XX, Norteamérica continuó recibiendo inmigrantes extranjeros, los cuales provenían ahora de Latinoamérica y Asia. Del mismo modo, los países del cono sur de Sudamérica (Argentina en particular) atrajeron trabajadores emigrantes de los países vecinos durante la segunda mitad del siglo XX. A la inversa, la mayoría de los países europeos, y el Japón en parte, continuaron siendo sociedades emigrantes hasta las décadas de 1960 y 1970, e hicieron poco o ningún esfuerzo por promover la inmigración de trabajadores extranjeros. Las distintas formas del control de la migración empleadas por los gobiernos de Norteamérica, Europa, Japón y Argentina, recientemente, deben entenderse a la luz de las políticas poblacionales y de mercado laboral de estos países, que estimularon la necesidad de trabajadores extranjeros. Mientras que el gobierno de Argentina consideró, durante muchos años, a la inmigración europea como un medio para poblar el país, en Estados Unidos ciertas actividades económicas estuvieron tradicionalmente abiertas a los inmigrantes de distintas partes del mundo (trabajo agrícola y doméstico, empleos en las industrias de servicios y de alta tecnología, etcétera). Por el contrario, los países europeos y Japón tienden a considerar el trabajo como un privilegio reservado para sus propios ciudadanos. Fue solo durante breves periodos, cuando la mano de obra nacional escaseaba, que los gobiernos europeos permitieron la importación de trabajadores extranjeros para cubrir la escasez. Esto sucedió por primera vez a finales de la década de 1960 y comienzos del siguiente decenio, cuando Europa septentrional abrió sus fronteras a los llamados trabajadores invitados, para satisfacer así la creciente demanda de mano de obra en la industria. Europa meridional adoptó una medida similar veinte años más tarde, cuando inmigrantes latinoamericanos, filipinos y otros más del Tercer Mundo ingresaron a España e Italia para trabajar como empleados domésticos y cuidar de enfermos y ancianos; lo mismo hizo el gobierno japonés en 1990, al permitir que los descendientes de emigrantes japoneses trabajaran temporalmente en las fábricas de su país. A pesar de los distintos desarrollos históricos, el control de la migración en América, Europa, Japón y los países del cono sur sudamericano está diseñado para cumplir los mismos objetivos políticos, entre los cuales uno de los más importantes es regular la demanda de mano de obra y proteger los empleos ocupados por sus propios ciudadanos (Brochman, 1999b, pp. 323-327). De ahí que los permisos de ingreso y de residencia, para 72
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