El imperio inka

política que, de haber sido aceptada por España, hubiera colocado a los descendientes de reyes peruanos entre la más alta nobleza del mundo cristiano—. Una corta monografía jesuita anónima ([1593-97]2011) que defiende con detalles este argumento probablemente proviene de la pluma de Valera. Ecos de su utopía neoplatónica incaica continuaron resonando durante por lo menos un siglo más, elaborados en las versiones heterodoxas de la historia inca redactados por jesuitas como Anello Oliva ([1631]1998). Los controversiales «papeles de Nápoles», que afirman contener mucho del conocimiento de Valera y Oliva sobre los quipus, la religión incaica y la conquista (Laurencich, 2009; ver también Sansevero3, 1750), parecen contener documentos falsos producidos por adherentes tardíos a esta utopía, y/o falsificaciones modernas (Guibovich, 2003). Por lo menos uno de los dibujos «napolitanos» fue trazado sobre un facsímile defectuoso de Guaman Poma publicado en 1936 (Boserup & Krabbe, 2013; Guibovich, 2003). Para 1600, la cultura sagrada «india» y la memoria política de los incas, también parcialmente sagrada, habían atravesado múltiples transformaciones. Con la destrucción de los sacerdocios, peregrinajes y templos incaicos, el ritualismo no cristiano se volvió localista y descentralizado. Sobrevivía en una multitud de cultos rurales populares adheridos a las huacas: cuevas, montañas, altares de momias pertenecientes a ancestros, altares sacrificiales y ruinas prehispánicas. Las huacas eran reverenciadas como manifestaciones o sedes de divinidades que «poseían» las tierras, aguas y vidas de los campesinos. Para 1600, la mayoría de los «indios» habían encontrado la manera de compatibilizar sus deberes hacia las «huacas» con sus obligaciones católicas. Ciertos pueblos mantenían a algunos individuos al margen de los deberes católicos para proveer a los viejos dioses con esposas, sirvientes y oráculos. La famosa «extirpación de idolatrías» afectó la sierra central del Perú en distintos momentos desde 1608 hasta 1710. Los objetos de estas persecuciones no fueron muestras vivas de cultura prehispánica, sino cultos evolucionados durante muchas décadas de contacto con la iglesia. Cuando los jueces eclesiásticos decidieron perseguir y castigar la devoción a las huacas, quemar miles de momias y destruir todos los altares que pudiesen encontrar, buscaban borrar los resultados birreligiosos de previos intentos a la cristianización masiva (Estenssoro, 2003). En algunos lugares intentaban sofocar protestas provocadas por abusos eclesiástico69

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