El imperio inka

Izumi Shimada es profesor de Antropología e investigador distinguido en la Southern Illinois University en Carbondale, con intereses de investigación en la arqueología de las culturas prehispánicas complejas de los Andes, la tecnología y organización de la producción artesanal, el análisis funerario y la interacción entre ecología y cultura, entre otros temas. Ha realizado excavaciones en sitios como Pampa Grande, Pachacamac y Sicán, y continúa dirigiendo dos proyectos arqueológicos en el Perú. Ha escrito o editado diecisiete libros, incluyendo Pampa Grande and the Mochica Culture (1994), Craft Production in Complex Societies (2007), Cultura Sicán (2014) y Living with the Dead in the Andes (2015). Es fundador del Museo Nacional de Sicán en Ferreñafe, en el Perú. Este libro fue publicado originalmente en inglés con el título The Inka Empire (Texas University Press, 2015). 2

Izumi Shimada (editor) EL IMPERIO INKA 3

El imperio inka Izumi Shimada, editor Publicado originalmente en inglés por the University of Texas Press. Todos los derechos reservados. Título original en inglés: The Inka Empire. A Multidisciplinary Approach Traducción: Jimena Ledgard © University of Texas Press, 2015 © Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2018 Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú feditor@pucp.edu.pe www.fondoeditorial.pucp.edu.pe Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP Foto de portada: Yutaka Yoshii Agradecemos al Instituto Iberoamericano de Finlandia por su aporte para la traducción de este libro. Primera edición digital: setiembre de 2018 Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. ISBN: 978-612-317-399-9 4

INTRODUCCIÓN Izumi Shimada Los incas y el imperio incaico… el solo leer estos nombres estimula nuestra imaginación incluso en pleno siglo XXI y evoca imágenes de finos textiles de ordenados diseños geométricos, caminos que desafían los terrenos más agrestes y construcciones de piedra y andenes tan inmensos como elegantemente ejecutados, sobre el telón de fondo de los majestuosos y aparentemente interminables paisajes andinos. Todo esto fue la creación del sistema político más grande del Nuevo Mundo; un sistema liderado, paradójicamente, por un grupo minoritario que no tenía vehículos sobre ruedas ni mercados ni sistemas de escritura. Hablar de los incas también supone hacerlo sobre los eventos históricos por los que un sorprendentemente reducido número de españoles, liderado por Francisco Pizarro, junto con sus aliados nativos, logró derrocar y controlar el imperio en 1533, solo un año después de desembarcar en Tumbes, en la costa en el extremo norte del país. Pero, ¿cuánto sabemos realmente sobre los incas y sobre el Tahuantinsuyo, nombre quechua para este vasto imperio y que quiere decir «el reino de cuatro partes»? El interés popular y académico sobre los incas y el Imperio incaico, incluyendo lo que motivó la eventual victoria española, se mantiene inalterable desde hace casi cinco siglos. Aunque las «paradojas» ya mencionadas podrían explicar este extendido y persistente interés, también es cierto que las percibimos como tales, en parte, porque intentamos comprenderlas según nuestra propia perspectiva etnocéntrica en lugar de esforzarnos por entenderlas en sus propios términos. En este sentido, la diversidad y cantidad de los registros escritos dejados por los españoles y por otros escritores europeos es tanto una bendición como una maldición. Aunque nos ofrecen detalles y puntos de vista, pueden resultar engañosos debido a la ignorancia, confusión o a los prejuicios etnocéntricos inherentes al observador, escritor, traductor o informante. El trabajo de campo arqueológico riguroso y empírico que comenzó a fines del siglo 5

XIX nos puede ayudar a complementar o verificar las perspectivas o informaciones históricas. También tiene, sin embargo, limitaciones y debilidades, que incluyen sesgos en el muestreo y dificultades para comprender las creencias, identidades y la agencia de sus objetos de estudio. Desde finales de la década de 1970, la integración de la arqueología y la etnohistoria se ha convertido en una característica recurrente en los estudios incaicos (Murra, 1962; Murra & Morris, 1976). Esta incluye los esfuerzos por balancear la idealización que las élites incas tenían respecto a su imperio con lo que sucedía realmente en las provincias, lo que ha resultado esencial para comprender la unidad y diversidad que coexistían en el imperio. Las paradojas, dificultades y limitaciones mencionadas constituyen los retos intelectuales que han alentado el trabajo de los investigadores alrededor del mundo. De hecho, en las últimas décadas, los incas y su imperio han ocupado una porción desproporcionada de la atención del mundo de la arqueología. Su prominencia y popularidad es comprensible considerando sus impresionantes y, en muchos sentidos, incomparables logros materiales y organizacionales, la inmensa extensión física del imperio, la diversidad de las fuentes de información disponibles, el buen estado de preservación de su cultura material y su importancia simbólica para las naciones andinas modernas (Burger 1989; D’Altroy 1997; Schaedel & Shimada, 1982; Shimada & Vega-Centeno, 2011). Por su parte, la celebración del centenario del redescubrimiento de Machu Picchu por Hiram Bingham, así como la elección del sitio como una de las «nuevas» Siete Maravillas del Mundo, reavivaron también el interés por dicho lugar y por todo el Imperio incaico. Los estudios contemporáneos sobre los incas tienen un carácter dinámico e involucran a académicos de por lo menos de veinte países de todo el mundo que constituyen un grupo multidisciplinario, formado en arqueología, historia del arte y la arquitectura, ingeniería, geología, etnohistoria, lingüística, antropología física, entre otros. Existen publicaciones dedicadas exclusivamente al tema: Tawantinsuyu: An International Journal of Inka Studies comenzó en 1995 y es publicada por la Universidad Nacional Australiana de Canberra; la Revista Haucaypata, investigaciones arqueológicas del Tahuantinsuyo, con sede en Lima, nació en 2011, y, en el mismo año, se inició Inka llaqta, Revista de investigaciones arqueológicas y etnohistóricas inka, publicada por la Universidad Nacional de San Marcos, en Lima. Otro indicador de esta 6

