2006, p. 118) afirma que en 1980, eran quinientos mil los peruanos que vivían fuera de su país, un millón en 1992 y 1,5 millones en 1996, de una población total de aproximadamente veinticuatro millones. Hoy en día, Altamirano calcula que esta misma cifra ha llegado a los 2,5 millones, que representa casi el 10% de la población peruana, que actualmente ha alcanzado los veintinueve millones (2006, p. 118)1. En cifras absolutas, claro está, no esto no constituye una gran población en comparación con otros grupos de emigrantes internacionales como mexicanos, turcos, chinos o indios. Sin embargo, la emigración peruana requiere que se le preste detenida atención por otras razones. En primer lugar, en su población emigrante están representados peruanos provenientes de todos los sectores de su sociedad. Peruanos de clase alta, así como media y trabajadora, profesionales urbanos y campesinos de la sierra, oficiales de policía y vendedores ambulantes, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, así como mestizos e indios y otros grupos étnicos más, están dejando el país en gran número. En segundo lugar, y a diferencia de otros emigrantes latinoamericanos o caribeños que tienden a concentrarse en uno o dos países y ciudades (los cubanos en Miami, los puertorriqueños en Nueva York, los mexicanos en Los Ángeles y otras ciudades de EE.UU., los jamaiquinos en Londres y así sucesivamente)2, los peruanos se dispersan por muchos lugares. Por supuesto que en el mundo contemporáneo no es inusual que las poblaciones emigrantes establezcan fuertes vínculos internacionales entre dos o tal vez tres países. Así, muchas poblaciones asiáticas y africanas tienen fuertes lazos emigrantes con varias ciudades y 10
países europeos, de Oriente Medio o norteamericanas (como es el caso de los turcos, argelinos, marroquíes, bangladesíes, paquistaníes y filipinos)3. De igual modo, los vínculos emigratorios intracontinentales son comunes en muchas partes del África, Asia y Europa4. Sin embargo, pocas poblaciones migrantes son tan heterogéneas en términos de su dispersión geográfica y diversidad social como la peruana, lo cual hace que esta constituya un estudio de caso singular, útil para revisar los actuales intentos de teorizar la migración internacional, basados fundamentalmente en estudios de poblaciones migrantes que se encuentran físicamente concentradas en uno o dos destinos (como en el caso del concepto de transnacionalidad), o representan formaciones sociales homogéneas y conscientes de sí mismas (como ocurre con el concepto de diáspora). Este libro examina los cambios históricos y las circunstancias económicas y políticas en el Perú, que hicieron que Javier y millones de peruanos más emigraran a Estados Unidos, España, Japón y Argentina; y describe cómo los movimientos de la población del país se desarrollaron en los últimos cincuenta años. Analíticamente, este estudio utiliza la investigación etnográfica para explorar, de un lado, cómo es que los peruanos se adaptan al contexto receptor en Estados Unidos, España, Japón y Argentina; y del otro, cómo es que experimentan e interpretan esta adaptación, colectiva e individualmente. Para hacer esto, analizo el proceso migratorio como uno de inclusión y exclusión, configurado por dos modos de diferenciación. En primer lugar, tenemos un proceso externo de diferenciación, generado por las cambiantes políticas migratorias y la demanda de mano de obra extranjera en las sociedades receptoras. Estas transformaciones estructurales generan divisiones constantes entre aquellos peruanos a los cuales se les otorga el estatus de inmigrantes legales, por oposición con lo que ocurre con aquellos clasificados como inmigrantes indocumentados o no autorizados, y entre aquellos que logran alcanzar la movilidad social y quienes no lo logran. En segundo lugar, existe un proceso interno de diferenciación, producido por los conflictos y las pugnas que ocurren periódicamente dentro de las comunidades migrantes. Dichas tensiones usualmente se desencadenan por relaciones no solo de reciprocidad y confianza, sino también de explotación y desigualdad, a las cuales los peruanos recurren para crear redes de respaldo e instituciones de emigrantes en las sociedades receptoras. La distinción entre un proceso de diferenciación externo y uno interno me permite operar en dos niveles analíticos: uno que trae a primer plano las propias 11
