El imperio inka

sobre los soras, y que fuera recogido por Betanzos, ignorando al parecer que se trataba de un texto ajeno al quechua (Betanzos, [1551]1996, pp. I, XIX, 87). Los lingüistas que en su momento nos ocupamos del tema (Torero, 1993; Cerrón-Palomino, 1998) coincidimos, al margen de nuestras discrepancias respecto de la interpretación de algunos pasajes del mismo, en que la lengua en que aparece cifrado el himno mencionado es de puro cuño aimara. En Cerrón-Palomino (2013a, pp. I-1, II-8) volvemos a ocupamos extensamente del tema, lo cual nos releva de mayores comentarios al respecto. No obstante ello, en esta oportunidad creemos necesario insistir sobre dos aspectos que consideramos decisivos. En primer lugar, hay que señalar que la variedad aimara subyacente al texto, y que nosotros identificamos como propia de la región cuzqueña, si bien afín a los dialectos sureños modernos, poseía atributos propios que sin duda le daban un sello local, en parte semejantes a ciertos rasgos que igualmente singularizan las canciones recogidas por Guaman Poma en la región lucaneña ([1615]1936, p. 317). En segundo término, debemos destacar el hecho de que el texto en discusión, con ser escueto (solo consta de ocho versos), lejos de ser un material anodino, constituye un himno de triunfo que perenniza la gesta de un soberano, y, por consiguiente, tiene el valor de un documento oficial de la realeza incaica. De haber sido el quechua la lengua de la administración incaica, concretamente la de Inca Yupanqui, ¿no habría sido lógico y normal que el cantar fuese compuesto en dicho idioma? Sobran los comentarios. No obstante el carácter probatorio del documento, podría pensarse que, a partir de un texto breve y aislado como el comentado, mal podría inferirse no solamente la presencia de la lengua en el área cuzqueña sino también su pretendido carácter oficial. Sin embargo, ocurre que, al lado de la información documental y lingüística aportada, contamos también, como lo adelantamos, con evidencias provenientes de la onomástica, concretamente de la toponimia del área cuzqueña. En efecto, confundido con los nombres de lugar de la región no es difícil encontrar, a veces camuflados como resultado de su quechuización posterior, topónimos de origen claramente aimara firmemente enraizados en el territorio. Por lo que concierne solo a la toponimia llamada mayor bastará con recordar el nombre de la propia capital cuzqueña, así como el de la famosa fortaleza de Ollantaytambo. Según lo hemos demostrado en otros lugares, tanto <Cuzco> como el parcial <Ollantay> del segundo topónimo (CerrónPalomino, 2008, pp. II-7, II-8, respectivamente), una vez dejados de lado 99

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