por los incas y subsidiado por el Estado inca. Desde 1570, los jesuitas también comenzaron a redactar importantes documentos internos sobre las «idolatrías» andinas, muchos de los cuales luego fueron publicados en antologías especializadas. Otros documentos internos de las campañas de evangelización iniciales, notablemente los de las misiones mercedarias lideradas por Fr. Diego de Porres, todavía esperan ser descubiertos. Clérigos de todas afiliaciones construían simultáneamente bases de poder que buscaban influir en el cada vez más consolidado Arzobispado de Lima. Algunos dominicos, como el talentoso fraile Domingo de Santo Tomás en la década de 1560, tardíamente asumieron una posición análoga a la de Las Casas. Atribuyendo el culto indígena a una cierta teología «natural», aconsejó que la intervención española en sociedades indígenas debía ser mínima. (Este mismo fraile produjo tan temprano como en 1560 (2006) el primer diccionario y gramática quechua, en sí mismo una poderosa fuente de términos e ideas andinos). Lejos de Cuzco, en el remoto Arzobispado de Quito, el cura diocesano Lope de Atienza también escribiría un libro curiosamente empático ([1572-75]1931) basado en sus amplias experiencias en parroquias «indias». Detectó ecos de cultura inca y nostalgias por el Tahuantinsuyo en la rudimentaria vida pueblerina. Diez años después, sin embargo, el virreinato toledano comenzó a analizar el legado incaico con intenciones hostiles. El visitador diocesano del Virrey Toledo, Cristóbal de Molina, apodado «el cuzqueño», ya estaba íntimamente familiarizado con los rituales incaicos según los recordaban los nobles y según practicaban todavía las poblaciones plebeyas. Los aliados del virrey Toledo le comisionaron escribir la Relación de las fábulas y los ritos de los Incas ([1576]1989, 2011). Esta obra contiene información inigualable sobre los rezos y calendarios de los incas. A pesar de la influencia de Toledo, la simpatía de Molina por los rituales incaicos se cuela en el texto en cuanto observa paralelismo latente con la verdadera fe. Esta opinión ya se popularizaba en aquel entonces, y todavía influye tanto en el catolicismo popular como en la intelectualidad teológica José de Acosta S.J., otro importante erudito del quechua lideró una facción jesuita decididamente antiincaica. Acosta y sus aliados condenaron a los cultos indígenas como engaños diabólicos, aunque promovieron a la vez el diálogo intelectual con los «indios» de élite. Cuando el arzobispado convocó a una cumbre para definir permanentemente su política hacia las poblaciones nativas (1582-1583), Acosta ya había escrito (aunque no publicado) su tratado De procuranda indorum salute en el cual se 62
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