preeminencia fue la publicación de una colección de tres volúmenes sobre la conferencia internacional de 2002, «Identidad y Transformación en el Tahuantinsuyu en los Andes Coloniales: Perspectivas Arqueológicas y Etnohistóricas» (Kaulicke, Urton & Farrington, 2008a, b, c). Muchos de los capítulos que conforman la compilación de «fuentes documentarias para estudios andinos» (Pillsbury, 2008) se refieren a los incas y a su imperio, así como a la transformación que siguió a la conquista española. De hecho, en la última década, hemos visto un flujo constante y prácticamente ininterrumpido de investigaciones innovadoras y nuevas publicaciones sobre diversos aspectos de los incas y su imperio. Es evidente, entonces, que en las últimas décadas se ha generado una gran cantidad de información con diversos intereses y temas de investigación. El statu quo interpretativo ha sido cuestionado y puesto a prueba, especialmente por el número cada vez mayor de «estudios provinciales» y con la integración de nuevos métodos analíticos y perspectivas interpretativas de disciplinas distintas a la arqueología y la etnohistoria, dos pilares tradicionales. OBJETIVOS DEL LIBRO El esquema conceptual básico de este libro nació a fines de la década de 1970 cuando descubrí que un entendimiento holístico de sistemas complejos como el Imperio incaico demandaba un acercamiento multidisciplinario capaz de brindar ideas y conocimientos sinérgicos, así como la habilidad de verificar y refinar distintas líneas de evidencia. La estimulante y productiva calidad de este enfoque se evidencia en el libro publicado a raíz de la conferencia internacional de la Fundación WennerGren sobre civilización andina y ecología, que coorganicé (Masuda, Shimada & Morris,1985; Shimada, 1985). Si bien existe una serie de compendios de alta calidad sobre el Imperio incaico (por ejemplo, D’Altroy, 2014; Kolata, 2013; Rostworowski, 1999), hay todavía un vacío en cuanto a publicaciones multidisciplinarias que busquen profundizar en el tema. Este volumen responde a ese vacío y se debe a las investigaciones sobre el Imperio incaico realizadas en la última década y conducidas por investigadores de diversas disciplinas y países. Cuatro objetivos centrales orientan este libro. El primero es ofrecer la información y observaciones más recientes sobre la evolución política, demográfica y lingüística de los incas. Hacia el final, el libro cubre casi toda de la extensión del imperio desde su extremo norte en la actual 7

frontera entre Ecuador y Colombia hasta el noroeste de Argentina y Chile central. El énfasis predominante, sin embargo, está en Chinchaysuyu y Collasuyu, económica y políticamente los sectores más importantes del imperio (figuras 1.1, 1.2). Si bien se ha dado una tendencia en las últimas décadas de separar las zonas de la provincia/periferia de las del corazón/núcleo (Cuzco y sus alrededores inmediatos) (por ejemplo, D’Altroy, 1992; Dillehay & Netherly, 1988; Malpass, 1993; Malpass & Alconini, 2010; Stanish, 2001), por el contrario, este libro ofrece una visión holística e integrada del imperio. 8

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A pesar de que se enfocan principalmente en la fase expansiva del imperio (ca. 1400-1532), los capítulos también cubren el Intermedio Tardío, periodo todavía poco explorado en el que los incas conformaban solo uno de los varios Estados regionales que ocupaban la zona de Cuzco y sus alrededores (tabla 1.1). Esta profundidad en el tiempo es crucial para entender su evolución política. En el otro extremo de la línea de tiempo, el libro examina el corto, aunque desestabilizador periodo hacia el final del imperio, justo antes y después de la llegada de los españoles, así como la transformación a largo plazo de la identidad y simbolismo inca durante el subsiguiente periodo colonial (hasta el año 1750). El segundo objetivo de este libro es presentar una visión actualizada de la unidad y diversidad, así como la esencia, de las características materiales, organizacionales y simbólico-ideológicas del Imperio incaico. Para este fin, comenzamos por identificar una serie de temas clave sobre los incas y su imperio, para luego seleccionar a investigadores internacionales cuyas trayectorias de investigación y conocimiento encajaran con estos. Invitamos a cada uno de estos autores a escribir una síntesis crítica sobre un tema específico y sus asuntos relacionados, con el fin de que los capítulos estuviesen adecuadamente enfocados y se complementaran entre sí. 10

El tercer objetivo de este libro es demostrar la importancia de los enfoques y perspectivas multidisciplinarios. Si bien los estudios sobre los incas han estado tradicionalmente dominados por la arqueología y la etnohistoria, hemos visto que nuestra base de datos y perspectiva analítica se ha ampliado en los últimos años. Como advierte Killick (2008, p. 58), «el arqueólogo solitario es una especie en extinción. Conforme la arqueología ha crecido, el conocimiento necesario para hacer investigación arqueológica de vanguardia se ha expandido hasta exceder las capacidades de cualquier individuo». Aunque Killick se refiere al rol de la arqueometría o ciencia arqueológica, nuestro libro ilustra colectivamente la importancia de emplear múltiples perspectivas analíticas y líneas de evidencia independientes para analizar un tema tan multifacético y variado como los incas y su imperio. La diversidad en la formación académica de los investigadores —arqueología, historia del arte y la arquitectura, etnohistoria, lingüística, antropología física (bioarqueología) y estudios textiles— enriquece y profundiza las dimensiones interpretativas y analíticas del libro. El cuarto y último objetivo es el de familiarizar a los lectores con el importante conocimiento sobre los incas que ha sido generado por investigadores de todo el mundo, cuyas publicaciones muchas veces no están en inglés o no han sido distribuidas fuera de sus países. Este objetivo refleja la naturaleza cosmopolita que los investigadores dedicados a los estudios sobre los incas han tenido desde sus orígenes en el siglo XIX (Shimada & Vega-Centeno, 2001; Willey & Sabloff, 1993). Los autores 11