experiencias y perspectivas de los emigrantes, y otro que sitúa esta presentación dentro del contexto más amplio de las relaciones de poder y las fuerzas políticas que estructuran el proceso migratorio. La meta de tal estudio es investigar no solo cómo es que las dos formas de diferenciación median los esfuerzos que los inmigrantes hacen para establecer nuevas vidas en las sociedades estadounidense, española, japonesa y argentina, sino también cómo es que su adaptación a las sociedades receptoras transforma las ideas que los propios peruanos tienen de clase, nacionalidad, etnicidad y regionalidad; y en última instancia, cambian su sentido de pertenencia. Para comprender el significado social y político de los dos procesos de diferenciación, empleo la definición que Agamben hizo de los conceptos de inclusión y exclusión, así como su sugerencia de que en el orden mundial, no todos los seres humanos cumplen con los requisitos necesarios para ser calificados como sujetos políticos y, por ende, pueden obtener el derecho a que se les otorgue el estatus de ciudadanos (o residentes legales). Como ejemplo de tal excepción, Agamben menciona a los refugiados que quedan incluidos en la política únicamente a través de una exclusión (1998, p. 11). Asimismo, llama a esta relación una exclusión inclusiva y sostiene que: [s]i los refugiados [...] representan semejante elemento inquietante en el orden del Estado-nación moderno, esto se debe sobre todo a que al romper la continuidad entre hombre y ciudadano, natividad y nacionalidad, ellos ponen en crisis la ficción originaria de la soberanía moderna (1998, pp. 21, 131)5. En otras palabras, como los refugiados nos recuerdan la distinción entre vida natural y política y, por ende, la diferencia entre nacimiento y nación, ellos quedan asociados al desorden social. En contraste con la relación de exclusión inclusiva que coloca a los refugiados y a otros extranjeros en las márgenes de la sociedad, y los excluye de su conversión en miembros formales de la sociedad moderna, Agamben afirma que otros grupos sociales podrían ser víctimas de una relación de inclusión excluyente. Aunque se abstiene de definir el significado exacto de semejante relación, el uso que hace del término sugiere que se refiere a aquellos sectores de la población nativa que gozan de la ciudadanía formal pero que están excluidos de su práctica, económica o socialmente. En la medida en que la mayoría de los emigrantes peruanos tienen una alta demanda en los mercados laborales del mundo industrializado como 12
mano de obra barata y no calificada, y a pesar de ello están excluidos de los derechos legales que otros miembros de estos países gozan, se encuentran sometidos a una relación de exclusión inclusiva, similar al refugiado descrito por Agamben. Y si bien apenas un pequeño número de los peruanos que viven en Estados Unidos, España, Japón y Argentina son en realidad refugiados, muchos viven en un estado de excepción porque no logran cumplir con los requisitos necesarios para conseguir su estatus legal, razón por la cual inician su nueva vida como extranjeros indocumentados, a merced de prestamistas, traficantes de personas y corruptos funcionarios policiales y migratorios. Por todo ello, corren el peligro de ser encarcelados y devueltos al Perú o, lo que es peor, violados y asesinados. Otros entran a sus nuevos países de residencia como extranjeros legales con una visa de turismo o de estudio, pero se quedan más tiempo del debido cuando su permiso expira. Convertidos ahora en inmigrantes no autorizados, viven en las márgenes de la sociedad, escondiéndose constantemente para evitar la deportación. Muchos otros viajan con papeles de identificación falsificados o de otra persona. Dado que semejante estrategia implica asumir una nueva vida con el nombre de otra persona, esto pone a los inmigrantes en conflicto no solo con la ley y las autoridades de migración, sino también con sus propias redes y parientes. Paradójicamente, sin embargo, en algunos de los países donde los peruanos se establecen y encuentran trabajo, los gobiernos se hacen de la vista gorda frente a su presencia indocumentada o no autorizada, y ofrecen periódicas amnistías para que regularicen su estatus. De ahí que la relación de exclusión inclusiva implica, al mismo tiempo, el reconocimiento tácito y el rechazo oficial de los inmigrantes, lo cual hace que la vida de muchos peruanos en Estados Unidos, España, Japón y Argentina parezca tan estable como del todo frágil. En realidad, muchos migrantes estaban ya familiarizados con la marginación y la exclusión en su vida previa en el Perú. Históricamente, la estructura de clase de este país fue sustentada por un sistema político que favorece a una minoría de peruanos ricos a costa de la mayoría de pobres en términos del acceso a la educación, salud y otros recursos públicos. Sin embargo, esta forma de exclusión, que genera lo que Agamben llama una inclusión excluyente, difiere notoriamente de la exclusión inclusiva que los peruanos sufren en Estados Unidos, España, Japón y Argentina. Mientras que esta última tolera la continua presencia de los inmigrantes pero les niega los mismos derechos legales que la población nativa, la primera 13
