de la península de Corea, Taiwán y otras áreas que se hallaban bajo su dominio, y las cuales se les trataba como japoneses (Mori, 1997, p. 3). Después de 1945, muchos de los trabajadores extranjeros llevados a Japón como mano de obra barata en las décadas que precedieron a la guerra regresaron a su país. Así, de los aproximadamente 2,3 millones de coreanos que vivían en Japón en 1945, alrededor de 1,7 regresaron (Sugimoto, 1997, p. 178); en tanto que los restantes seiscientos mil eligieron quedarse64. Estas personas perdieron su nacionalidad japonesa cuando Japón recuperó su independencia en 1952, y hoy en día sus descendientes conforman la minoría más grande de origen extranjero. Una abrumadora mayoría de ellos no tiene la ciudadanía japonesa a pesar de haber nacido en Japón, de ser el japonés su lengua nativa y de haber sido sus padres o abuelos considerados de esta nacionalidad antes de la guerra. Como ciudadanos de segunda clase residentes en Japón, ellos están sujetos a la discriminación en muchas esferas de los derechos civiles (1997, p. 178). No obstante, Japón continuó siendo un exportador internacional neto de emigrantes de bajos salarios hasta la década de 1960. Esta tendencia comenzó a revertirse en los decenios de 1970 y 1980, cuando ingresaron más trabajadores extranjeros que trabajadores japoneses que dejaban su país (Douglass & Roberts, 2000, pp. 6-7). Los primeros extranjeros que buscaron empleo en el Japón fueron mujeres del sudeste asiático, que comenzaron a aparecer como inmigrantes indocumentadas en la industria del sexo en el decenio de 1970 (Douglass, 2000; Sellek, 1997, pp. 179182)65. Además de esta inmigración, desde mediados de los años ochenta hubo el ingreso irregular y a escala más grande de «turistas trabajadores» varones, que entraban al país con visa de turista y se quedaban ilegalmente al expirar esta, lo que causó mucha preocupación entre los políticos y la población japonesa (Sellek, 1997, pp. 182-183). Por todo ello, podría decirse que los factores de «atracción» en Japón que generan esta inmigración de trabajadores extranjeros son el envejecimiento de la fuerza laboral japonesa y la escasez concomitante de mano de obra en áreas no calificadas, manuales y físicamente exigentes (Sugimoto, 1997, pp. 2-5). Es más, la cambiante ética laboral de la juventud japonesa ha hecho que para los empleadores resulte difícil reclutarlos para este tipo de trabajo, al que se describe en términos de las «tres k indeseables»: kitanai (sucio), kitsui (difícil) y kiken (peligroso) (Fukumoto, 1997, p. 355; Sellek, 1997, p. 182; Sugimoto, 1997, p. 187). De otro lado, entre los factores de 88
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