que contribuyeron con este libro provienen de Argentina, Australia, Bolivia, Chile, Dinamarca, Finlandia, Alemania, Japón, Perú y Estados Unidos. Después de la publicación de la versión en inglés de este libro (Shimada, 2015), y en un esfuerzo por alcanzar el primer y cuarto objetivo de este libro, busqué (1) mejorar la cobertura del Collasuyu: el cuarto en el sureste del imperio incaico (usualmente descrito como los Andes centro-australes y del Sur), (2) integrar simultáneamente los importantes resultados de investigaciones recientes hechas por colegas argentinos, bolivianos y chilenos, y (3) publicar esta versión expandida del volumen en español de 2015. Este libro es el resultado. Dada la diversidad de enfoques de investigación y perspectivas intelectuales que coexisten en la comunidad internacional de especialistas sobre los incas, es de esperar que existan desacuerdos y encendidos debates, como los que encontramos en este volumen (ver abajo). Por ello, el libro no promueve ni busca un consenso en cada uno de los diversos temas y problemáticas que abarca. Motivamos, en cambio, a cada colaborador a ser franco y específico sobre los temas y preguntas para las que aún persisten opiniones divergentes e incertidumbres. Producir una síntesis exhaustiva y actualizada sobre los Incas y su imperio es una tarea inherentemente difícil, en parte debido a la rapidez con que dichos estudios evolucionan. Por eso, cada capítulo termina con una discusión que esclarece los temas, preguntas y tareas controversiales y no resueltas que pueden contribuir con las investigaciones futuras. En este libro, «inca» o «incas» se refiere a los gobernantes o reyes incaicos, tanto vivos como muertos (usualmente llamados Sapa Inca o el líder supremo, incuestionable) o a las élites incaicas o miembros de la nobleza (tanto los incas por derecho sanguíneo [estatus hereditario] o por privilegio [estatus adquirido]) respectivamente. El término «imperio» se refiere a un extensivo sistema político estatal que, por fuerza o diplomacia, gana el control sobre un número de sociedades de distintos tamaños y naturalezas (incluyendo otros Estados) que cultural y étnicamente difieren de la sociedad en el poder. Las sociedades subyugadas sirven al sistema dominante (al respecto, ver Alcock, D’Altroy, Morrison & Sinopoli, 2001; D’Altroy, 1992; Sinopoli, 1994; Trigger, 2003). El Estado incaico conquistó al Imperio chimú que dominaba la zona norte de la costa peruana y a otras comunidades de importancia durante sus cerca de 130 años (desde 1400 d.C.) de expansión territorial. En su momento más alto, 12

el imperio abarcaba al menos dos millones de kilómetros cuadrados y dominaba a por lo menos 86 grupos étnicos (Rowe, 1946, pp. 186-192). Los autores de este libro parecen coincidir en referirse al sistema político expansivo inca posterior a 1400 d.C. como un imperio; las opiniones, sin embargo, varían en lo que respecta a en qué medida el Imperio incaico intentó conscientemente construir una «Nación-Estado» (ver Rowe, 1982). ORGANIZACIÓN Y CONTENIDO DE ESTE LIBRO Aunque la orientación del libro es temática, está organizado para darle al lector una percepción orgánica de la expansión y acelerada transformación del imperio. Por eso, comienza con una evaluación crítica de las fuentes de información escrita (capítulo 2), seguida por capítulos sobre lingüística incaica, así como sobre sus orígenes y formaciones genéticas y sociopolíticas (capítulos 3-5). En estos capítulos, el lector es expuesto a estimulante información y puntos de vista, derivados del enfoque multidisciplinario del libro, así como de debates asociados. Siguen capítulos que se enfocan en el establecimiento, implementación y transformación de las infraestructuras imperiales y estrategias administrativas (capítulos 6 y 7). El último arroja luces sobre los factores y procesos responsables por la relación dinámica entre unidad y diversidad en el imperio. Contra este telón de fondo, pintado a grandes rasgos, el libro se refiere a temas y cuestiones que caracterizan la cultura incaica principalmente en el corazón de su territorio y en los alrededores de Cuzco (ver figura 1.2; capítulo 8-13). Aquí están incluidas la tecnología agrícola y sus dimensiones funcionales y simbólicas; el control y contabilidad administrativo; la arquitectura y las modificaciones del paisaje; la realeza y sus palacios; y las expresiones artísticas en distintos medios y sus diversos roles y significados. El capítulo 14 examina la concepción del Sapa Inca, el emperador supremo de los incas, y, de manera más amplia, la vida, muerte y culto a los ancestros. El capítulo siguiente (15) nos lleva un paso más allá en nuestra exploración ideológica al enfocarse en la capacocha, la práctica ritual de ofrendas sagradas, y el culto a las montañas relacionado. El capítulo final (16) de esta sección discute no solo los roles multifuncionales e integrales de las llamas, sino también sus caravanas en la vida andina pasada y presente. Estos capítulos juntos ilustran el mundo ordenado y unificado que los incas se esforzaron en construir, así como el poder, prestigio y 13

permanencia que intentaron transmitir a través de su presencia material, generosidad señorial, simbolismo visual y elaboración o transformación de instituciones y prácticas preíncas (por ejemplo, mitmaq). La siguiente sección del libro (capítulos 17-23) examina a profundidad los procesos de la conquista inca y las estrategias imperiales utilizadas en la posterior integración y administración, así como las respuestas locales que se dieron en seis espacios geográfica y sociopolíticamente divergentes. Estos estudios provinciales son contrapuntos efectivos a la visión que los incas tenían de su propio imperio y que es presentada en la sección precedente. El capítulo 22, que se enfoca en el proceso de conquista e integración de la zona del extremo norte del imperio, sirve como puente entre el caótico periodo poco antes y después de la llegada de los españoles y de su posterior conquista del imperio. Estos capítulos ofrecen una visión de la administración imperial regional, de su realidad social y de sus condiciones ambientales que cuestiona los modelos actuales derivados de fuentes imprecisas o históricamente vagas que han servido para reconstruir la cronología y naturaleza de la conquista y control de los incas. Si bien las aceleradas e importantes transformaciones coloniales de lo que alguna vez fue el Imperio incaico han sido objeto de múltiples estudios, el último capítulo (23) se enfoca en el destino de las élites incaicas y explora lo que el solo nombre de los incas llegó a simbolizar en diferentes sectores de las sociedades colonial y poscolonial en el Perú. CUESTIONES CENTRALES Y CONVERGENCIA Y DIVERGENCIA INTERPRETATIVA Cada capítulo se enfoca en uno o más temas específicos o en cuestiones no resueltas. Al mismo tiempo, hay cuestiones que conciernen a más de un capítulo. A continuación, resalto y discuto las divergencias y convergencias interpretativas presentes en los capítulos de este libro para ofrecer al lector un mejor panorama del estado actual de los estudios incaicos. Confiabilidad y valor de las fuentes de información y la relación entre arqueología y etnohistoria Frank Salomon (capítulo 2), destacado etnohistoriador andino y catedrático emérito de la Universidad de Wisconsin, Madison, se refiere al actual debate sobre la confiabilidad de las fuentes escritas y de otro tipo a las que pueden acceder los estudiosos de los incas y de su imperio. Las 14