reconoce formalmente a todos los peruanos como ciudadanos, no obstante lo cual, en términos prácticos, impide que el grueso de la población ejerza sus derechos legales. En el Perú, esta forma de exclusión tiene como base una ideología nacional que divide a la población en grupos étnicos y regionales (Mendoza, 2000, pp. 9-18; De la Cadena, 2000, pp. 20-34). De un lado, existe un mundo mestizo concentrado en la región costeña, relacionado con la cultura occidental, asociado con el legado nacional peruano y considerado sinónimo de progreso; y del otro, un mundo indígena situado en el interior rural, imaginado como un recuerdo de un pasado bárbaro y un obstáculo a la modernización y el desarrollo (Paerregaard 1997a, pp. 203-233). Aunque los procesos migratorios ruralurbanos en marcha y una severa crisis económica y política en las dos últimas décadas cambiaron el equilibrio del poder entre las clases sociales del país y cuestionaron el orden hegemónico que sostiene las diferencias económicas y desigualdades sociales, estas continúan dividiendo a la sociedad peruana y excluyen a una gran parte de su población del goce de los mismos derechos que las clases dominantes. En consecuencia, muchos consideran que la emigración es la estrategia más adecuada para cambiar de estatus social, y si bien los migrantes a menudo se encuentran constreñidos por nuevos lazos de explotación y dominación en las sociedades receptoras, ellos tienden a ver tales relaciones como un recurso antes que como un obstáculo para encontrar trabajo, alcanzar el estatus legal y ascender en la escala social. Para examinar etnográficamente cómo es que los peruanos crean redes y diseñan estrategias con las cuales primero escapar a la inclusión excluyente, que les impiden ejercer sus derechos legales en el Perú, y posteriormente superar la exclusión inclusiva que frustra su obtención de la movilidad social en las sociedades receptoras, mapeo los lazos y vínculos que establecen entre su lugar de origen en su país y aquellos donde se halla su nueva residencia. Propongo que tales lazos y vínculos sirven no solamente para confirmar su continua lealtad a sus comunidades de origen, sino también para conservar familias que están divididas por las fronteras nacionales (Alicea, 1997; Pribilsky, 2004) y superar las barreras que los inmigrantes enfrentan en las sociedades receptoras (Portes, 2001). Diversos estudiosos han sugerido que empleemos los términos espacio o campo, para estudiar exactamente cómo es que tales compromisos transnacionales se organizan y practican (Rouse, 1991; Levitt & Glick Schiller, 2004; Pries, 1999). Según Levitt y Glick Schiller, «[e]l concepto 14
de campos sociales es una herramienta poderosa con la cual conceptualizar la gama potencial de relaciones sociales, que vinculan a aquellos que se desplazan y quienes se quedan atrás», y en el caso de los campos sociales transnacionales, estos «conectan actores mediante relaciones directas e indirectas a través de las fronteras» (2004, p. 1009). Pries, asimismo, propone que exploremos los procesos contemporáneos de emigración internacional como espacios sociales transnacionales, con lo cual está refiriéndose a las nuevas formas de «redes coherentes entrelazadas» que emergen a partir de estos procesos. Desde su punto de vista, tales espacios sociales son «espacialmente difusos o plurilocales, que comprenden al mismo tiempo un espacio social que no es exclusivamente transitorio» (1999, p. 26). Desde mi perspectiva, sin embargo, el uso de los conceptos de campo y espacio evoca una noción de la migración como un movimiento en un terreno abierto y plano, que las personas pueden cruzar más o menos sin verse afectadas por instituciones económicas y políticas. En vez de examinar la migración peruana como un campo o espacio social que existe independientemente de las estructuras de poder externas, sugiero que veamos sus actividades transnacionales como un movimiento de redes sociales y prácticas institucionales, que, al mismo tiempo, incluyen y excluyen a los emigrantes, en sus esfuerzos por alcanzar el estatus legal, encontrar empleo y crear nuevas vidas (Mahler, 1995; Menjívar, 2000). Dado que muchos peruanos viajan ilegalmente y se ven por ello obligados a depender del apoyo económico de sus parientes y amigos en los países receptores, las redes que usan para emigrar se ven perjudicadas, a menudo, por las tensiones entre aquellos que prestan apoyo a otros y quienes se benefician con dicho respaldo. Por consiguiente, una mirada más cercana a las asociaciones de emigrantes peruanas revela que si bien estas reúnen, con frecuencia, a numerosos emigrantes por razones sociales, culturales o religiosas, también están plagadas de conflictos internos, no solo entre emigrantes de distintos grupos sociales y étnicos en el Perú, sino también entre aquellos que llegaron primero y ya han obtenido el estatus legal y quienes llegaron después y siguen indocumentados. En consecuencia, en vez de asumir que los peruanos comparten un sentido común de pertenencia y que automáticamente forman colectividades homogéneas sobre la base de su origen nacional, exploro tales identidades como categorías que son construidas, impuestas y apropiadas; de igual modo estudio las comunidades e identidades emigrantes no solo en términos de 15
