comerciales (Acosta Rodríguez, 1979). El libro de «extirpaciones» más accesible (Arriaga [1621]1968, 1999) es, literalmente, un manual para dichos perseguidores. Aun así, los «extirpadores» terminaron preservando en documentos la misma cultura que pensaron extinguir. El Arzobispado de Lima (y, en menor grado, otras sedes) alberga un corpus estupendo sobre los juicios de idolatrías. Allí se escuchan todavía las voces de importantes oráculos de las huacas, como la del desafiante Hernando Hacas Poma, así como las de cientos de humildes seguidores de estos cultos —incluso sus gritos en las cámaras de tortura, que los secretarios eclesiásticos consideraron pertinente transcribir—. Pierre Duviols ha publicado una colección importante de registros de los juicios (2003; ver también García Cabrera, 1994, Polia Meconi, 1999). Un extirpador con talento etnográfico, Rodrigo Hernández Príncipe, describió con lujo de detalles en 1621-1622 cómo los pobladores de Recuay participaban del supremo ciclo ceremonial incaico (Duviols, 2003, pp. 731-778). La mayoría de los demás testimonios de «extirpaciones» suelen ser localistas en lugar de enfocarse en los incas. Sin embargo, el lector encuentra mención frecuente de subsidios incaicos a huacas locales. Estas alusiones ilustran la manera en la cual la memoria del incario llegó a ser tema dentro de lo que se hoy se conoce como la «cultura andina». TESTIGOS INCA Y RECLAMOS DE HEREDEROS DEL TAHUANTINSUYO Como el poder incaico, el español se transmitía a través del matrimonio y la descendencia. Para los conquistadores resultaba natural forjar las primeras conexiones entre la realeza incaica y el poder español a través de matrimonios. En el contexto regional del Cuzco, esta estrategia dejó huella. El que tal vez sea el más inca de todos los libros peruanos fue producto de uno de esos matrimonios, la unión de Juan Díez de Betanzos con Cuxirimay Ocllo en 1544. Comisionado por un virrey y guiado por su esposa y suegros, Betanzos produjo Suma y narración de los Incas ([155157]1987, 1996), donde tradujo la versión propietaria de la familia de Cuxirimay. A diferencia de otros cronistas, Betanzos conocía por dentro el discurso incaico. Si su libro (o acaso el libro de su esposa) resulta difícil de leer, lo es en un buen sentido: Betanzos intentó «preservar la manera y forma de hablar de los nativos» estirando el español para adecuarlo a la sintaxis y retórica quechuas. 70
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