fuentes del periodo inca (por ejemplo, khipus, una forma andina de registro basada en nudos amarrados en sogas; ver capítulo 9 por Urton) no corresponden a nuestra noción usual de lo que implica la escritura y la historia, mientras que aquellas de autoría predominantemente española fueron escritas con un propósito distinto al de la reconstrucción cultural (por ejemplo, crónicas, censos, documentos eclesiásticos y legales). Explica cómo es que en décadas recientes el análisis o reevaluación de muchas de estas fuentes ha permitido evidenciar sus prejuicios y sesgos inherentes, lo que en realidad ha aumentado su utilidad para la investigación. Salomon nos recuerda la importancia de los primeros documentos que describen cómo los nativos recordaban cómo eran las cosas antes de la llegada de la conquista española, sobre todo a la luz de la rapidez y complejidad de la transformación cultural generada por fuerzas tanto externas (por ejemplo, políticas coloniales y epidemias) como internas (redefinición de las alianzas políticas y retorno de las poblaciones reubicadas por los incas). En este sentido, es comprensible que los escritos de Juan de Betanzos (1519-1576) sean usualmente considerados confiables y citados por varios de los autores que participan de este libro. Tenía un buen manejo del quechua; se había casado con una mujer de la familia real de Atahualpa, el último emperador inca; y conocía las exclusivas costumbres reales, así como la manera en que se percibía el periodo inmediatamente previo a la conquista española (ver capítulo 14 por Kaulicke). La arqueología y la etnohistoria pueden beneficiarse mutuamente entre sí. Los beneficios que se pueden ganar de su colaboración dependen en gran medida de la calidad de la información que cada una puede ofrecer y del rol que cada disciplina juega. Los arqueólogos, limitados por información y restos físicos que no suelen estar fechados de forma precisa y cuyo significado social, ideológico o conductual no suele estar claro, tienden a ser persuadidos por la información etnohistórica que es muchas veces afirmativa y detallada (por ejemplo, Shimada y otros, en prensa). Brian Bauer y Douglas Smit (capítulo 5) ofrecen una opinión divergente, la de dos arqueólogos de la Universidad de Illinois, en Chicago, que buscan clarificar la primera etapa del desarrollo sociopolítico de los incas a través del estudio de sus asentamientos regionales. 15

Su análisis arroja fuertes dudas sobre la historicidad de las narrativas conocidas de los logros tempranos de los incas, incluyendo la conquista de los chancas. R. Alan Covey (capítulo 6), arqueólogo de la Universidad de Darthmouth que ha trabajado en la zona de Cuzco y los Andes centrales, hace eco de los mismos sentimientos y se muestra bastante receloso de las perspectivas que se anclan en documentos históricos posteriores. Juntos, exponen el notable abismo entre los modelos etnohistóricos y la realidad arqueológica y rechazan las reconstrucciones culturales (especialmente aquellas vinculadas a los orígenes de los incas; cf. capítulos 3, 4 y 5) que, consideran, dependen demasiado y acríticamente de escritos históricos como mitos y leyendas. Peter Kaulicke (capítulo 14), renombrado arqueólogo alemán de la Pontificia Universidad Católica del Perú, por otro lado, recurre en múltiples ocasiones a los testimonios de Juan de Betanzos acerca de cómo los incas entendían la vida, muerte y culto a los ancestros como punto de partida para evaluar los restos arqueológicos en Písac, una propiedad de la realeza incaica en el valle del Urubamba, al este de Cuzco (fig. 2). Tamara Bray (capítulo 22), arqueóloga estadounidense de Wright State University, reconocida por su prolongada investigación sobre el norte de los Andes y el imperialismo inca, se basa en las agudas observaciones etnográficas de Pedro Cieza de León, un escritor español que viajó a través de lo que alguna vez fue el Imperio incaico. Al mismo tiempo, analiza y complejiza su información etnohistórica, así como la de otras fuentes, con investigaciones arqueológicas y excavaciones. En general, los autores en el libro han realizado una selección cuidadosa de fuentes escritas y las usan críticamente como una de las fuentes de información que guían el estudio arqueológico. Martti Pärssinen (capítulo 17), etnólogo finlandés de la Universidad de Helsinki, demuestra la concordancia y discordancia entre la información arqueológica y la etnohistórica al momento de definir la conquista, administración y extensión física de Collasuyu, que abarcó mucho de la parte sur del Tahuantinsuyo. Si bien estas dos fuentes de información coinciden en ciertos aspectos con respecto a la expansión inca que llegó hasta la zona de Mato Grosso cerca de la actual frontera entre Brasil y Bolivia, difieren en cuanto a la cronología de la conquista inca del Collasuyu. De manera previsible, la información de los documentos locales parecería coincidir mejor que la que se encuentra en documentos generales con una cobertura espacial, temporal y tópica más amplia. 16

