Peruanos en el mundo

Aunque el sonido de la cumbia puede oírse desde lejos, resulta una sorpresa descubrir el mundo secreto de Cuoco Rota Mayo en las afueras de Milán. Pocos se imaginarían el ambiente al interior de esta chatarrería para carros viejos de corte «fellinesco», con inmigrantes peruanos que comen cebiche, beben cerveza Cuzqueña y bailan cumbia. No es exactamente lo que uno espera ver un domingo por la noche en Italia septentrional. Intento tomar una fotografía mientras entro a Cuoco Rota Mayo junto a Carla y Raúl, pero un hombre que habla italiano con un fuerte acento arábico se nos acerca de inmediato. Nos dice ser el dueño y que no quiere periodistas fisgoneando. Mis amigos peruanos le explican quién soy y por qué hemos ido, y nos da permiso para que nos quedemos y nos unamos a la fiesta. Una vez adentro de Cuoco Rota Mayo miramos a las personas y a los alrededores, y pedimos comida y cerveza. Dije entonces: «Así que este es Rota Mayo, del cual todos hablan», y Raúl me respondió: «Sí, acá es donde nos reunimos todos los domingos para olvidar nuestras penas. Sé que no se ve muy bonito, pero me hace sentir como si estuviera en el Perú». Sigue siendo válida la observación de Geertz (1973, p. 22) acerca de que los antropólogos hacen etnografías en lugares pequeños, a pesar del reciente replanteamiento del constructo arqueológico de la finitud cultural. La chatarrería de Cuoco en Milán no solamente es marginal respecto a la moderna sociedad europea, del mismo modo que la aldea de Geertz era remota en relación con la Indonesia de la época en que llevó a cabo su trabajo de campo, sino que además me ofreció un lugar en donde estar, tal como la aldea lo ha hecho con muchos otros antropólogos. En efecto, gran parte de la sabiduría personal necesaria para contextualizar el conocimiento del «nombre y el número», que Goyo y otros informantes me proporcionaron, fue obtenida gracias a mi presencia en actividades tales como la fiesta de cumbia en Cuoco Rota Mayo y en las reuniones semanales de los peruanos en La Chopera. La observación participativa en estos eventos me permitió investigar las condiciones particulares y complejas en las cuales los migrantes producen localidades, crean actividades sociales y forman comunidades inmigrantes. Observar el lenguaje corporal, escuchar conversaciones, sentir la atmósfera y probar la comida me dio una perspectiva diferente de la vida de los migrantes. Tal como Geertz afirma: «Lo importante acerca de los hallazgos de los antropólogos es su compleja especificidad su condición circunstancial» (1973, p. 23). Otros eventos que pasaron a ser el eje de la observación participante de mi investigación fueron las procesiones religiosas, los conciertos de 43

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