América del Sur. Esta región tiene tres zonas climáticas de importancia: un desierto costero estrecho y atravesado por valles ribereños; valles y tierras de pastoreo en las montañas de los Andes; y pendientes y llanuras cálidas. Las tres van del norte tropical del Ecuador hasta el templado sur de Chile central. La diversidad entre estas tres zonas se genera en parte debido a que la colisión de placas tectónicas ha creado tanto las montañas de los Andes como una falla en el Pacífico que corre en paralelo a la cordillera. Las montañas se extienden a lo largo del continente, alcanzando una altura máxima de 6960 metros en el Aconcagua, en el borde entre Argentina y Chile. De este territorio, los incas extraían tres tipos específicos de recursos: materias primas (piedras, agua, minerales y biota salvaje), productos agropastorales, y mano de obra y conocimiento humano. Colectivamente, estos recursos hacían posible el poder y la riqueza incaica, y fueron sin duda una de las fuerzas motores de la creación del imperio, incluso si los incas no eran conscientes de la extensión de los Andes al inicio de sus proyectos. El ampliamente utilizado sistema de clasificación de los ecosistemas peruanos de Pulgar Vidal (1987) reconoce ocho zonificaciones agroecológicas en este territorio (cf. Tosi, 1960; Troll, 1968; Flannery, Marcus & Reynolds, 1989). Cada una tiene una combinación única de características climáticas, bióticas y topográficas, y requiere por ello una estrategia distinta para poder ser explotada de manera efectiva (fig. 7.2). Las aguas heladas que fluyen hacia el norte por la costa crearon uno de los biomas marinos más ricos del mundo. Desde la primera ocupación en adelante, las aguas marinas proveyeron inmensas cantidades de anchovetas y mariscos con una pesca simple de red y técnicas de recolección. La costa terrestre (o «chala» según la clasificación de Pulgar Vidal) está bordeada por una franja generalmente angosta de desierto (de menos 1 hasta más de 50 kilómetros de ancho) que se extiende desde el norte del Perú hace el centro de Chile. Esta franja se mantuvo habitada durante milenios gracias a una exitosa combinación de alimentación terrestre y marina, aunque la explosión poblacional se dio recién con la expansión de la agricultura de irrigación después de 1800. La árida línea costera está interrumpida por una serie de fértiles valles ribereños cuya agua proviene principalmente de la lluvia que cae sobre las faldas de montañas a más de 1600 metros de altura. En estos valles, la irrigación resulta esencial para la agricultura, que incluía cultivos industriales de zapallo y algodón, y alimentos básicos como maíz, calabaza y menestras. 200
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