Coincidiendo con una advertencia lanzada por Julien (1993, p. 228), Pärssinen nos recuerda la naturaleza específica de la información histórica y arqueológica, y que los cambios sociales, religiosos, económicos o políticos históricamente registrados no afectan inmediatamente toda la cultura material que puede ser detectada arqueológicamente o viceversa; un cambio acelerado en la cultura material no necesariamente implica una reorganización simultánea de la vida social, religiosa, económica o política (Pärssinen, en este libro). Su observación explica parcialmente los retos que enfrenta la verificación arqueológica de las conquistas incaicas históricamente mencionadas. Como señaló Murra (1986), una conquista inca puede en realidad haber implicado repetidas conquistas o, incluso, ninguna, pues las amenazas de un ataque por un ejército de mayor tamaño pueden haber sido suficientes para subyugar a una comunidad. Considerando el nivel de variabilidad en la naturaleza y calidad de las fuentes de información textual y otras, las preguntas y objetivos de la investigación, y las dudas sobre la información generada por uno mismo, no es posible sostener que un solo acercamiento a los estudios incaicos o uso de las fuentes textuales sea superior a los demás. Al mismo tiempo, como sugiere Pärssinen, este libro, tomado como un todo, constituye mi forma de promover un acercamiento multidisciplinario amplio a los estudios incaicos (ver también D’Altroy y otros, 2002; Schjellerup y otros, 2009), uno en el que cada línea de evidencia, incluyendo la etnohistórica, sea examinada de manera independiente y contrastada con otras líneas de evidencia. Aunque la concordancia entre múltiples líneas de evidencia no implique automáticamente que algo sea correcto, sí es un argumento a favor de su plausibilidad general. Si bien combinar información arqueológica y etnohistórica en la forma en que algunos autores de este libro lo han hecho permite obtener una serie de conclusiones sinérgicas, también puede afectar negativamente la investigación y, por ende, dificultar el reconocimiento de los sesgos, debilidades y fortalezas de cada uno. Covey (capítulo 6) sostiene acertadamente que «Ante el hecho de que la base de datos arqueológicos se ha ampliado y es representativa, será posible ir más allá de la comprobación de las afirmaciones etnohistóricas para abordar los aspectos del imperialismo inca que no fueron registrados por los primeros escritores» (énfasis agregado). La relación entre arqueología e historia sin duda seguirá en debate (por ejemplo, «Arqueología y etnohistoria en los 17

Andes y tierras bajas: dilemas y miradas complementarios», una conferencia internacional realizada en agosto de 2015 en Cochabamba, Bolivia), pues ambas disciplinas trabajan con un pasado que normalmente resulta imposible de verificar. Como mínimo, cada investigador debe considerar y evaluar las debilidades y fortalezas de ambas disciplinas. El enfoque multidisciplinario y los orígenes incas La reflexión anterior explica el carácter multidisciplinario de este libro. Aunque esto no haya sido intencional, el beneficio de este enfoque se revela de manera efectiva en la concordancia sobre los «orígenes» geográficos de los incas entre tres autores que utilizaron acercamientos divergentes e independientes, si bien dicha concordancia no necesariamente implica que la premisa sea correcta. Un acercamiento es a través de la lingüística. Rodolfo Cerrón-Palomino (capítulo 3), importante lingüista peruano, se enfrenta a la pregunta de la llamada «lengua secreta» u originaria de los incas y presenta un caso tan provocador como plausible de lo que se puede llamar una «estratificación léxica», la adquisición y desplazamiento lingüístico de tres etapas en el orden de puquina-aimara-quechua. Tradicionalmente, se creía que el quechua había sido la única lengua de los incas, además de quizá el aimara. Cerrón-Palomino reformula esta visión convencional basándose en los avances de las últimas décadas en la onomástica, el estudio de los orígenes y formas de los nombres propios, en especial sobre el vocabulario institucional inca y la toponimia andina. Sostiene, en esencia, que antes de usar el aimara y el quechua, los ancestros de los incas que migraron de la zona del lago Titicaca hablaban originalmente en puquina (o pukina), que corresponde con la «lengua secreta» a la que se refiere la documentación colonial. Según su reconstrucción, el quechua se convirtió en la lengua administrativa del imperio recién desde el décimo inca (ca. 1471-93), Túpac Inca Yupanqui, en adelante. En su capítulo, cuestiona no solo la sabiduría convencional que existe sobre la lengua incaica, sino también el arraigado acercamiento doble (arqueología-etnohistoria) a los estudios del pasado andino, pues sostiene que dicho acercamiento debería ampliarse para incluir la lingüística histórica. Considera que la dependencia excesiva de la arqueología y la etnohistoria es directamente responsable de la persistencia de las preconcepciones que existen sobre las lenguas y pueblos andinos. Se están dando pasos hacia la integración de la lingüística, por ejemplo, gracias a 18

importantes conferencias internacionales como el «Simposio sobre lenguas y sociedades en el antiguo Perú: hacia un enfoque interdisciplinario», realizado en 2009 en la Universidad Católica del Perú en Lima (Kaulicke y otros, 2010), y «Arqueology and Historical Linguistics of South American Indian Languages» (Arqueología y Lingüística Histórica de las Lenguas Indígenas de América del Sur»), que se llevó a cabo en la Universidad de Brasilia en octubre de 2011. El llamado de Cerrón-Palomino a la evaluación empírica de su hipótesis de estratificación léxica coincidió (de manera no intencional) con la de otros dos colaboradores del libro. Uno es Ken-ichi Shinoda (capítulo 4), destacado antropólogo físico japonés que se especializa en el análisis del ADN mitocondrial (ADNmt) extraído de la dentadura o algunos huesos de restos humanos provenientes de tumbas antiguas. Este acercamiento, que usa los patrones de herencia no alterados del ADNmt y su frecuencia de mutación relativamente alta, permite la caracterización de poblaciones, así como de sus interrelaciones y movimientos a través del tiempo y el espacio. Si bien el número reducido y las afiliaciones culturales precisas de las muestras continúan siendo un problema, Shinoda ha analizado muestras de diversos lugares y momentos históricos del Perú, incluyendo recientemente aquellas de sitios incaicos (por ejemplo, residentes de Machu Picchu y Patallacta) y preincaicos en y alrededor de Cuzco y Puno. Esta amplia y diacrónica base de datos panperuana lo lleva a concluir de manera tentativa que los individuos muestreados de sitios incaicos en los alrededores de Cuzco son genéticamente más cercanos a los aimara modernos y a otros habitantes del altiplano alrededor del Titicaca. Más aún, estos individuos difieren evidentemente de aquellos del sitio formativo de Wata, cerca de Cuzco, y de los sitios Huari en la cordillera del centro y del sur de Perú (como Cerro Baúl); en otras palabras, el ADNmt disponible sugiere un escenario según el cual la población incaica ancestral migró fuera de la zona alrededor del lago Titicaca hacia la región Cuzco en algún momento después de la Era Formativa. Shinoda plantea la provocadora posibilidad de que los dos mitos divergentes sobre el origen de los incas (incas ancestrales que emergen o de una cueva sagrada en Paucartambo, al sur de Cuzco o de dos islas en el lago Titicaca) reflejen en realidad dos periodos secuenciales del movimiento poblacional de los incas, un movimiento inicial (pasado lejano) desde la región del Titicaca hacia la zona de Cuzco y un movimiento más reciente y local que derivó en su establecimiento en la cuenca del Cuzco. 19