cómo es que se les atribuye un significado, sino cómo es que este es negociado y disputado por distintos grupos de emigrantes. TRANSNACIONALIDAD Y DIÁSPORA Mi estudio de la emigración peruana atiende a un interés en la conectividad global. Dos conceptos, en particular, resultan útiles en este contexto: transnacionalidad y diáspora. Según Basch, Glick Schiller y Szanton Blanc, el primero fue introducido: para explorar flujos y movimientos que se extienden más allá de las fronteras nacionales, e implican vínculos globales entre personas e instituciones en distintas partes del mundo. Se le define como los procesos mediante los cuales los inmigrantes forjan y mantienen relaciones sociales de múltiples hilos, que ligan sus sociedades de origen y asentamiento (1994, p. 7). Del mismo modo se ha sugerido el término transmigrantes, para describir a los «inmigrantes que desarrollan y conservan múltiples relaciones —familiares, económicas, sociales, organizativas, religiosas y políticas— que cruzan fronteras» (1994, p. 7). Sin embargo, algunos estudiosos manifiestan su preocupación por el amplio uso de estos términos. Así, Portes, Guarnido y Landolt sostienen que «si todas o la mayoría de las cosas que los inmigrantes hacen son definidas como “transnacionalismo”, entonces nada lo es puesto que el término pasa a ser sinónimo del conjunto total de experiencias de esta población» (1999, p. 219). De igual modo Smith y Guarnizo (1998, p. 5) critican el concepto por su connotación emancipadora y deploran el significado contrahegemónico del término transmigrante. En efecto, una inspección detenida de la definición de transnacionalismo revela que esta no logra dar cuenta de la creación que los migrantes hacen de nuevas identidades, y sus esfuerzos por ser reconocidos como inmigrantes en la sociedad anfitriona. Asimismo, carece de sensibilidad respecto a la vida cotidiana de los emigrantes transnacionales y su interacción con el entorno social y cultural del país receptor. No obstante, la mayoría de las investigaciones recientes señala que la transnacionalidad puede servir como una herramienta útil, con la cual entender los procesos de exclusión e inclusión que dan forma a los flujos migratorios. En un estudio de los inmigrantes en Estados Unidos, Guarnizo y Portes encontraron que «es más probable que los empresarios transnacionales sean ciudadanos de EE.UU. y que hayan vivido en el país 16
por un lapso más prolongado que el promedio de la muestra» (2001, p. 188, el énfasis es nuestro). Un análisis paralelo del transnacionalismo político, basado en el mismo estudio, indica tendencias similares, lo que lleva a Portes a concluir lo siguiente: El cultivo de redes vigorosas con el país de origen, y la implementación de iniciativas económicas y políticas basadas en estas redes, podrían ayudar a los inmigrantes a solidificar su posición en la sociedad receptora y a lidiar de modo más eficaz con sus barreras (2001, p. 189). En otras palabras, y a contracorriente de lo que hasta ahora han asumido las teorías de la transnacionalidad, la asimilación y la incorporación en la sociedad receptora podrían ir de la mano con las prácticas y proyectos transnacionales. Por su parte, Waldinger y Fitzgerald llegan incluso a afirmar que «la representación estándar de la asimilación y el transnacionalismo como perspectivas teóricas o conceptos analíticos rivales resulta engañosa» (2004, p. 1179). Estas observaciones sugieren que en la medida en que la transnacionalidad queda adecuadamente contextualizada en relación con el patrón migratorio —las políticas migratorias y el estatus legal de los migrantes y las formas específicas de las prácticas y actividades a que estos se dedican—, el concepto podría ayudarnos a distinguir mejor entre aquellas formas de compromiso transnacional que promueven la movilidad social, y aquellas que simplemente fortalecen los lazos de los emigrantes con su país de origen, a costa de su incorporación al mercado laboral y su integración en la sociedad receptora. Aunque para los peruanos es algo común mantener múltiples relaciones con su país y su región o aldea natal, y extender sus redes más allá de las fronteras nacionales, el impacto que estos vínculos tienen sobre su vida cotidiana es limitado. Para la mayoría, las remesas enviadas a los parientes en casa cada mes o cada dos meses vienen a ser el principal vínculo transnacional —y en algunos casos el único— con el Perú. A pesar de que la transnacionalidad constituye un importante punto de referencia en su sentido de pertenencia, su lucha cotidiana para ganarse la vida, hacer frente a las autoridades locales y encontrar un lugar para vivir se ve configurada por fuerzas económicas y sociales en la sociedad anfitriona, antes que por las relaciones transnacionales con su país de origen, y deben por ello ser analizadas en este contexto. Es más, dado que una gran parte de los emigrantes peruanos cuentan con experiencias previas de 17
