Algunos curas y administradores respondieron a las preguntas con rigurosidad casi etnográfica, incorporando a veces narrativas locales sobre el pasado remoto y declaraciones detalladas sobre el legado incaico. Tales documentos resultan especialmente valiosos en cuanto describen a regiones de poco prestigio y grupos de bajo rango, históricamente marginados y rara vez considerados por los cronistas. Tales fueron los étnicamente estigmatizados cañari y los habitantes del bosque residentes en la periferia amazónica de los dominios incaicos (ver capítulo por Schjellerup). Muchas de las «Relaciones Geográficas», tanto las recientemente descubiertas como los canónicos, han sido recogidos en antologías (Jiménez de la Espada, 1965; Ponce de Leiva, 1991). En décadas recientes, los investigadores de las provincias periféricas del Tahuantinsuyo han sintetizado inmensos cuerpos de visitas, litigios, cartas, cuentas de tributos, y relaciones geográficas, así elevando el estudio de las poblaciones andinas no-incas al mismo nivel alcanzado en los clásicos estudios incas. Las recientemente descubiertas «relaciones geográficas», visitas y litigios provenientes de pueblos no-incas han permitido la expansión de la etnohistoria mucho más allá de la región sur- y centroperuano: por ejemplo, en Chile (Boccara & Milos, 2007), Bolivia (Platt, Bouysse, & Harris, 2006; Medinaceli 2010) y Ecuador (Caillavet, 2000). EL CLERO Y LOS «FALSOS DIOSES» Así como el centralismo real solo ganó control estratégico de la sociedad conquistada al cabo de décadas de turbulencia, el Arzobispado de Lima solo llegó a imponer sus estructuras parroquiales y dogmas después de una era inicial caracterizada por encuentros relativamente diversos y experimentales entre el clero católico (especialmente las órdenes mendicantes como los agustinos, dominicos, franciscanos y mercedarios) y la élite religiosa andina. La historia de los oráculos, momias y cerros deificados veneradas por poblaciones andinas es una historia tan colonial como arqueológica. Algunas descripciones tempranas de la religión andina existen en documentos internos de las órdenes religiosas. Entre ellas, la más llamativa es la descripción que el agustino Juan de San Pedro escribió en 1561 (1992) sobre la divinidad provincial llamada Catequil. El culto a Catequil nació lejos de Cuzco (cerca de Huamachuco, en la sierra norte del Perú), pero se transformó en culto difundido a lo largo de los Andes, auspiciado 61
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