Peruanos en el mundo

el arte popular y el auténtico arte es sumamente borrosa, y que sus retablos son valorados no solo porque los fabrica según la tradición del arte popular andino, sino también debido a su propio ingenio y creatividad. Descubrió, en otras palabras, que los retablos que hace no son solamente una reproducción de una tradición inherente (arte popular ) sino una creación singular, cuyo valor solamente puede ser determinado por su calidad individual; vale decir, su arte. Esta reconceptualización de su propia identidad como artesano lo animó a dedicarse a lo que considera una lucha personal por ganar reconocimiento como artista, no solamente dentro de la comunidad peruana de Miami, sino también en las exhibiciones oficiales de arte por todo Estados Unidos. De esta manera, en 1997 abrió un taller en un departamento arrendado en Miami, que sirvió como su base principal para la producción de retablos. Posteriormente mudó el taller a Naples en Florida occidental, donde vive actualmente con su hija. Ahora viaja periódicamente por todo Estados Unidos exhibiendo su obra en festivales de arte, actividad que durante muchos años le ha valido numerosos premios y le ha abierto las puertas del mercado norteamericano. Sin embargo, Nicario no siente que sus obras hayan ganado el reconocimiento que merecen. Cuando lo entrevisté en Miami en 1998 dijo: Siempre tratan de colocarme en la sección especial de arte popular y me dieron todos esos premios. Pero quería que reconocieran mi obra como arte real. Así que les pedí que la pusieran en la sección de arte. A veces me dejan hacerlo. Verás, ellos creen que soy un artesano popular porque soy peruano y hago retablos. Pero quiero que entiendan que soy un artista. La lucha de Nicario por ganar reconocimiento como artista quedó reflejada en su búsqueda de nuevos motivos en los retablos que crea. Estos originalmente se llamaban missa mastay o cajón de San Marcos, y prestaban protección religiosa al ganado perteneciente a los hacendados en Ayacucho. Posteriormente, su uso se convirtió en una tradición local de la población originaria de Ayacucho, que rediseñó la caja y separó las figuras en dos pisos, el alto y el bajo, uno de los cuales simbolizaba el mundo del hacendado y el otro, el de aquellos que sufrían su tiranía: los indios (Urbano & Macera, 1992, pp. 59-62). Actualmente, los retablos se han convertido en objeto de comercialización y los artesanos contemporáneos venden sus productos, sobre todo, en los mercados para turistas. En esta versión moderna, el retablo es una ilustración vívida y colorida de las actividades sociales y rituales relacionadas con el calendario agrícola de la 168

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