El otro colaborador que discute los orígenes de los incas es Pärssinen (capítulo 17). Partiendo de un amplio cuerpo de información, incluyendo numerosas dataciones por radiocarbono acumuladas durante las últimas décadas por él y sus colegas finlandeses gracias a sus estudios multidisciplinarios y ampliamente regionales (costa sur del lago Titicaca y el resto de Bolivia), Pärssinen cuestiona la visión convencional que existe sobre los límites geográficos y la cronología de la expansión incaica hacia Collasuyu, la mitad sur del imperio. Como con los capítulos de Bauer y Smit (capítulo 5), y Covey (capítulo 6), su enfoque regional en la zona sur del lago Titicaca ilumina de manera muy ilustrativa el contexto histórico de la presencia incaica y la importancia de los desarrollos culturales durante el periodo Intermedio Tardío, entre los años ca. 1000 y 1400. Concluye que esta evidencia demuestra que las llamadas cerámicas inca pueden haber estado en pleno uso en Caquiaviri (un sitio arqueológico en la costa sur de Titicaca) casi cien años antes de que la conquista históricamente descrita sucediera en el siglo XV. Más aún, esta datación previa concuerda con los resultados obtenidos del norte de Chile. Cuestiona incluso la noción de que el desarrollo estilístico de la cerámica inca fuese un proceso estrictamente interno en la zona de Cuzco; y que el mismo tipo de evolución del llamado estilo Killke (por ejemplo, estilo Inca temprano/pre-imperial del Cuzco; Bauer, 1992, 1999; Bauer & Covey 2002; Covey 2003; McEwan 2005, 2008) desde el año 1000 d.C. al estilo de cerámica imperial Cuzco-Inca (que se inició alrededor de 1400 d.C.) sucediera también en la costa sur del lago Titicaca. Como parte de su contundente argumentación a favor de una consideración integral de la cronología inca en Collasuyu, presenta el reciente descubrimiento de vasijas de cerámica tipo «retrato» del periodo Tiahuanaco tardío (ca. 1000 d.C.) en las islas Pariti, en la zona sur del lago Titicaca. Sorprendentemente, uno de los retratos lleva un casco casi idéntico a los usados por los reyes incas y aparecen en los dibujos de Guamán Poma ([1615] 1980) y Martín de Murúa ([1616] 1962-1964). En términos generales, los tocados representados en los retratos de Pariti muestran similitudes sorprendentes con los usados durante el periodo Tiahuanaco Tardío y por los habitantes posteriores a Tiahuanaco, conocidos como los puquina collas. Pärssinen concluye que «los descubrimientos de Pariti apuntan a antecedentes más o menos directos de 20

estos tocados incas en la región del lago Titicaca —cuatrocientos años antes de que sucediera la conquista incaica históricamente registrada—». Aunque estas similitudes podrían deberse a una simple coincidencia o a que los cerámicos fueron fuente de inspiración de símbolos icónicos posteriores de la realeza incaica, estas líneas de evidencia, consideradas con la información lingüística y genética que discutimos previamente, plantean claramente la posibilidad de que un grupo ancestral inca se haya originado en la costa sur del lago Titicaca. El lector es invitado a sopesar cuidadosamente la evidencia y los argumentos considerando la fuerte crítica de Bauer y Smit (capítulo 5) a la historicidad de los mitos del origen incaico que, consideran, algunos autores han asumido de forma implícita. Estas discusiones sugieren la posibilidad de un estimulante descubrimiento sobre los posibles orígenes geográficos de los incas que amerita mayor investigación y que, al mismo tiempo, evidencia los problemas de la cronología incaica. Como es usual, casi todos los autores del libro se refieren solo a los últimos cinco incas (comenzando con Pachacútec Inca Yupanqui [ca. 1437-1471]; ver tabla 1.1) como gobernantes históricos cuyos reinados estuvieron asociados con la expansión de los objetos y arquitectura de estilo imperial incaico. Es el periodo previo a 1400 que todavía debe ser mejor esclarecido. De hecho, los capítulos 5, 6 y 17, por Bauer y Smit, Covey, y Pärssinen, respectivamente, muestran la complejidad de los desarrollos sociopolíticos en y alrededor de la región de Cuzco, la deficiencia (cuando no calidad engañosa) de los documentos históricos, y la necesidad de estudios regionales, excavaciones estratificadas localizadas, y dataciones por radiocarbono asociadas. Organización y manejo del Imperio incaico El carácter del Imperio incaico en relación con sus paisajes naturales y socioculturales era como el de un mosaico complejo. La diversidad ecológica única de los Andes es el resultado de una fisiografía altamente compacta que se eleva por encima de los 6000 metros y que incluye procesos tectónicos activos, una latitud tropical-semitropical, y la fría corriente de Humboldt y los vientos alisios del oeste. El variado paisaje sociocultural, por otro lado, es principalmente el resultado de la presencia de numerosos grupos étnicos con prácticas y tradiciones divergentes, así como recursos humanos y naturales, y niveles, escalas y formas de organización sociopolítica diversos. Como grupo étnico minoritario, los 21

