certificarse de ello, lo saliesen a ver, que él se les mostraría en un alto cerro de los que cercan aquel valle del Cuzco (Cobo, [1653]1956, pp. XII, III, 62). Del pasaje citado, una vez desbrozado de los oropeles retóricos propios de la narrativa oral, interesa destacar por lo menos cuatro elementos de vital importancia para nuestra argumentación. El primero tiene que ver con el advenimiento, procedente de la laguna de Titicaca, de los futuros instauradores de la dinastía de gobernantes de la comarca invadida; el segundo, que los integrantes del séquito, comenzando por su jefe y guía, se decían llamar <incas>; en tercer lugar, que el líder respondía al nombre de <Manco Cápac>; y, finalmente, que el mencionado caudillo, lejos de ser un paladín surgido de la plebe, se consideraba nada menos que hijo del Sol. Si ahora, tratando de atar los cabos que habíamos dejado sueltos en §§ 1.3 y 2.3, hacemos un esfuerzo por encontrarle un fondo de veracidad histórica a los hechos aludidos en el pasaje citado, despojándolo previamente de la aureola mítica que lo envuelve, creemos estar en condiciones de redimir los hechos históricos y lingüísticos asignables al pueblo puquina-colla. Para ello, al abordar el tema por el lado histórico, conviene comenzar, según lo anunciáramos, con la «devolución» del nombre colla a sus representantes auténticos y rescatarlo de su falsa adscripción secular a los pueblos de habla aimarófona. Como lo han venido probando en las últimas décadas los estudios relativos a la historia de los pueblos y de las lenguas altiplánicas (Julien, 1983, cap. 2; BouysseCassagne, 1987, p. I; Torero, 1987, pp. 343-351; ver Cerrón-Palomino, 2011a), no parece haber duda de que por «collas» hay que entender en adelante gente de habla puquina y no aimara. Una vez efectuada esta reasignación étnica e idiomática, resulta que el pueblo involucrado, secularmente confundido con uros y aimaras, deja de ser espectral para recobrar su plena historicidad. Y así entonces, volviendo a los mitos de origen, podemos señalar que, al margen de las variantes que pudieran tener, todos ellos coinciden en dos de los aspectos señalados previamente: la procedencia lacustre de los incas epónimos y el culto solar que profesaban, atribuciones de primer orden (¿no es eso lo que significará <colla-na> en el incario?), de índole geográfica e ideológica, respectivamente. La consideración de los otros dos elementos míticos —el del nombre clánico de <inca>, así como el propio de <Manco Cápac>—, asumidos tradicionalmente como quechuas, nos obliga a esclarecer el aspecto lingüístico del problema tratado. 101
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