restringidos en forma y contenido, en razón del sesgo determinado por la naturaleza de los textos registrados, quedan afortunadamente otras vías de averiguación sobre la lengua, a partir de las cuales puede remediarse en parte la falencia mencionada, aunque esta vez con datos que atañen mayormente solo al aspecto léxico. Nos referimos, en primer lugar, al léxico puquina compartido por el callahuaya, lengua profesional de los herbolarios de Charazani, vigente hasta hace poco, y que fuera registrada por Oblitas Poblete (1968) y Girault (1989). En segundo lugar, hacemos referencia a la información proporcionada por la onomástica atribuida a la lengua, identificable no solo en las fuentes escritas coloniales sino también en la toponimia, cuya nutrida presencia permite, además, rescatar el mapa del territorio geográfico sumergido posteriormente por el aimara y el quechua. En tercer lugar, llamamos la atención sobre una fuente de información adicional hasta ahora pasada por alto: la identificación de voces puquinas esparcidas en el léxico monumental del aimara compilado por Bertonio ([1612] 1984). En la identificación de tales elementos léxicos resulta de vital importancia, más allá de la simple equiparación de elementos similares en forma y significado, y siempre y cuando ello sea posible, su control riguroso, por medio de las reglas fonológicas de la lengua, tal como estas se infieren del examen cuidadoso de los materiales de Oré (ver Adelaar & van de Kerke, 2009). Pues bien, de acuerdo con la información disponible, ahora estamos en condiciones de formular algunos presupuestos en relación con la lengua y cultura puquinas. Los siguientes enunciados buscan ordenar algunas de las hipótesis adelantadas previamente: (a) territorialmente, la lengua cubría el espacio geográfico atribuido a los «collas» en los documentos coloniales, en especial en la crónica de Sarmiento de Gamboa ([1572] 1960, pp. [37], 242); (b) no debe extrañar que la lengua registrara en tan vasto territorio cierta fragmentación dialectal, de la cual, en ausencia de mayor información, apenas podemos formarnos una vaga idea; (c) en vista de la carencia de materiales dialectales y comparativos, no es posible reconstruir la lengua ancestral, y a lo sumo a lo que podemos aspirar es a su caracterización sincrónica tal como esta se desprende del examen de su magro registro escrito; (d) con todo, no es aventurado sostener que su foco de irradiación inicial haya estado ubicado en la región noreste de la cuenca del lago Titicaca; y (e) admitiendo el origen centro-andino del aimara, y siendo coincidente el área geográfica atribuida a los collas con el territorio alcanzado por las civilizaciones de Pucará y Tiahuanaco, es forzoso 95
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