emigración rural-urbana en el Perú, su experiencia transnacional crece a partir de redes y prácticas migrantes ya existentes. Para ellos, dejar su país no es sino otro reto en una vida de lucha por progresar. A diferencia de la transnacionalidad, el concepto de diáspora tiene raíces en la literatura europea y aludía originalmente al exilio de los judíos de su hogar histórico (Safan, 1991). Actualmente refleja el espacio ambivalente que todas las personas desplazadas ocupan, como minorías culturales cuyas lealtades nacionales se hallan divididas entre su país de origen (ya sea mítico o real) y el país anfitrión; una posición que implica una tensión potencial entre la pertenencia y el viaje o, en palabras de Clifford, «entre las raíces y las rutas» (1997, p. 251). A comienzos de la década de 1990, el término comenzó a popularizarse entre los estudiosos de la migración global, los refugiados y cuestiones afines, para quienes evocaba la imagen de personas que se estaban desplazando o que estaban en otros lugares fuera de su hogar (Malkki, 1992). Al respecto, Tölölyan sugiere que el renacer del concepto se debió a la creencia de los académicos de que «el término que alguna vez describió la dispersión judía, griega y armenia, comparte ahora significados con un espacio semántico más amplio que incluye palabras tales como inmigrante, expatriado, refugiado, trabajador invitado, comunidad de exiliados, comunidades en ultramar, comunidad étnica» (1996, p. 4, el énfasis es nuestro). Clifford, por su parte, va un paso más allá al afirmar que «[e]n el tardío siglo XX, todas o la mayoría de las comunidades tienen dimensiones diaspóricas (momentos, tácticas, prácticas, articulaciones). Algunas son más diaspóricas que otras» (1997, p. 254). Al igual que en la discusión de la transnacionalidad, las extensas referencias a las diásporas por parte de los estudiosos de la migración, crean confusión en torno a su significado. Así, Vertovec sostiene que «el actual uso exagerado y la teorización inadecuada de la noción de “diáspora” entre los académicos, intelectuales transnacionales y dirigentes comunales por igual [...] amenazan la utilidad descriptiva del término» (1997, p. 301), en tanto que Brubaker afirma que: «Si todos son diaspóricos, entonces nadie lo es de modo distintivo»6 (2005, p. 3). Hay, en efecto, varias razones por las cuales un estudio de la migración peruana debería abstenerse de reducir el vocablo «diáspora» y, por ende, de asignarle un significado específico. En primer lugar, los peruanos fuera del Perú conforman una población extremadamente heterogénea dividida por clase, etnicidad, educación, género y edad; y en segundo lugar, «diáspora» 18
no es una palabra nativa en el mundo de los peruanos, ni tampoco he escuchado a los migrantes emplear términos o expresiones similares con que expresar la idea de un pueblo exiliado, unido por el sueño de retornar a su tierra natal. Aunque algunos se piensan a sí mismos como exiliados, en el sentido de que han escapado de la violencia política, o que por alguna otra razón se vieron obligados a dejar el Perú, la mayoría coincide en que el motivo principal para emigrar es económico, así como el deseo de alcanzar la movilidad social. La única excepción es un pequeño grupo de peruanos profesionales bien formados y económicamente acomodados, para quienes la idea de una diáspora existe bajo la forma de una identidad cosmopolita (Hannerz, 1996, pp. 102-111). Sin embargo, esta noción de una comunidad étnica dispersa, unida por una lealtad compartida a su tierra natal, tiene como base la exclusión de la inmensa mayoría de sus paisanos emigrantes. Se trata de la identidad de una élite urbana de distritos de clase alta en Lima, que a menudo sostienen descender de inmigrantes europeos o estadounidenses. Podemos ver formas similares de identidades diaspóricas fragmentadas entre los peruanos de ascendencia japonesa en Los Ángeles, quienes formaron una asociación exclusivamente para los llamados inmigrantes nikkei, o entre emigrantes de las áreas rurales andinas, que frecuentemente forman asociaciones regionales y establecen vínculos con sus pueblos de origen. No obstante, hay unas cuantas excepciones. Un pequeño grupo de peruanos acomodados se encuentra directamente involucrado en las prácticas transnacionales y en la elaboración de redes diaspóricas a gran escala. Ellos participan o trabajan en instituciones con vínculos transnacionales, viajan frecuentemente al Perú, se comunican (por correo electrónico e internet) con peruanos en otros lugares, o participan de algún otro modo en actividades que dependen de una conexión transnacional o la implican. En suma, forman parte de una pequeña élite de peruanos que desempeñan el papel de líder emigrante o, en todo caso, explotan el mercado que está surgiendo entre los emigrantes de productos peruanos, servicios de mensajería y de remesas, asesoría legal, arreglos de obtención de visas y de viajes, videoconferencias, etcétera. Otro grupo de migrantes menos privilegiados practica la transnacionalidad de modo muy distinto. En Europa, Argentina y en cierta medida en Estados Unidos, un número creciente de peruanas, y recientemente también varones, vienen solicitando empleo como empleados domésticos y como cuidadores de personas ancianas. Como muchos de estos migrantes no cuentan con documentos 19
