etnográficas de Castro en la región de Loa Superior en el altiplano atacameño en el norte de Chile. El primero documentó muchos casos de capacochas, ofrendas rituales profundamente sagradas que se practicaban solo en momentos de calamidades naturales y de grandes eventos imperiales, y comúnmente involucraban el sacrificio de jóvenes adolescentes «puros» (ver también el capítulo 11 por Phipps). El segundo reveló no solo la persistencia hasta el día de hoy del culto a las montañas, sino que, incluso de manera más importante, nos ofrece valiosas perspectivas sobre la importancia de las cimas andinas y de cómo su veneración relaciona al culto de los antepasados en tres niveles de sacralidad ascendente entre los habitantes tradicionales del Loa Superior. Su concepción de estos picos y de su fuerza vital afecta su existencia diaria y su interacción con las montañas. La colaboración entre arqueología y etnografía también nos ofrece ideas estimulantes sobre el «papel protagónico de los niños en las ceremonias de capacocha como un antecedente que contribuye a explicar la importancia de la participación infantil actual en distintos roles religiosos de los Andes». Simultáneamente, este capítulo plantea preguntas aún sin responder sobre por qué los incas comenzaron a «atreverse a escalar las cumbres más altas de los Andes», una práctica aparentemente sin precedentes. Una práctica que sin duda antecedió por mucho a la existencia del Tahuantinsuyo fue la interacción económica a larga distancia que empleó caravanas de llamas, atravesando las dimensiones horizontales y verticales de los Andes. En el capítulo 16, Axel E. Nielsen, investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina, y Juan M. Maryañski, que recientemente ha concluido su doctorado en antropología en la Universidad de Buenos Aires, presentan una evaluación crítica e integral no solo de esta consagrada práctica, sino de las llamas y sus pastores. Al revisar las distintas líneas de evidencia, notan claramente que, por siglos antes del Imperio incaico, las llamas fueron (1) mantenidas localmente y disponibles tanto en la costa como en la sierra a través de los Andes (contrariamente a lo que sugieren algunas ideas equivocadas bastante comunes) y (2) empleadas para el transporte de larga distancia. Adicionalmente, muestran la diversidad de formas en que se organizó el pastoreo, con énfasis en la relación ganadería-agricultura y argumentando a favor de la existencia prehispánica de pastores especializados, lo que John V. Murra (2001 [1964]) rechaza en su publicación clásica. Considerando que hay distintas líneas de evidencia que apuntan hacia la 34
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