incas se enfrentaron a la inmensa tarea de administrar su imperio durante un proceso de acelerada e impredecible expansión, y muchos capítulos de este libro responden directa o indirectamente a la pregunta prevalente de cómo fue que lograron hacerlo. En el proceso, los capítulos arrojan luces sobre las características materiales, organizacionales y simbólicas que distinguieron a la cultura e Imperio inca de los grupos previos o no incaicos, más allá de la caracterización usual de sus logros como simples aciertos atribuibles a políticas preincaicas o no incaicas. Construir sus principales instituciones y estrategias imperiales sobre los prototipos previos a su llegada o en contextos no incaicos facilitó su implementación, ya que les permitió contar con un conocimiento contextual que era compartido por una base más amplia. Al mismo tiempo, integrarlos en una escala organizacional y espacial mucho mayor y en algo similar a un todo funcional fue un logro sin precedentes. Si bien todo sistema abierto construye de lo que tiene, cualquier aumento importante en la escala y complejidad de cualquier componente (por ejemplo, la institución económica preincaica de la «verticalidad» y la reubicación poblacional de pequeña escala, corto plazo y rotativa asociada –ver más abajo) inevitablemente conlleva transformaciones desbalanceadas, quizá sin precedentes y no anticipadas, de todo el sistema. Cinco capítulos (6-10; también ver capítulo 16) tratan sobre temas vinculados a la organización y funcionamiento del Imperio incaico. Es importante señalar que estos capítulos no buscan idealizar a los incas como grandes innovadores o sintetizadores de la civilización milenaria andina. Son, más bien, evaluaciones independientes y críticas de las políticas, estrategias e instituciones imperiales desarrolladas para explotar recursos materiales y humanos, además de conocimientos y prácticas preexistentes, y administrar el imperio. R. Alan Covey (capítulo 6) aborda el persistente debate sobre la intensidad de la administración provincial de los incas y ofrece una crítica a las concepciones iniciales, así como un nuevo modelo que aprovecha las fortalezas de las bases de datos arqueológicas disponibles. Al igual que Bauer y Smit (capítulo 5), adopta una perspectiva de largo plazo que abarca importantes desarrollos del periodo Intermedio Tardío que antecedió a la llegada de los incas para comprender mejor su impacto y caracterizar adecuadamente la naturaleza de su interacción local. Este es el mismo enfoque que adoptan los autores de los capítulos 17-22. Hoy en día, mucha de la variabilidad de la administración provincial de los incas es 22

descrita en términos de una escala móvil entre políticas directas que implicaban una alta inversión material y de mano de obra y políticas indirectas que dependían de la lealtad y eficiencia del liderazgo existente (por ejemplo, D’Altroy, 1992; D’Altroy & Earle, 1985). Al mismo tiempo, como Covey justificadamente critica, el imperialismo incaico es usualmente considerado un continuo geográfico a lo largo de la cordillera. Sostiene que todavía necesitamos documentar «cuándo, dónde y cómo ejerció su poder sobre las poblaciones locales el imperio incaico y explicar las circunstancias en dónde no lo hizo». De hecho, los capítulos 17-22 ofrecen dichos detalles, obtenidos a través de estudios diacrónicos y regionales en seis provincias divergentes del imperio. Es probable que en el futuro descubramos una mayor variabilidad en la administración provincial incaica conforme aprendamos más sobre las consecuencias organizacionales, materiales e ideológicas de un sistema imperial que no solo se expandió rápidamente en terrenos culturales y físicos altamente diversos, sino que además experimentó cambios internos que no tienen precedente alguno (por ejemplo, propiedades personales en expansión y personal exonerado del pago de tributos). Al discutir los factores que subyacen al carácter irregular de la administración provincial de los incas, Covey se enfoca en el importante rol que cumplieron los caminos inca (Qhapaq Ñan en quechua), construidos durante campañas militares y que cubren más de 25 000 kilómetros y conectan casi todas las áreas del vasto imperio (Hyslop, 1984, 19901). Dos importantes caminos paralelos en la costa y en la cordillera estaban interconectados por docenas de caminos laterales, centros administrativos y almacenes, así como por otras facilidades imperiales, y constituyeron la base sobre la que se estableció la infraestructura imperial. Covey recomienda que se realicen trabajos de campo adicionales en las zonas más alejadas de los caminos inca para de poder medir «el impacto del dominio imperial sobre la vida diaria de las personas que continuaron viviendo lejos de los centros administrativos y que parecen haber absorbido poco de la cultura material de los incas». Desde la perspectiva que le otorga el haber conducido investigaciones arqueológicas en distintos puntos del imperio, Terence N. D’Altroy (capítulo 7), reputado arqueólogo de la Universidad de Columbia y especialista en estudios incaicos, presenta una caracterización completa de las instituciones y estrategias económicas que ayudaron a sostener al imperio en rápida expansión. Discute las soluciones de los incas para 23

financiar su imperio en dos fases. Dada la diversidad ecológica y sociocultural mencionada, el enfoque que podría aplicarse de manera más rápida y amplia consistía en una elaboración de las instituciones preincaicas y de los principios comúnmente conocidos; el más importante de los cuales era el trabajo de mano de obra periódico (conocido como la mit’a), construido sobre el principio de reciprocidad y en favor de los líderes comunitarios y de altares o divinidades. Todas las fuentes históricas coinciden en que el reclutamiento de mano de obra era el cimiento sobre el que se erigía la economía incaica. La segunda etapa se caracteriza por la aparición de servicios más especializados, incluyendo la institución conocida como mitmaq (con individuos reubicados conocidos como mitimas), que implicaba la movilización de personal dedicado que tenía o había sido entrenado para desarrollar ciertas habilidades y conocimientos. D’Altroy discute a profundidad cómo es que la mitmaq resulta crucial para entender el Imperio incaico. Como notamos antes, esta institución representaba una elaboración de la práctica económica preincaica de la «verticalidad», que implicaba enviar representantes de una determinada comunidad a zonas ecológicas/altitudinales distintas para producir o extraer recursos que no estaban disponibles en su localidad (Murra, 1975). El Imperio inca transformó esta extendida práctica preincaica de control vertical en escala (aunque esto no está aun completamente definido; ver más abajo), duración (por ejemplo, reubicación permanente), función y composición de los participantes a tal punto de que resultó una de las instituciones clave de la «incanización» del imperio. La mitmaq imperial cumplió funciones agropastorales, manuales y extractivas (principalmente mineras). A diferencia del prototipo preincaico, sin embargo, sirvió para expandir la mirada incaica de un modo de vida ordenado y productivo, así como el uso del quechua como lingua franca del imperio. Grupos que habían demostrado ser leales a los incas fueron insertados entre grupos de rebeldes para servir como una fuerza «policial» o «de paz» (ver capítulos 21 y 22 por Schjellerup y Bray). Lo opuesto también sucedió. Una importante consecuencia en el largo plazo de la mitmaq imperial fue un cambio sustancial en la naturaleza del reclutamiento de mano de obra: de corvea periódica y rotacional a retención permanente. De hecho, Susan Niles (capítulo 13-ver más abajo), arqueóloga americana en la Lafayette College, habla sobre cómo los mitimas de las propiedades reales cercanas a Cuzco experimentaron una transformación en su identidad y estatus para 24

