El imperio inka

En efecto, gracias a los trabajos de carácter onomástico que vienen realizándose en los últimos años, buscando remediar la escasez de documentación lingüística relativa al puquina, hoy podemos estar en condiciones de aseverar que no solo nombres como los mencionados sino buena parte del léxico cultural e institucional atribuido a los incas solo pueden ser explicados en forma y contenido, una vez descartados el aimara y el quechua, como provenientes de una tercera entidad idiomática, la que no puede ser otra que la lengua de los antiguos collas (Cerrón-Palomino, 2013a, pp. I-4, I-5). Es más, todo parece indicar que el «lenguaje particular» de la realeza cuzqueña de que nos hablaba el Inca Garcilaso ([1609] 1943, pp. V, XIII, 111; VII, I, 166), entre otras fuentes incluso más confiables, no sería sino el idioma de procedencia altiplánica, es decir el puquina (Cerrón-Palomino, 2013b, ensayo 4). Si bien es verdad que hasta hace poco la identificación de la lengua resultaba problemática, sobre todo cuando los datos manejados no pasaban de la información documental disponible (por ejemplo, Torero, 2002, cap. 3, § 3.6.8), ahora, en vista del examen etimológico del vocabulario cultural del incario, creemos que no hay lugar para sostener que dicha lengua fuera la aimara. Porque si así hubiera sido, entonces, ¿cómo explicar que el léxico institucional incaico referido a los nombres propios (<Roca> y su variante <Lloque>) y apelativos (<ayar>, <inca>, <capac>) de los incas míticos, de sus divinidades (<titi>, <inti>), de su organización administrativa (<manco>, <iqui>, <tocri>) y religiosa (<quis>, <raymi> <rayqa>, <uiça>) no puedan explicarse a partir de dicha lengua y mucho menos del quechua? Tales nombres, remodelados posteriormente dentro del aimara y del quechua, con acomodos fonéticos e hibridaciones que buscaban hacerlos inteligibles, van recobrando, en virtud del trabajo etimológico, su filiación idiomática originaria. Además, como lo adelantamos, parte del léxico perdido del puquina puede encontrarse de manera sorprendente en las páginas del monumental vocabulario aimara del jesuita italiano, lo cual nos ilustra, de paso, cuán puquinizado se encontraba el aimara lupaca, seguramente al igual que las demás variedades altiplánicas, sin olvidar que lo mismo ocurría con el uro, tal como lo señalamos en nuestro vocabulario chipaya (Cerrón-Palomino & Ballón Aguirre, 2011, § 1.6). Pero no solo estamos hablando del léxico medular de la civilización incaica sino también de la toponimia puquina que, a medida que avanza la pesquisa etimológica, no solo va dejándose reconocer dentro del itinerario de los Ayar en su marcha al Cuzco (<Pallata>, <Yarambuy>), sino que, de paso, 102

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