archipiélago, a raíz de la intrusión del aimara y del quechua en su territorio. Como consecuencia de ello, los hablantes de la lengua, en su mayor parte bilingües, venían sustituyendo la suya en favor de uno u otro de los idiomas dominantes. Transfigurada la memoria del pueblo puquinacolla por los conquistadores de habla aimara y quechua, no debe sorprender la poca o nula importancia que se le dio a su cultura y a su lengua. Es más, debido a su coterritorialidad con el pueblo uro, sobre todo en las riberas y las islas del «mar interior», su idioma resultó siendo confundido con el de los pobladores lacustres, con ser una entidad completamente ajena, desprovista de toda relación que no sea la estrictamente geográfica y cultural. La sobrevivencia del uro, y en consecuencia la posibilidad de estudiarlo (ver Cerrón-Palomino, 2006, Cerrón-Palomino & Ballón Aguirre, 2011), constituye la mejor garantía del deslinde idiomático mencionado, tal como se había esforzado en demostrarlo hace más de una centuria don José Toribio Polo (1901). Ahora bien, por un lado, desde el punto de vista idiomático, no obstante que el puquina había sido reconocido por la autoridad virreinal como «lengua general» (Toledo [1575] 1989, pp. 97-100), no parece que su gramática haya sido «reducida en arte» ni que su léxico fuera recogido y almacenado, como en el caso de las otras lenguas, incluso menores como la mochica. Todo indica que en este punto prevaleció el pragmatismo de los evangelizadores, quienes, en vista del bilingüismo mayoritario de los puquinahablantes, prefirieron ahorrarse el trabajo de preparar gramáticas y vocabularios de la lengua, y a lo sumo nos dejaron algunos textos pastorales calcados de plantillas previamente redactadas en quechua y aimara. De otro lado, desde la vertiente histórico-cultural, las noticias sobre los puquinas apenas van emergiendo como resultado del trabajo de «exhumación» que vienen efectuando historiadores y arqueólogos a partir de los últimos decenios del siglo pasado. En virtud de dicho esfuerzo de rescate, el pueblo puquina, cuya imagen furtiva asomaba en forma borrosa en las páginas de las crónicas y cuyo nombre étnico de colla le fuera usurpado por sus dominantes de turno —siendo por consiguiente víctima de una suplantación histórica—, va mostrando su rostro y con él, su identidad, así como el legado de su lengua y de su cultura. Pero también, gracias a la información documental y toponímica, va insinuándose de manera más precisa el área geográfica cubierta por la lengua en su etapa de máxima difusión (ver, sobre este punto, Cerrón-Palomino, 2016a). 93
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