Si bien algunos incas sobrevivientes establecieron alianzas con los españoles, otros dieron la batalla. Por 36 años, comenzando en 1536, una versión miniatura y militarizada del Estado incaico peleó contra los españoles desde su reducto en Vilcabamba, en la selva amazónica. Negociaron con enviados del virreinato y, en 1565, recibieron también misioneros agustinos. Su rey inca clandestino Titu Cusi Yupanqui fue bautizado como Diego de Castro. Frente a la posibilidad de una invasión virreinal, Titu Cusi colaboró con un agustino y un escribano en la espera de contra actuar la amenaza mediante una polémica. El resultado fue el primer libro que proclama ser de autoría indígena ([1570]1992, 2005a, 2005b, 2006). Se puede entender como simultáneamente una demanda legal reivindicando el derecho de los Incas a la resistencia, y una narrativa heroica con semejanzas al drama español del siglo de oro. El libro de Titu Cusi no logró disuadir a Toledo. El último soberano incaico fue brutalmente ejecutado en 1572. Después de la derrota los ayllus nobles incaicos continuaron durante los siglos coloniales, y se asentaron alrededor de Cuzco como élite carismática e importante en la vida ceremonial. Fueron vistos con cierta desconfianza por el gobierno real. El reclamo de los linajes reales o nobles se formulaba ante abogados y jueces, parientes y cófrades. Estos testimonios sirven para desarmar la noción, tan común como errónea, de que la historia inca terminó en 1532 (ver capítulo 23 por Amino). En 1569, veintidós descendientes del décimo inca, Tupac Yupanqui, presentaron un reclamo de descendencia real con la intención de recuperar tierras usurpadas que solían estar reservadas para la realeza incaica. El texto (Probanza, 1985), es de gran valor por ser aparente semblanza de un quipu con contenido histórico. Muchos de los documentos locales dirigidos por los hogares incaicos coloniales al Estado están tratan de negocios familiares y asuntos políticos locales. Si bien suelen interesar más a los estudiosos de la Colonia que a los de los incas, las historiadoras del arte Carolyn Dean (1999) y Teresa Gisbert (1987) han reunido importante evidencia iconográfica sobre la cultura colonial en torno a las familias incas. Demuestran que, en su rol como encarnaciones ceremoniosamente pavoneadas de la antigua legitimidad cuzqueña, los incas coloniales cultivaron una versión barroca de una tradición genuinamente prehispánica. LA INTELLIGENTSIA INDÍGENA RECONSIDERA EL LEGADO INCA 71
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