El imperio inka

importantes sobre las características del gobierno andino. El abogado Juan Polo de Ondegardo investigó las instituciones incaicas con perspicaz sutileza y descubrió la estructura de líneas radiales (ceques) que se extendían desde el centro de Cuzco; asimismo, rastreó la ubicación de las momias reales de los incas (ver capítulo 14 por Kaulicke). Su meta fue conservar la eficiencia productiva de las sociedades andinas y simultáneamente demoler la estructura simbólica del dominio incaico, pensando así evitar la posibilidad de que los todavía importantes linajes incas pudieran rivalizar con el Estado virreinal (Polo, [1571]1990). Al discutir en qué medida debía inmiscuirse el Estado en las instituciones intra-indígenas, los juristas contemporáneos a Polo, como Francisco Falcón ([1567]1946) y Juan de Matienzo ([1567]1967) produjeron un importante corpus de información sobre relaciones entre comunidades locales y el poder incaico. El virreinato también auspició investigaciones históricas del incario. La agenda subyacente fue aplastar de manera definitiva la afirmación políticamente peligrosa de que la conquista española había usurpado ilegalmente la soberanía del linaje inca. El virrey Toledo convocó a un grupo de maestros del quipu (Relación de la descendencia… [1608]1974) y los entrevistó con el fin de buscar información que le permitiera clasificar a los incas como «tiranos» en lugar de «señores naturales». La síntesis antiincaica de Pedro Sarmiento de Gamboa de 1572 (1998, 2007), tan parcializada como bien documentada y bien escrita, representó un pilar influyente del género de la crónica virreinal. ENCUENTROS CON POBLACIONES QUE VIVIERON BAJO EL DOMINIO INCAICO La «tiranía» incaica, tal como la imaginó Toledo, no era completamente ficticia. Lo que expresaba era una mirada etnocentrista española sobre tensiones que sí eran inherentes al Tahuantinsuyo, en cuanto el imperio fue multiétnico y precariamente centralizado. Gobernar y articular a cientos de sociedades con idiomas distintos, con identidades étnicas y con élites ambiciosas nunca fue fácil para los demográficamente pequeños linajes incaicos. Interpretar el Estado inca sin estudiar su población no incaica, bastante mayoritaria, sería tan absurdo como interpretar la antigüedad clásica de Europa estudiando solo a los romanos y sin mirar a los griegos, teutones, egipcios, persas, o celtas. El campo de la etnohistoria «provincial» incaica ha sido el más fértil para la investigación documental desde la década 1940. Las fuentes 56

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