divulgación acerca de la historia de los incas sino incluso de los tratados de nivel académico más serio escritos por los especialistas provenientes de disciplinas afines como la etnohistoria y la arqueología. De acuerdo con dicho saber canonizado, el idioma originario de los incas habría sido el quechua, lengua que habría tenido como cuna de origen el Cuzco, a partir del cual se habría difundido gradualmente al compás de las guerras de conquista y expansión del imperio hasta alcanzar la vasta difusión geográfica, reconocida y alabada por los españoles del siglo XVI. Así parecían atestiguarlo no solo el hecho evidente de que la lengua que hablaban los descendientes de la nobleza incaica era precisamente el quechua sino también, y por la misma razón, que la historia incaica transmitida oralmente comenzara a escribirse, previa traducción y en castellano, con el concurso de informantes y quipucamayos quechuahablantes convocados a tal efecto. De esta manera, no debe extrañar que buena parte del vocabulario relativo a la historia y la civilización incaicas nos haya llegado vía el quechua, pasando por el filtro de la gramática de la lengua. La visión canónica de la historia incaica esbozada previamente logró consolidarse en tanto el estudio del lenguaje como disciplina social permanecía ajeno a los intereses de los investigadores de las sociedades del pasado andino. Y aun cuando no faltaron estudiosos, concretamente entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, que procuraron remediar dicha falta incorporando en sus reflexiones la dimensión lingüística, el desarrollo incipiente de esta en nuestro medio impedía una mejor aprehensión de los hechos observados. Había que esperar hasta la segunda mitad del siglo XX para que la disciplina, constituida ya en ciencia rigurosa a comienzos de dicha centuria, se instaurara en nuestro medio, particularmente en su vertiente histórica y descriptiva, aplicada a los estudios de la realidad andina. Gracias a tales estudios, hoy conocemos mejor la historia y evolución de las lenguas mayores del antiguo Perú, particularmente del quechua y del aimara. Dicho conocimiento, sin embargo, habría quedado en el vacío, como resultado de un ejercicio meramente académico y descontextualizado, si es que paralelamente no se hubieran hecho esfuerzos por correlacionar tales trabajos con los de las disciplinas afines que se ocupan del pasado, especialmente la etnohistoria y la arqueología, todo ello en procura de una comprensión totalizadora del mundo andino. Lamentablemente, el requisito epistemológico sugerido, es decir, el trabajo interdisciplinario, no parece haber tenido el mismo eco 88
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