vienen intentando ampliar sus vínculos comerciales étnicos a través del océano Pacífico, esta pareja ha invertido el dinero que gana en el restaurante en un centro comercial en su ciudad natal de Huancayo. Sin embargo, en vez de regresar al Perú quieren mudarse a Norteamérica, donde ella tiene parientes cercanos, y abrir allí algún negocio. Aunque los empresarios emigrantes encuentran sumamente difícil establecer un negocio en el Japón, algunos peruanos sí lo han logrado. Uno de los requisitos es la competencia en el idioma japonés, para así poder comunicarse con las autoridades locales, las agencias financieras y los clientes. Otra exigencia es tener el permiso de residencia y de trabajo, el cual se requiere para arrendar o comprar un local y recibir el permiso para abrir una tienda o emprender otras formas de comercio. La familiaridad con los códigos japoneses de conducta y de la gestión empresarial también es, claro está, una ventaja. Marco, de treinta y cinco años, es un próspero empresario de la ciudad de Huacho, al norte de Lima. Tanto él como su esposa son sansei; es decir, japoneses de tercera generación. En 1989 emigraron a Japón con la primera oleada de nikkeijin, que se dirigieron a la tierra de sus padres o abuelos en busca de un futuro mejor. Después de varios empleos como obrero fabril, Marco decidió probar suerte como empresario independiente y abrió una tienda en Isesaki, al noroeste de Tokio. Formado como carnicero por su padre, comenzó a proveer de este producto a los peruanos del barrio. También se ha dedicado a la venta de productos peruanos importados como Inca Kola, cerveza Cuzqueña y especias, hierbas y frejoles enlatados que no son muy comunes en el Japón. Posteriormente comenzó a arrendar videocintas y grabaciones de programas televisivos peruanos. En el caso de las videocintas, estas son el producto de una red empresarial transnacional organizada por Marco y sus dos hermanos. Uno de ellos vive en Lima, donde graba más del 50% de todos los programas emitidos por los canales de televisión disponibles en el Perú. Un mensajero viaja tres veces a la semana de Lima a Tokio vía Los Ángeles, donde el segundo hermano de Marco recibe las cintas maestras de la grabación de video. Él arrienda un pequeño taller a quince minutos en automóvil del aeródromo de Narita, donde ha instalado más de doscientas máquinas copiadoras de video. Como los vuelos transpacíficos usualmente arriban en las tardes, el hermano en Narita tiene aproximadamente quince horas para copiar las cintas maestras llevadas por el mensajero desde Lima. A la siguiente mañana, Marco va de Isesaki a Narita, un viaje que le toma tres 165
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