convertirse en yanas, siervos personales permanentes. La mitmaq imperial también estaba creando nuevos paisajes físicos y socioétnicos en las zonas afectadas. La verdadera magnitud de la mitmaq es difícil de evaluar. Si bien los documentos históricos hablan de miles de habitantes desplazados provenientes de un solo valle y de que se trataba de una práctica que se encontraba en aumento hacia el final de imperio, la realidad es que fue bastante variada en escala. Debemos ser cuidadosos de no excedernos en nuestra generalización de la impresionante escala de la mitmaq a la que algunos documentos se refieren. De hecho, Niles sugiere la posibilidad de que los grandes proyectos ordenados por Huayna Cápac (el décimo primer Inca, ca. 1493-1525/27 d.C.; ver tabla 1.1) hayan sido motivados por la destructiva disputa que enfrentó durante su sucesión. Como diversos autores del libro, D’Altroy advierte que muchos de los proyectos imperiales motivados por causas económicas, así como sus productos materiales, también tenían una importancia simbólica e ideológica. Su capítulo concluye con una lúcida caracterización comparativa de las maneras en que explicamos la economía incaica, incluyendo la visión marxista y la común afirmación acerca de la originalidad de las formas andinas, muchas veces llamado «lo andino» (ver su crítica por Shimada, 2013, pp. 347-348). Como enfatizan D’Altroy y otros en el libro, muchos de los aspectos del Imperio incaico, incluyendo su tecnología agrícola y expresión simbólica, deberían ser entendidos en el contexto de los riesgos, limitaciones y potenciales de la ecología andina. Algunos, como las sequías, heladas, erosión por viento y aluviones, pueden ser graves y persistentes. En este sentido, el mencionado «control vertical» y sus calendarios agrícolas pueden ser una forma efectiva de reducir o dispersar los «riesgos» de la producción agrícola a nivel local o incluso regional. El problema organizacional de aplicar dicha estrategia de reducción y dispersión de riesgos en áreas mucho más grandes, con la correspondiente mayor variabilidad en condiciones de crecimiento, es a lo que John C. Earls, etnólogo australiano que enseña en la Pontificia Universidad Católica del Perú en Lima, y Gabriela Cervantes, arqueóloga peruana de la Universidad de Pittsburgh, se refieren (capítulo 8) sobre la base de información multifacética del intrigante sitio de Moray, ubicado a 3500 msnm y a cerca de 35 kilómetros de Cuzco. Si consideramos los esfuerzos de los incas por intensificar la producción de cultivos de alta demanda como el choclo y la coca, podemos constatar que este no es un asunto menor. 25

El sitio consiste de cuatro concavidades de gran tamaño, naturales y con forma de recipiente, cuyos interiores fueron modificados para formar ordenados complejos de terrazas de irrigación agrícolas con un relleno artificial. Medidas sistemáticas de la cantidad y el tiempo de exposición solar, temperatura ambiental, temperatura del suelo y contenido de humedad, así como de otras variables en distintas locaciones de las terrazas del sitio, revelan una importante variación microclimática aproximándose a condiciones de crecimiento diversas que podrían haber provisto la información necesaria para desarrollar una serie de algoritmos por aplicar en distintas zonas del imperio para logar un crecimiento exitoso de los cultivos deseados. Moray fue mucho más que una maravilla de la ingeniería hidráulica o una estación experimental agrícola; también sirvió como observatorio astronómico y centro de peregrinación. Earls y Cervantes muestran que el sitio fue cuidadosamente seleccionado no solo para aprovechar los sumideros naturales, sino para permitir una serie de observaciones astronómicas cruciales para crear un calendario capaz de articular con la información sobre las condiciones de crecimiento y formular algoritmos que pudieran codificarse en khipus (un sistema de nudos para registrar información; ver más abajo). Earls y Cervantes sugieren que la información y precisiones para el cultivo de ciertos productos fueron entregadas a administradores y líderes provinciales que se reportaban a Moray en fechas preestablecidas. Más aún, en base a fuentes etnohistóricas y etnográficas, sugieren que el sitio fue construido durante el reinado de Huayna Cápac, el décimo primer Inca, quien también ordenó el reclamo a gran escala de los valles de Yucay (ver capítulo 13 por Niles) y el cultivo de maíz en Cochabamba, Bolivia (ver capítulos 7 y 18, por D’Altroy y Muñoz, respectivamente). La transformación interna del imperio parece haberse acelerado hacia el final del periodo imperial. Finalmente, Earls y Cervantes muestran cómo el sitio y las actividades que allí se realizaban estaban relacionados con el sistema ceque en Cuzco (ver su detallada explicación en el capítulo 8; también el capítulo 9 por Urton). En simple, el sistema consistía de 41 líneas imaginarias ordenadas que seguían un orden jerárquico (por ejemplo, ceque en quechua) que irradiaba desde el Templo del Sol (Coricancha) en Cuzco. Cada línea conectaba una serie de huacas o sitios sagrados y estaba asociada con un grupo social específico, cuyo lugar en el sistema ceque reflejaba el nicho que ocupaban en la jerarquía política existente. Cada grupo social era responsable de mantener 26

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