Peruanos en el mundo

peruanos que viven fuera de su país a que se miren a los ojos y se pregunten: ¿acaso el hecho de que todos emigramos del mismo país implica que somos iguales? Es claro que la campaña a nombre de los compatriotas inmigrantes que carecen de los documentos de identidad apropiados tuvo más éxito en cuanto a despertar un sentido de comunidad imaginada, que el llamado a obedecer la ley en el Japón. Mientras que la primera hizo que un gran grupo de inmigrantes legales cuestionara la clasificación de los inmigrantes en indocumentados y documentados, y con ello se identificaran con los problemas que sufren muchos de sus compatriotas que viajan sin los documentos de identificación adecuados; la segunda, en cambio, incrementó una división ya existente dentro de la comunidad peruana entre inmigrantes nikkeijin, reconocidos por la ley migratoria japonesa como trabajadores inmigrantes legales temporales, y los peruanos que no son nikkei, a los cuales se les tolera como cónyuges de los nikkeijin o de ciudadanos japoneses, pero sin que pierdan el rótulo de extranjeros no deseados. En este contexto, el Movimiento de Peruanos en el Exterior, formado en Argentina en el año 2000 para captar los votos de los emigrantes para las elecciones presidenciales en el Perú, es una iniciativa singular de movilizar a esta población como un electorado con derecho legítimo a ser representado en el Congreso y a ser atendido por el Estado peruano. La organización resulta particularmente interesante porque muestra cómo es que un movimiento migrante puede recurrir a los vínculos transnacionales y a los lazos diaspóricos, para generar conciencia entre sus seguidores de que ellos conforman una población distinta que al mismo tiempo reclama una identidad peruana. En otras palabras, demuestra cómo es que los vínculos bilaterales con su país de origen pueden usarse como nuevos lazos de múltiples hebras con los emigrantes en otras partes del mundo, para sembrar las semillas de una posible conciencia diaspórica. Este intento es un ejemplo, hasta ahora excepcional, de cómo unir a emigrantes de distintos antecedentes sociales y étnicos. Aunque no logró movilizarlos a una escala lo suficientemente amplia dentro o fuera de la Argentina, o conseguir un escaño emigrante en el Congreso peruano, Alejandro Toledo, el hermano del líder del movimiento, sí fue elegido presidente del Perú en 2001. Una vez en el cargo, este se dirigió en varias ocasiones a los emigrantes en Estados Unidos y otros lugares como «la diáspora del Perú», apropiándose así del vocabulario político del movimiento (comunicación personal de Ulla Dalum Berg). Esta retórica contiene un fuerte llamado 174

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