varias explicaciones plausibles para esta situación, aparentemente paradójica, y concluyen que es necesaria «una consideración cuidadosa de la producción y distribución estatal, así como de los distintos usos y significados de los objetos y arquitectura en los estilos estatales y locales» para «mejorar nuestra habilidad de leer el registro material del dominio incaico, y conducir a una comprensión más matizada y mejorada de la vida en el imperio». En el capítulo 21, Inge Schjellerup, conocida arqueóloga e investigadora principal de la Colección Etnográfica del Museo Nacional de Dinamarca, se basa en su larga investigación multidisciplinaria para mostrar la intensa y multifacética naturaleza de la ocupación y explotación incaica de la escarpada y densamente boscosa selva alta de la región Chachapoyas, al noreste del Perú. Su estudio regional representa una contraparte septentrional a la de Muñoz en la yunga oriental de Bolivia. Lo que resulta evidente en el estudio de Schjellerup es la compleja y altamente cuestionada naturaleza de la administración incaica, en parte generada por la intensa reestructuración de los sistemas de gobierno locales y la toma de las huacas como rehenes, la extendida práctica de llevar a la fuerza los objetos sagrados locales, llamados huacas, al Cuzco, para asegurar así la obediencia de las poblaciones locales y simbolizar su subordinación al Inti, principal deidad inca. Las mismas estrategias fueron también aplicadas en otras provincias del imperio (ver Malpass & Alconini, 2010). Los obstáculos ambientales claramente no impidieron las importantes inversiones materiales y de mano de obra que se requirieron para la construcción de cuatro importantes complejos incaicos, con su mampostería cuidadosamente encajada y otras características arquitectónicas y ceremoniales distintivas, además de múltiples terrazas agrícolas. Este caso de dominio directo puede haber estado motivado por la amplia variedad de recursos naturales que ofrecía la región y que los incas querían —cualquier cosa desde oro y sal hasta coloridas plumas y pieles, desde madera hasta plantas alucinógenas y medicinales, incluyendo las semillas de espingo (Nectandra sp.)—. En general, la situación de los chachapoyas y su conflictiva relación con las poblaciones locales y los codiciados recursos ejemplifica un caso de gobierno directo incaico con una fuerte inversión de recursos humanos y materiales lejos del Cuzco. Ilustra la desigualdad e intensidad con que los incas administraron las áreas que habían subyugado, punto que Covey (capítulo 6) enfatiza, y la importancia de restructurar los paisajes sociales y sagrados locales para 39
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