legales y trabajan como empleados domésticos cama adentro, su movilidad física se ve altamente limitada y su mundo se circunscribe al hogar de su empleador. De igual modo, su contacto con la sociedad anfitriona y su participación en las asociaciones y redes de emigrantes son esporádicos. Aunque a menudo establecen relaciones de largo plazo con las personas a las cuales cuidan, su precaria situación legal y aislamiento social impiden que establezcan lazos con otros migrantes o con la sociedad que les rodea. En vez de formar nuevas identidades como inmigrantes o como futuros ciudadanos en los países en donde se han establecido, ellos continúan sintiendo un fuerte apego a su país de origen, y en particular a sus parientes en el Perú. Es tal vez debido a que el significado y el uso de los dos conceptos resultan tan confusos, que los estudiosos de la migración tienden a usar transnacionalismo y diáspora de modo algo indiscriminado. Así pues, lo transnacional podría también ser diaspórico y viceversa. Incluso, como ambos términos transmiten un imaginario contrahegemónico, conllevan el peligro de romantizar a las personas en estudio, así como la reducción de sus prácticas e identidades. La intersección semántica de transnacionalismo y diáspora hace, además, que quienes estudian los procesos contemporáneos de globalización empleen ambos conceptos de modo acrítico. Es posible, entonces, que usen cualquiera de ellos o ambos para referirse a la multifocalidad que caracteriza a la formación de identidad de las poblaciones emigrantes, así como a las comunidades, las redes y lazos múltiples que estas forjan con grupos migrantes en otras partes del mundo y con su país natal. Por ello, evito aplicar indiscriminadamente la noción de transnacionalidad y de diáspora a todo tipo de redes y comunidades de emigrantes, y sigo, más bien, la sugerencia hecha por Butler de identificar y aislar un conjunto de categorías de análisis que sea aplicable a todas las poblaciones emigrantes, y que nos pueda ayudar a distinguir entre aquellos aspectos del proceso de migración que podrían, con justicia, denominarse transnacionales y diaspóricos, y cuáles no (Butler, 2001). Coincido, además, con Brubaker, quien propone que tratemos la diáspora «como una categoría de práctica, proyecto, demanda y postura, antes que como un grupo delimitado» (2005, p. 13). Más específicamente, recurro a estos conceptos como categorías analíticas complementarias, con las cuales explorar cómo es que las relaciones de inclusión y exclusión, que ligan a los migrantes a su país o región de origen, y que conectan los migrantes en un lugar con los de otros lugares 20
en el mundo, dan forma a sus prácticas e imaginarios. Llamo a lo primero transnacional, y a lo segundo diaspórico. Metafóricamente, la diferencia entre los dos conceptos es la que existe entre la lluvia que cae desde arriba y las plantas que crecen desde el suelo. De este modo, la transnacionalidad transmite la naturaleza elusiva de los procesos contemporáneos de emigración y la naturaleza móvil de los estilos de vida modernos, pues hace referencia a las fuerzas económicas, sociales y políticas que forjan los vínculos de los migrantes con el Perú y su región o comunidad natal. La diáspora, de otro lado, expresa la multifocalidad que configura su conciencia global, y hace que cuestionen el estatus que las sociedades receptoras adscriben a los inmigrantes. El concepto refleja así las relaciones sociales y los imaginarios culturales que emergen a partir del arraigamiento en localidades ya existentes, y su enfrentamiento con la población nativa dominante y otras minorías étnicas. DISEÑO DE LA INVESTIGACIÓN Estoy visitando un restaurante llamado Ninoska, en Barcelona, que sé es propiedad de una pareja peruana de la ciudad de Huancayo. Desde afuera no se ve distinto de otros restaurantes en Barcelona, y adentro el barman se ve igual que cualquier otro catalán. Sin embargo, cuando me animo a preguntarle si es peruano, él me ve primero con desconfianza y luego responde estoicamente: «Sí, lo soy». Estoy a punto de proseguir con mi vacilante intento de establecer contacto, cuando una mujer sale de la cocina llamando: «¿Melvin, dónde estás?». Nos miramos entre nosotros con mayor detenimiento, como si una luz repentinamente hubiese caído sobre los tres. La mujer, que se llama Ninoska, exclama entonces, «Yo te conozco, tu solías vivir en Huancayo. Tú eres... Karsten. Sí, eso es, Karsten». Entonces es el turno de Melvin. «Sí, también te conozco». En unos cuantos minutos, todos conversamos intensamente sobre los viejos días en Huancayo. Debido a que los antropólogos tradicionalmente han llevado a cabo su trabajo de campo entre poblaciones en pequeños lugares rurales, a menudo pensaban a sus informantes como parte del hábitat local. También consideraban a la cultura como una unidad discreta y territorialmente limitada, la cual podía examinarse sin prestar atención alguna a las interferencias del mundo externo (Gupta & Ferguson, 1997). Es más, en las monografías clásicas, el campo etnográfico era identificado de modo acrítico con unidades políticas y administrativas tales como la aldea, el 21
