trabajo que usualmente no guardaba relación alguna con las condiciones ofrecidas oralmente25 (1974, p. 54). En 1910 este método fue legalizado por el gobierno peruano y usado a gran escala para reclutar mano de obra indígena para las minas y estancias ovejeras de la sierra central, algunas de las cuales eran propiedad de compañías estadounidenses (1974, p. 71; Mallon, 1983, pp. 186-205). Sin embargo, el sistema del enganche no satisfizo la demanda de mano de obra que surgió en las haciendas una vez que la importación de trabajadores chinos llegó a su fin. Los propietarios se quejaban de que los enganchadores no lograban suministrar suficientes trabajadores indios de los Andes, y que aquellos que reclutaban se fugaban o regresaban a su región de origen tan pronto completaban sus contratos (Morimoto, 1999, pp. 47-48). Ellos deseaban trabajadores provenientes de áreas o países más remotos que no tuvieran ningún conocimiento previo del Perú, y que no pudieran fugarse o irse a casa una vez que su contrato hubiese expirado. En consecuencia, se introdujo una práctica de reclutamiento similar, para contratar mano de obra del Japón (Sakuda, 1999, pp. 94-105). Dicho sistema, llamado dekasegi, estaba en uso desde el siglo XVIII y permitía a la población rural trabajar temporalmente en otras partes del país26. En 1868, la restauración Meiji legalizó el kaigai dekasegi (la emigración fuera del Japón), que desató la salida a gran escala de trabajadores contratados hacia el continente americano en la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX (Fukumoto, 1997, pp. 44-50; Takenaka, 2004, p. 78). Por tanto, cuando los hacendados peruanos comenzaron a buscar enganchar nuevos trabajadores en el tardío siglo XIX, el sistema de kaigai dekasegi ya había llegado a Hawái y California, y estaba a punto de expandirse a Sudamérica, donde los gobiernos peruanos y otros habían firmado acuerdos con el Japón para estimular la importación de trabajadores japoneses. En 1899, la primera nave llegó al Perú con 790 trabajadores varones, quienes fueron enviados a los hacendados que esperaban en distintas partes de la costa peruana (Fukumoto, 1997, pp. 120-122; Gardiner, 1981, p. 3). Otros envíos más de trabajadores contratados llegaron en los siguientes años, pero a medida que los japoneses establecían sus propias redes de migración al Perú durante las primeras décadas del siglo XX, los recién llegados fueron aprovechando otras formas de marcharse. La emigración japonesa al Perú y a otros países latinoamericanos prosiguió durante la primera mitad del siglo XX, lo cual llevó al establecimiento de grandes comunidades japonesas en Brasil (1,28 59
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