establecer un nuevo orden ideológico y social que simbolizara la cosmovisión y autoridad incaica (ver capítulo 18 por Muñoz). En el capítulo 22, Bray ofrece una visión general del estado actual de lo que sabemos sobre la expansión inca hacia la sierra del norte del Ecuador durante los últimos días del Imperio incaico, así como sobre el periodo que abarca su posterior consolidación en la zona (hacia 1480-1533). Su región de estudio ha recibido escasa atención académica, en parte debido a una «ausencia general de interés nacional en la arqueología incaica en Ecuador hasta hace relativamente poco». Para comprender adecuadamente los efectos de la conquista y administración incaicas, así como las reacciones locales, Bray —al igual que muchos de los otros colaboradores de este volumen— comienza examinando los desarrollos y paisajes sociopolíticos preincaicos y las organizaciones e instituciones económicas de las etnias Caranqui y Pasto que ocuparon los alrededores de Quito y las regiones de la frontera entre Ecuador y Colombia, respectivamente. Se enfoca en la importancia de un paisaje sociopolítico heterárquico y multiétnico y en «una compleja red de relaciones sociales y económicas que involucraron el intercambio de tanto bienes como personas», incluyendo la exogamia, intercambio de niños, secuestro de esclavos y el tipo de comerciantes especializados de larga distancia conocidos como mindaláes. Estas características culturales, combinadas con distintivas condiciones ambientales (como fuertes precipitaciones y una topografía más baja y fragmentada), distinguen a estas regiones de las que los incas encontraron en los Andes centrales y del Centro-Sur. La integración de la información arqueológica y etnohistórica lleva a Bray a sostener que la historia de alianzas inestables, conflictos de baja intensidad y la permeabilidad de las fronteras que caracterizaron a la región sugieren las diferentes estrategias políticas que estuvieron en juego durante el periodo precolombino tardío. La fluidez de las poblaciones locales, junto con la densa red de lazos regionales, probablemente fue lo que permitió que la nación Caranqui se enfrentase con éxito al gigante imperial incaico por tanto tiempo. Contra este trasfondo regional, presenta una imagen emergente de las ocupaciones incaicas basada en la distribución espacial de dos categorías principales de asentamientos incas, las fortalezas en la cima de montañas y las «residencias» o sitios residencial-administrativos de diversos tamaños e importancia. A diferencia de la extendida práctica incaica de construir complejos estatales en contextos nuevos, estos asentamientos parecen 40
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