distrito, la comunidad campesina, el territorio tribal o la reserva nativa. En efecto, muchos estudiosos sentían poca necesidad de distinguir sus propias definiciones del campo de la noción nativa del lugar, y asumían erróneamente que las fronteras políticas delimitadas por el Estado colonial o nacional eran congruentes con las identidades geográficas y culturales de la población local, así como con su propio sentido de pertenencia. Esta confusión acerca de la definición del campo etnográfico hizo que los investigadores modernos cuestionaran la relevancia de la etnografía en el estudio de los actuales procesos de globalización. De este modo, Burawoy pregunta: «¿Cómo puede la etnografía ser global? Cómo puede ella ser otra cosa que micro y ahistórica?» (2000, p. 1). Dicho de forma más directa: ¿es posible una etnografía global? En este libro sostengo que este concepto efectivamente le brinda al investigador una herramienta sumamente relevante para el estudio de los procesos globales. Sin embargo, sugiero también que el estudio de las comunidades migrantes en distintas partes del mundo plantea nuevas y muy distintas preguntas de investigación, en comparación con el estudio etnográfico tradicional. ¿Cómo debemos estudiar una población dispersa de más de un millón de personas? ¿Cómo la situamos en entornos físicos y examinamos la relación existente entre estas localidades? ¿Cómo exploramos el apego de las personas a distintos sitios y su sentido de pertenecer a ciertos lugares? ¿Cómo analizamos los movimientos de las personas entre distintos lugares, al mismo tiempo que observamos sus prácticas sociales y construcciones de identidad en sitios particulares? El alcance de estas preguntas queda reflejado en mis libretas: un embrollo de nombres, palabras y números dan fe de los problemas analíticos que supone hacer que las incontables partes de este rompecabezas global encajen entre sí. Para responder a estas preguntas, tuve que explorar los procesos políticos y culturales que conectan esta diversidad de acontecimientos, relaciones y acciones entre países y continentes. En suma, mi estudio intenta hacer esto combinando estudios densos y a profundidad de universos locales, con análisis generales de las políticas migratorias, el multiculturalismo y la migración global. Distingo tres ámbitos de recolección de datos: 1) sitios de estudio, o los entornos físicos, sociales y políticos de la emigración peruana; 2) relaciones de pertenencia, o el propio sentido de pertenencia de los peruanos a un lugar; y 3) campos de investigación, esto es el terreno geográfico y social dentro de los cuales me muevo como investigador. Al mantener separadas estas tres áreas del 22
estudio, espero encontrar la metodología que guio mi investigación de campo, y generar transparencia analítica en la exploración de la interacción entre los migrantes y sus entornos sociales y políticos. Esto también me permite posicionarme como investigador en relación con los actores sociales, instituciones políticas e identidades culturales en la arena de la migración global. SITIOS DE ESTUDIO Estoy parado con Miguel comiendo arroz con pollo y tomando cerveza peruana en La Chopera, que se encuentra en la esquina suroccidental del célebre Parque de Retiro de Madrid. Hasta hace poco, los ciudadanos españoles respetables solían pasear por este parque con sus familias en las tranquilas tardes de domingo. Bueno, aún lo hacen, pero ahora es difícil ubicar a los madrileños locales entre los cientos de inmigrantes del Tercer Mundo que hacen presentaciones culturales, venden artículos folclóricos, tocan música exótica y, como en La Chopera, juegan fútbol. Todas los domingos en la tarde, las mujeres peruanas venden comida hecha en casa y cerveza latinoamericana afuera de los campos de fútbol, donde cientos de compatriotas, junto con bolivianos, ecuatorianos y colombianos, están todos ansiosos de probar un sabor casero. Entonces repentinamente aparecen cuatro coches de policía. Los vendedores callejeros parecen conocer el juego y se mantienen tranquilos. Miguel y yo rápidamente arrojamos el resto de nuestro delicioso arroz con pollo, nos escondemos detrás de un par de árboles y observamos desde lejos. Cinco oficiales de policía se acercan a los vendedores callejeros para confiscar sus productos. Después de bastantes gritos y chillidos en español, la mujer que nos vendió la comida arroja una gran olla con cebiche detrás de uno de los oficiales de policía. El incidente ha terminado en unos cuantos minutos y los cuatro carros de policía dejan La Chopera, repletos de ollas, platos, vasos y suficiente comida latinoamericana como para alimentar a toda la estación policial. A todos nos parece que ya terminó y la atmósfera nuevamente es normal. Escucho a alguien que dice: «Se llevaron la comida, pero todavía tenemos la cerveza». Entonces los cuatro carros aparecen nuevamente. Esta vez alguien debe haberles dado un soplo a los oficiales. Ellos buscan cerveza por todos lados: retiran las tapas del alcantarillado, buscan en los árboles y en todas partes. Nuevamente llenan sus carros con los bienes confiscados y se van. Nos quedamos sin nada y todos están disgustados. Los sitios de estudio de mi investigación comprenden aquellos lugares, tanto rurales como urbanos, en Estados Unidos, España, Italia, Japón y Argentina donde los peruanos se afincaron y establecieron comunidades 23
