Tahuantinsuyo, el piloto Bartolomé Ruiz interceptó una balsa navegando en aguas profundas y esbozó una descripción (1527-1528) que hoy resulta crucial para los estudios del comercio prehispánico (Relación Sámano, 1985). Pedro Pizarro había apenas desembarcado en las playas de Tumbes cuando notó que las autoridades incaicas utilizaban el sistema de registro de cuerdas con nudos (quipu; ver capítulo 9 por G. Urton) para documentar los bienes saqueados por los misteriosos asaltantes. Casi cuarenta turbulentos años discurrieron antes de que Pizarro escribiera su propia historia ([1571]1986), pero su memoria de aquel misterioso encuentro permaneció fresca. Entre otros testimonios elocuentes se encuentra (por ejemplo) Cristóbal de Mena, quien en 1534 envió a Europa su influyente primera narrativa, la primera en ser publicada (1987). Miguel de Estete fue funcionario viajero y testigo del saqueo español de la ciudadsantuario ([1533]1987). Sorprendentemente, el registro también conserva el testimonio de un soldado indígena presente en la fatídica emboscada de Cajamarca. Yaku Wilka, posteriormente bautizado como Sebastián, militó entre los defensores del Inca. Posteriormente fue entrevistado como testigo en un juicio que involucraba a otros veteranos de 1532 (Guillén, 1973, p. 50). Según la memoria de Yaku Wilka, los soldados incaicos dudaban que bárbaros con tanto vello corporal pudieran ser una amenaza real. Entre los antiguos soldados, uno se eleva sobre el resto. Pedro Cieza de León llegó a América como soldado adolescente, peleando en lo que hoy son Venezuela y Colombia. Su principal servicio fue en la expedición de la Corona de 1546 para «pacificar» a los rebeldes caudillos «pizarristas». A medida que el ejército real se abría camino hacia el sur desde la periferia ecuatorial del Estado incaico hacia su centro surandino, el talentoso joven combatiente entrevistó a varios caudillos indígenas y observó cuidadosamente las escenas de la cotidianidad «india». Llenó sus alforjas con las notas que escribía mientras los demás soldados dormían. En 1553, con solo 34 años de edad, publicó la primera parte de la incomparable «Crónica del Perú». Etnográficamente reflexiva y astuta, la narrativa de Cieza sobre el Estado incaico (1985, 1998) tiene el mérito especial de incorporar conocimientos tempranamente adquiridos en los confines ecuatoriales del imperio. Esto lo hacía especialmente capaz de relativizar la gran narrativa inca como parte de una historia andina más amplia. 53
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