variedad de la primera, y premunidos de la cual habrían llegado al valle del Cuzco, por entonces inmerso en territorio aimara. Allí, de acuerdo con las informaciones recogidas por los primeros cronistas del siglo XVI, se habrían apoderado gradualmente de la región y vencido a los señoríos locales luego de una serie de escaramuzas, pero también realizaron alianzas con algunos de ellos mediante lazos matrimoniales estratégicos, sin descartar faccionalismos que habrían surgido entre los mismos invasores. Habiendo sido estos un grupo minoritario, no es difícil imaginar un escenario en el que, en el lapso de dos o tres generaciones a lo sumo, desprovistos de toda retroalimentación idiomática, se habrían visto obligados a dejar su lengua a favor del aimara, comenzando por sus descendientes inmediatos, que adquirirían el idioma de los pueblos sojuzgados en las faldas de sus progenitoras. De esta manera, desaparecida la lengua de la minoría invasora, solo habría quedado el recuerdo de ella, reducida a ciertos giros y expresiones formulaicas, desde entonces reanalizados y adaptados al aimara local, y que en opinión de todo lego bastaban para que fueran atribuidos a un «lenguaje particular», de uso exclusivo de la casta conquistadora. Por lo demás, en otro lugar (Cerrón-Palomino, 2011a, § 6.3) hemos tratado de interpretar los contactos sugeridos entre los pueblos postiahuanaquenses y los del valle del Cuzco, tal como se desprenden de los trabajos arqueológicos realizados en esta última región por Bauer (2008, cap. 8; ver también Hiltunen & McEwan, 2004, pp. 245-246; McEwan, Gibaja & Chatfield, 2005, p. 266) y por Pärssinen (2005, p. VI) en la región del Titicaca. Ello conduce a este autor a concluir señalando que los estilos de alfarería y arquitectura, así como la mitología de los señoríos lacustres, influyeron en la ideología y el estilo del Cuzco más de lo que se había pensado hasta ahora. Además, varios edificios de las islas del Sol y de la Luna muestran indicios de su probable origen preincaico, pese a haber sido reutilizados por los incas para sus propios usos» (2005, pp. VIII, 263). Asumiendo que tales señoríos lacustres tendrían por habla el puquina, este pronto sería reemplazado por el aimara proveniente de los Andes sureños tras la debacle de Huari, y no impuesto por los señoríos aimaras como hasta ahora siguen sosteniendo los arqueólogos desde los tiempos de Uhle (1910), a menudo reacios a informarse de los replanteamientos lingüísticos contemporáneos (ver, por ejemplo, Browman, 1994). 104
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