inmigrantes (véase la figura 1). Estas áreas constituyen los puntos de impacto de la emigración peruana contemporánea, las encrucijadas históricas en torno a las cuales se organizan las rutas migratorias, y las localidades físicas en donde los peruanos crean nuevas formas de ganarse la vida y forjar identidades. También conforman el medio que caracteriza a los encuentros de los peruanos con la sociedad anfitriona, su relación con otras minorías inmigrantes y su inclusión en (o exclusión de) la política dominante de la identidad y la integración. De este modo, mi estudio se apoya en diez meses de trabajo de campo entre los migrantes peruanos, en un periodo de tres años. Asimismo, abarca dos meses de trabajo de campo en Barcelona y una semana en Madrid en 1997; dos meses cada uno en Miami y Los Ángeles, y dos semanas en Paterson, Nueva Jersey, en 1998; un mes en Isesaki y otras ciudades del Japón en 1999; y un mes en Buenos Aires, Argentina, en 2000 (véase la figura 2). Este trabajo incluyó también breves viajes a Toronto en 1998 y a Milán en 1999, y una estadía de mes y medio en el Perú en el año 2000 (véase la figura 3). Los sitios de campo fueron seleccionados con el fin de reunir información acerca de la emigración peruana sobre una base mundial, en combinación con una serie de estudios a profundidad de comunidades migrantes particulares en Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y Sudamérica. Aunque unos cuantos países y ciudades con importantes poblaciones peruanas no fueron incluidos en mi odisea global debido a limitaciones en el tiempo de investigación y los fondos para viajar, los sitios de campo de mi estudio son bastante representativos de la población migrante peruana en términos de sus puntos favoritos de partida y de arribo. Los datos de campo fueron recogidos mapeando las instituciones y prácticas de los migrantes en cada país y ciudad, entrevistando líderes comunales (editores de periódicos peruanos, dirigentes de asociaciones culturales, regionales y religiosas, funcionarios del consulado, representantes de comunidades empresariales, etcétera), recogiendo historias de vida de migrantes individuales (de ambos sexos y de distintas capas sociales) y examinando las redes, estrategias de subsistencia y compromisos transnacionales a que estos recurren para alcanzar sus metas y participar en actividades sociales, políticas y religiosas. Aunque las condiciones para llevar a cabo las investigaciones varían considerablemente en Estados Unidos, España, Japón y Argentina, intenté y en parte logré recoger muestras de más o menos el mismo tamaño y composición en los principales lugares de mi estudio (Miami, Los 24
Ángeles, Paterson, Barcelona, Isesaki y Buenos Aires), lo que me permitió efectuar comparaciones entre ciudades y países. Figura 1. Principales destinos de la emigración peruana Figura 2. Sitios de estudio 25
Figura 3. Mapa del Perú La cultura y el lenguaje peruanos se vieron fuertemente influidos por trescientos años de colonización española. Esto hace que para los migrantes peruanos, España sea uno de sus destinos preferidos (véase la figura 5). De esta manera, en las décadas de 1950 y 1960, un gran número de jóvenes peruanos de clase media y alta emigraron a estudiar medicina y derecho, o simplemente a establecerse en España. Sin embargo, la imagen tradicional de los peruanos como extranjeros educados y acomodados se encuentra en total contraste con los actuales inmigrantes de este país, que fundamentalmente se ganan la vida como cuidadores de ancianos y viven en las márgenes de la sociedad hispana moderna. El impacto de la inmigración tercermundista en España resulta particularmente evidente en Cataluña y su capital Barcelona, el sitio principal de mi trabajo de campo en dicho país, debido al renacimiento nacional de la provincia y a su bonanza económica desde que se introdujera la democracia en 1975. El otro país de la Unión Europea que visité fue Italia, que a diferencia de España —donde los inmigrantes provienen predominantemente de Marruecos y de América Latina— es el destino de una amplia variedad de inmigración extranjera (que incluye a albaneses, norafricanos, filipinos y otros más)7. 26
bibliotecadigital.bnp.gob.peRkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx