Arquitectura y construcción incas

2

Nacido en Suiza, Jean-Pierre Protzen estudió arquitectura en la École Polytechnique de l’Université de Lausanne. Después de su graduación, y por muchos años, ejerció la arquitectura y enseñó en el Eidgenössische Technische Hochschule (ETH) de Zürich. Eventualmente, una beca de la Swiss National Science Foundation lo llevó a Berkeley, California, donde se interesó en la investigación del impacto de las redes de comunicación en la distribución espacial de los asentamientos urbanos. En poco tiempo se incorporó al Departamento de Arquitectura de la University of California at Berkeley, donde enseña hasta la actualidad. Su cátedra se enfoca en los aspectos cognitivos de la arquitectura, las teorías y métodos de diseño y la investigación científica. En el curso de su carrera ha dictado en universidades de Suiza, Canadá, Alemania, Venezuela, Brasil y Guatemala. Durante uno de sus viajes a Sudamérica que se sintió fascinado por la arquitectura y las técnicas de construcción de los incas. No satisfecho con las explicaciones enigmáticas acerca de cómo los incas cortaban y encajaban las piedras con una precisión insuperable, llevó a cabo una investigación extensiva acerca de las formas de extracción de materiales, cortado de las piedras, engastado y transporte. Estas investigaciones fueron materia de muchas publicaciones, entre ellas un artículo en la revista Investigación y Ciencias (1986) y de diversas transmisiones televisivas. Mucho de lo que aprendió acerca de las técnicas de construcción incas lo desarrolló en Ollantaytambo. Condujo también un estudio comparativo de la mampostería tiwanaku e inca y un proyecto en el sitio inca de Tambo Colorado, en el valle de Pisco, al sur del Perú. 3

JEAN-PIERRE PROTZEN ARQUITECTURA Y CONSTRUCCIÓN INCAS EN OLLANTAYTAMBO Segunda edición 4

Arquitectura y construcción incas en Ollantaytambo Jean-Pierre Protzen © Jean-Pierre Protzen, 2005 De esta edición: © Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014 Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú Teléfono: (51 1) 626-2650 Fax: (51 1) 626-2913 feditor@pucp.edu.pe www.fondoeditorial.pucp.edu.pe Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP Título original: Inca Architecture and Construction at Ollantaytambo Primera edición en inglés Oxford: Oxford University Press, 1993 Traducción: Rafael Valdez y Sandra Téllez Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. ISBN: 978-612-317-096-7 5

PREFACIO A LA EDICIÓN EN CASTELLANO En 1982, cuando el autor empezó su trabajo en Ollantaytambo, el poblado se encontraba aún sin electricidad y las únicas fuentes de agua eran los antiguos canales y el río. Los habitantes de Ollantaytambo vivían de acuerdo con los ciclos de día y noche, tal como lo debieron haber hecho aquellos de la época inca. Mientras acampaba en las canteras de Kachiqhata, podía observar cómo los fuegos de las cocinas se extinguían a medida que progresaba el ocaso, hasta que el valle entraba en la oscuridad de la noche. Luego, todo se tornaba en silencio y quedaban tan solo, en el cielo, el brillo de las estrellas del hemisferio sur. Ollantaytambo no es más el «idílico pueblo adormecido» que el autor describió una vez. Muchos más turistas visitan ahora el lugar y los buses que los traen desde los hoteles del Cuzco, Yucay o Urubamba atascan las calles y plazas, creando congestiones de tránsito dignas de cualquier área metropolitana mayor. La mayoría de los turistas, en su prisa por visitar Machu Picchu, toman ahora el tren en Ollantaytambo en vez de en el Cuzco. Al tomar el bus del Cuzco a Ollantaytambo, los turistas ganan cerca de dos horas, pero las pierden en el transcurso del recorrido por los espectaculares zigzags que el tren debe de salvar fuera del Cuzco para alcanzar la meseta de Anta y luego de nuevo descender al valle del Urubamba. Lo único que alcanzan a ver de Ollantaytambo es la estación del tren, con su ejército de vendedores de souvenirs. La navegación de los rápidos y las caminatas han traído un nuevo tipo de turismo a Ollantaytambo. Balseros aventurados se lanzan por el río Urubamba en Pisaq, cerca de 40 kilómetros río arriba, mientras que otros escogen trayectos más cortos desde otros puntos intermedios, pero todos terminan en Chilca, no lejos y río abajo de Ollantaytambo. Chilca y Ollantaytambo también se han convertido en puntos de partida para caminatas por el famoso, pero ahora también atestado, camino incaico que 6

conduce a Machu Picchu, lo que agrega así cerca de 20 kilómetros al trayecto total. El flujo de turistas ha provocado la construcción de muchos hostales y hoteles nuevos, incluyendo uno lujoso de cinco estrellas. Han proliferado también nuevos restaurantes e, incluso, un club nocturno. Ciertamente, la vida del pueblo ha cambiado mucho y, con ello, también el lugar. La población se ha incrementado y se han construido nuevas viviendas no solo en el borde sur del poblado incaico sino, también, en el poblado mismo. Hace unos años atrás, el gobierno del Perú inició un programa de puesta en valor de los lugares históricos y arqueológicos con el fin de hacerlos más accesibles y agradables a los turistas. A pesar de la buena intención de este programa, algunos de sus efectos han sido dañinos. Para conseguir sus fines, algunas de las antiguas estructuras han sido desmanteladas y reconstruidas desde sus cimientos, y muchas de estas «nuevas» ruinas guardan poco en común con sus apariencias originales. En Machu Picchu pueden verse cada año más edificios «completos» que en el año anterior, presumiblemente porque los turistas prefieren ver estas ruinas restauradas. Machu Picchu, sin embargo, no es un caso aislado, pues todos los centros importantes del Cuzco y sus áreas circundantes o bien han padecido o se encuentran en proceso de recibir tratamientos y distorsiones similares. Ollantaytambo no es la excepción y partes significativas del lugar han sido «reconstruidas» de esta manera. Sin embargo, el proyecto de una nueva carretera constituye un peligro aún mayor para la integridad de Ollantaytambo y sus alrededores. Hace unos años atrás, fuertes lluvias arrasaron un tramo, cercano a Machu Picchu, de las vías del tren que conducen a dicho complejo, hecho que interrumpió la principal conexión entre el Cuzco y Quillabamba en las tierras bajas de Vilcabamba, el área en la cual se refugiaron alguna vez los incas luego de abandonar Ollantaytambo. La única conexión existente hoy en día con esta rica zona agrícola en desarrollo es una sinuosa carretera sin asfaltar que empieza en Ollantaytambo y sube sobre el abra de Málaga antes de descender hacia la selva. Debido a que la compañía ferroviaria decidió no reconstruir las vías destruidas por las aguas, esta carretera ha terminado por absorber el tráfico adicional de lo que una vez era provisto por dos trenes diarios y, por ello, ahora se planea modernizarla y conectarla con la carretera asfaltada que lleva de Ollantaytambo al Cuzco. No existen muchas alternativas para esta vía que no impliquen cruzar el 7

abanico de fusión glacial del río Patakancha, así como su extensa, hermosa y aún cultivada andenería inca. Ollantaytambo posee uno de los más conservados, sino el mejor, de los paisajes incas. La carretera, si se construye como ha sido planificada, sin duda alterará, y probablemente destruirá, este paisaje. La carretera tiene, con seguridad, una justificación económica y es bienvenida por un significativo porcentaje de la población de Ollantaytambo; otros residentes, sin embargo, se oponen al proyecto, pues reconocen que el antiguo paisaje cultural también tiene su valor económico —tanto por su tierra agrícola como por su atracción turística—, histórico y cultural. El autor tiene la esperanza de que la publicación en español de este libro alcance una mayor audiencia que la que ya tiene la versión en inglés y que contribuya a una apreciación más profunda de la herencia cultural inca en Ollantaytambo y de las amenazas crecientes que se ciernen sobre ella. No es su intención abogar por la paralización del desarrollo de Ollantaytambo, pues su gente, en particular los jóvenes —y piensa en este momento en sus ahijados, Jean-Luis y Pamela— merecen poder vivir en el siglo XXI sin tener que buscar fortuna necesariamente en las grandes ciudades o más allá sino encontrando esas posibilidades en su propio poblado; por lo que sí aboga es por una visión equilibrada entre el desarrollo económico y la preservación de la herencia cultural. Dentro de esta óptica, una alternativa para el nuevo trazado de la carretera podría ser construirla sobre las actuales vías del tren. El impacto de esta alternativa podría ser tolerable, pero por desgracia, esta es también la alternativa más costosa. No existen respuestas sencillas para los problemas de preservación de los recursos culturales y naturales en general. En las actuales economías postcoloniales y globalizadas, con el turismo considerado como una de las mayores industrias mundiales, «[...] tanto el potencial para el conflicto cultural, la transformación del espacio y del lugar, como los efectos en los ambientes construidos y naturales se encuentran todos enmarcados [...] en una industria del turismo que posee su propia cultura [y] que está redefiniendo el mundo y como éste luce, funciona y qué significa» (Robinson 2001: 55). El que esta cultura termine por «arrasar» o no a Ollantaytambo depende de cómo las diversas partes involucradas —los pobladores de Ollantaytambo, el Instituto Nacional de Cultura (INC), el gobierno central y las autoridades regionales, así como los intereses 8

privados— reaccionen y respondan a las presiones tanto del turismo como del desarrollo. Como resultado de los múltiples cambios que han sucedido en Ollantaytambo desde la primera publicación de este libro hace poco más de 10 años, este se ha convertido, más que en un tratado acerca de la arquitectura y construcción incas, en un repositorio e interpretación —del autor— de lo que una vez fue, no hace mucho tiempo atrás. Debido a este registro, el autor eligió mantener el texto original tal cual, pero sí se ha optado por señalar los cambios acaecidos y su impacto en un epílogo a la presente edición, en el que también se resumirá y presentará la información más reciente —así como la dudosa— que se ha producido durante la última década. Asimismo, se revisarán algunos componentes del sitio que por algún motivo se descuidaron en la primera edición. Jean-Pierre Protzen Berkeley, octubre de 2004 9

PREFACIO A LA EDICIÓN EN INGLÉS 1 Fue en 1979, a su regreso de una temporada de docencia en São Paulo, Brasil, cuando el autor viajó por primera vez a la sierra de Bolivia y el Perú. Y, aunque su primer objetivo era visitar la famosa ciudadela de Machu Picchu, ciertamente se encontraba mal preparado para el viaje: tenía una vaga noción de la arquitectura inca, ignoraba la vastedad del proyecto constructivo incaico y conocía bien poco acerca de su historia. Lo que pudo ver en ese entonces, en particular la impresionante mampostería de piedra en la ciudad del Cuzco y en los sitios de Pisaq, Ollantaytambo y Machu Picchu, fue motivo de mucho asombro; pero más le sorprendió el descubrir que la mayor parte de las explicaciones acerca de cómo los incas —quienes no tenían herramientas de hierro, desconocían la rueda y cortaban y transportaban piedras (algunas de ellas con más de 100 toneladas de peso)— estaban basadas en especulaciones, folclore o ideas extravagantes de intervención extraterrestre. Fue así que en 1982, desafiado por la falta de conocimiento científico en estas materias y animado por John H. Rowe, de la University of California at Berkeley, decidió investigar las técnicas de extracción de material y de cortado de piedra de los incas. Desde entonces ha ampliado aún más el alcance de su investigación y ha incluido todos los problemas relacionados con las prácticas de construcción incas. Es un trabajo continuo que tomará muchos años más. En su investigación acerca de los secretos de los albañiles incas, el autor examinó diversas canteras, entre ellas las de Rumiqollqa y Waqoto, cerca del Cuzco, y Kachiqhata, arriba de Ollantaytambo. El mismo sitio de Ollantaytambo resultó ser un laboratorio ideal debido a poseer una gran variedad de complejos de edificios y tipos de edificios, así como una proliferación de estilos arquitectónicos y tipos de mampostería; además, se encontraron en él diversos proyectos constructivos inconclusos. A partir de estos, como de las canteras perfectamente conservadas de Kachiqhata, 10

pudo hacerse numerosas buenas ideas acerca del trabajo de los albañiles incas. Mientras más tiempo pasaba en Ollantaytambo estudiando el corte de las piedras y las técnicas de extracción del material, más se hacía consciente de la sofisticación de las habilidades que tenían los incas para la arquitectura y la planificación. Por ello, decidió extender su investigación más allá de las características técnicas relacionadas con la construcción e incluyó aspectos relacionados con la planificación y las prácticas de diseño incas. Ollantaytambo es, probablemente, el mejor conservado de los poblados incas, aunque, a la vez, representa un desafiante rompecabezas arquitectónico y arqueológico. Tiene diversos componentes y la manera en la cual estos se relacionan, tanto de manera cronológica como funcional, es algo que no se ha definido bien. Tampoco existe mucha literatura disponible acerca del sitio y el trabajo arqueológico realizado está pobremente documentado. Por ello, esta monografía es un intento por tratar de describir e interpretar el complejo arquitectónico de Ollantaytambo mediante la definición de relaciones temporales y funcionales entre sus componentes, la detección de criterios de planificación y diseño que regularon su trazado y arquitectura, y la compilación de lo que hasta ahora se ha escrito acerca del lugar. De este modo, aspira a alcanzar un entendimiento general acerca de las prácticas constructivas que llevaron a cabo los incas durante su desarrollo. El trabajo del autor se basa principalmente en observaciones y mediciones cuidadosas de los restos arquitectónicos, así como en la realización de estudios experimentales. No se llevó a cabo ninguna excavación y todas las observaciones se limitaron a aquello que era visible a nivel del suelo, por lo cual la elaboración de dibujos a escala y planos han sido un aspecto central del estudio. Este tipo de trabajo es una práctica didáctica de conocida data en arquitectura. Mediante él, los estudiantes de arquitectura aprenden acerca de cómo se construyen los edificios; sobre su base, un contratista puede reconstruirlos y se obtiene información acerca de sus componentes, la manera en la cual estos se articulan y su secuencia de armado. Por eso, a partir de la medición y dibujo de las ruinas de los edificios incas, el autor aprendió mucho acerca del modo en que estos fueron construidos. Asimismo, a través de los planos, los arquitectos presentan información sobre cómo los edificios se implantaron en el terreno, la relación espacial entre ellos y entre estos y el paisaje a su 11

alrededor, así como el acceso a los mismos. De hecho, existe documentación del uso de modelos de arcilla para trazar el diseño de sus construcciones por parte de los incas. Los planos actuales son mucho más abstractos que un modelo de arcilla, pero mediante la reproducción exacta de los asentamientos antiguos se obtiene una mejor apreciación de cómo fue implementada la organización espacial. Dada la naturaleza altamente especulativa de las explicaciones acerca de la manera en la cual fue elaborada la impresionante mampostería inca, se consideró un imperativo conducir experimentos mediante los cuales se demostraba cómo pudieron los constructores haber conseguido tales resultados con las herramientas que tenían a su disposición. El autor concluyó que los experimentos replicativos eran la mejor manera de probar si funcionaba una técnica en particular, de qué modo lo hacía y determinar cuáles eran sus implicancias. Sin embargo, solo a partir de un experimento exitoso no puede concluirse, de manera necesaria, que una técnica fue realmente utilizada, sino que, a lo más, es la demostración de una posibilidad. Otras técnicas bien pudieron haber producido el mismo resultado. Desde un punto de vista metodológico, el autor compara este tipo de experimentos con la prueba Turing en informática. Al tratar de contestar la pregunta «¿pueden pensar las máquinas?», el matemático británico A. M. Turing propuso un experimento mental en el cual a un interrogador se le permitía hacer preguntas tanto a un ser humano como a una computadora mediante un dispositivo tipo interfaz. Si el interrogador —que desconocía quién era su interlocutor en los diálogos— no puede discernir entre cuáles son las respuestas obtenidas de la máquina y cuáles las del ser humano, se podría afirmar que la máquina está «pensando». De esto no se infiere, sin embargo, que la máquina «piensa» de la manera en la cual lo hace un ser humano, sino solo que la estructura de la máquina es capaz de producir resultados que son indistinguibles de aquellos producidos por procesos mentales humanos. Turing sostenía que si se tenía éxito en diseñar tal máquina, se habría ganado en la comprensión de esos procesos, si bien los seguidos por la máquina pueden diferir de aquellos seguidos por los humanos. De manera inversa, se dice que una técnica funciona cuando un experimento replicativo arroja resultados indistinguibles del original y aunque la técnica pueda diferir de la que fue realmente usada para producir el original, se dice que se ha logrado un mayor entendimiento acerca de cómo se realizó este proceso. 12

Muchos de los restos arquitectónicos de Ollantaytambo están en peligro de destruirse debido al crecimiento de la población, la expansión de la agricultura, las actividades turísticas, el descuido y la ignorancia. El completar un archivo comprensivo y confiable antes de que el lugar sufra mayores daños se ha convertido en un imperativo para poder realizar una investigación continua del complejo. Los numerosos mapas, planos, dibujos y fotografías en este texto —muchos de los cuales se publican por primera vez— intentan contribuir con el logro de ese objetivo. Hubiera sido muy apropiado incluir aquí, junto con los trabajos del autor, más del material inédito de la Peruvian Expedition, dirigida por Hiram Bingham en 1915, que tuvo precisamente su sede en Ollantaytambo. Sin embargo, el ordenamiento de este material es un trabajo de investigación en sí mismo, una labor que podría tomar varios años y que tendrá que esperar hasta otra oportunidad. El trabajo del autor en Ollantaytambo está bastante lejos de ser concluido y aún queda mucho por hacer. Sin embargo, durante las numerosas temporadas que pasó allí, reunió muchos más mapas y dibujos a escala que los que podían ser incluidos en este texto. A la fecha, ha medido y documentado cuidadosamente todos los edificios en la denominada Fortaleza, todos los bloques de construcción sueltos que se encuentran tanto allí como en las canteras, varios grupos de casas del poblado, todos los muros y edificios de Q’ellu Raqay y la totalidad de los depósitos del área inmediata. Su intención es preparar una publicación aparte, en la cual hará disponible este material adicional a otros estudiosos de la arquitectura y construcción incas. Jean-Pierre Protzen Berkeley, octubre de 1991 13

1 N. del t.: las citas textuales, muchas de ellas provenientes de textos en francés y alemán, fueron traducidas por el autor al inglés. Para la traducción de los términos y expresiones del inglés propios de la arquitectura, ingeniería mecánica y geología, el traductor ha recurrido a diversos especialistas y consultado, además, una serie de diccionarios y manuales de las disciplinas mencionadas. 14

AGRADECIMIENTOS EN LA EDICIÓN EN CASTELLANO Estoy muy complacido por el hecho de que este libro, un poco más de 10 años después de su publicación original en inglés, sea ahora accesible para el público de habla castellana y, en particular, el pueblo peruano. Esto ha sido posible gracias a los alientos y esfuerzos del doctor Peter Kaulicke, profesor principal de la Especialidad de Arqueología de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), y del licenciado Dante Antonioli Delucchi, anterior Director Ejecutivo del Fondo Editorial de la misma universidad, así como a la actual Directora, la señora Annie Ordoñez. Mis agradecimientos, por supuesto, al señor Rafael Valdez (PUCP) y a la señora Sandra Téllez (PUCP), por la traducción del texto del inglés al castellano, y nuevamente al señor Rafael Valdez, por la edición general, corrección de estilo, diagramación y cuidado de la edición del presente libro. Para la traducción de los términos de la especialidad de arquitectura tengo que agradecer la amabilidad del arquitecto Frederick Cooper, Presidente de la Comisión de Gobierno de la Facultad de Arquitectura PUCP; del recordado arquitecto Carlos Williams —desaparecido recientemente y que se desempeñaba como docente de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC)—; de la arquitecta Marta Vilela, también de la Facultad de Arquitectura PUCP; y del arquitecto Santiago Agurto Calvo. También agradezco al doctor Julián I. Santillana, de la Especialidad de Arqueología PUCP, y al ingeniero Roberto Lazarte, de la Facultad de Ingeniería Mecánica PUCP, por su atención y observaciones. En cuanto a los términos de la especialidad de geología, agradezco la atención del ingeniero Javier Jacay, de la Facultad de Geología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), y del profesor Fernán Alayza, de la Especialidad de Geografía PUCP. 15

AGRADECIMIENTOS EN LA EDICIÓN EN INGLÉS A medida que el proyecto se desarrollaba y expandía, acumulé numerosos compromisos de agradecimiento con amigos, colegas e instituciones auspiciadoras. La University of California at Berkeley, institución a la cual pertenezco, me otorgó la beca Humanities Research Fellowship en 1981 y 1982, que me permitió iniciar mis incursiones en las técnicas de extracción de material y el corte de piedras incaicos. Posteriormente, recibí otros financiamientos para investigación durante el verano por parte del Center for Latinoamerican Studies de la University of California at Berkeley en 1983 y 1985; de la American Philosophical Society en 1984, y del Center for Field Research en 1987 y 1988. Mi mayor deuda, sin embargo, es con John H. Rowe, por su apoyo constante y continuo interés en mi proyecto, por su generosa guía y ayuda en la localización e interpretación de las fuentes etnohistóricas apropiadas y, muy en particular, por su revisión crítica de mi manuscrito. En su lectura, Rowe pudo identificar muchos problemas y propuso múltiples cambios que enriquecieron grandemente la calidad del texto final. Cualquier error que no se haya corregido —y con seguridad los hay— es, sin embargo, de mi única responsabilidad, como también lo son todas las traducciones al inglés de las citas provenientes de otras lenguas, excepto cuando se indique lo contrario. Estoy agradecido a Barbara Bocek y Robert Batson, quienes han sido fieles compañeros y ofrecieron, de manera voluntaria, sus servicios de trabajo de campo en cada temporada. Barbara Bocek contribuyó con su experiencia arqueológica a este proyecto, y Robert Batson puso su entusiasmo y habilidades arquitectónicas. Él realizó múltiples planos y colaboró con la mayor parte de los dibujos originales contenidos en este libro. Ambos, con quienes he compartido mi investigación, se han convertido en mis colaboradores de confianza. 16

Con mis amigos y colegas Margaret MacLean, Gordon MacEwan, Frank Meddens, Beverly Meddens, Susan Niles y Vincent Lee comparto un gran interés en la arquitectura y planificación incas. He pasado con ellos muchas horas analizando propuestas e ideas, comparando notas o solo hablando acerca de la arquitectura inca. Todos ellos han sido estímulo para mis reflexiones. Margaret MacLean participó activamente en mi proyecto cuando, en 1987, ambos lideramos un grupo de voluntarios de Earthwatch, con quienes completamos el mapeo de la Colina-Santuario en Ollantaytambo. Mis deudas intelectuales son múltiples y es probable que el lector no las conciba inicialmente como cercanas a mi tema de investigación. En primer lugar, menciono aquí a Hans Brechbühler, mi maestro de arquitectura y de quien fui también aprendiz, pues fue quien despertó en mi la pasión por la arquitectura; él me enseñó también las lecciones más valiosas acerca de la composición espacial y la dinámica de las experiencias asociadas a los espacios arquitectónicos. Agradezco a Konrad Wachsman, con quien tuve la suerte de trabajar por un corto tiempo; él me enseñó a prestar atención a cómo se producen los objetos e inculcó en mí los valores del arte; a mi mentor y colega Horst W. J. Rittel, a quien debo agradecer que me introdujera en los conceptos teóricos y metodológicos del diseño y la ciencia; de él aprendí a apreciar los problemas epistemológicos, de razonamiento y de argumentación científicos. He podido apoyarme en las enseñanzas de estos amigos, ahora desaparecidos, en cada paso de mis investigaciones. Durante las muchas temporadas que pasé en el Perú, tuve también el privilegio de adquirir amigos cercanos, quienes me introdujeron en la cultura andina, ofrecieron su hospitalidad y brindaron su desinteresada ayuda a mi proyecto. Agradezco especialmente a Thechi y Carlos Milla, y a sus adorables hijas Ana María y María Teresa, quienes me recibieron en su hogar, me mostraron muchos importantes lugares incas en los alrededores del Cuzco e hicieron posible los más imposibles planes de viaje. Igualmente recordados son Wendy Weeks, el difunto Robert Randall y sus dos encantadores hijos, Nathan y Joaquim. Una y otra vez encontré un hogar lejos de mi hogar en su albergue en el poblado de Ollantaytambo y juntos realizamos muchas memorables caminatas sin destino específico, pero en las que siempre descubrimos algún otro nuevo y hermoso sitio arqueológico. 17

Varios de los miembros del la oficina regional del Instituto Nacional de Cultura del Cuzco han sido de bastante ayuda en la agilización de los trámites correspondientes a mis proyectos de diversas maneras. A través de los años, los diversos directores —Roberto Samanéz Argumedo, Gustavo Manrique Villalobos, Alfredo Valencia Zegarra y Óscar Núñez del Prado— me dispensaron amablemente los permisos necesarios para visitar y trabajar en los sitios arqueológicos bajo su jurisdicción. Rubén Orellana y Fernando Astete me permitieron, en diversas ocasiones, consultar importantes mapas y compartieron abiertamente conmigo sus conocimientos del lugar; Arminda Gibaja, Ítalo Oberti, Perci Paz y Fidel Ramos me permitieron discutir con ellos diversos aspectos de mi proyecto, además de ser de gran ayuda y haberme brindado gran cantidad de información. Mi agradecimiento a los pobladores de Ollantaytambo, quienes permitieron que tanto yo como mi personal camináramos por sus propiedades y campos, y quienes abrieron, incluso, sus hogares a nuestra investigación. Tres grupos de voluntarios de Earthwatch contribuyeron con su tiempo y esfuerzos en el manejo de las cintas métricas, corriendo de un lado a otro con jalones, contando piedras en las paredes o dibujando planos. Además, Sarah Brooks, Frances Hayashida, Gary Strang y Cliff Niederer me asistieron en uno u otro momento en el campo. Mi agradecimiento a todos ellos. Jean MacMann me ayudó en gran medida en las primeras etapas de la producción de este manuscrito; Justine Staneko me brindó asesoría en la edición, y Sylvia Russel revisó y editó la versión final. Les agradezco a ellos por su valiosa colaboración. Finalmente, ni mi proyecto ni esta monografía podrían haberse materializado sin el amor, estímulo y apoyo de mi esposa Elsbeth y de nuestros dos hijos, Stephan y Maurice. Es a ellos a quienes dedico este libro. 18

INTRODUCCIÓN Cuando se habla de la arquitectura incaica, la mayoría de las personas piensa en Machu Picchu. Este complejo, sin lugar a dudas, es el más famoso y celebrado de todos los yacimientos incas: su grandiosidad es, verdaderamente, impresionante, y la íntima integración de la forma construida y su entorno natural es maravillosa. La unidad de su arquitectura posee una insuperable armonía, y la perfección de su sillería es extraordinaria. En resumen, es una obra maestra de arquitectura y planificación urbana que rivaliza con los mayores logros de los egipcios, griegos, romanos o de cualquier otra civilización. Los colonizadores españoles que se encontraron con el imperio incaico hace cerca de 500 años atrás se maravillaron de los logros de los constructores incas de la misma manera como hoy en día lo hace el turista contemporáneo. Al referirse a la fortaleza de Sacsahuaman, en las cercanías del Cuzco, Sancho de la Hoz relataba impresionado que: «La cosa mas linda que puede verse de edificios en aquella tierra, son esas cercas [...]. Los españoles que las ven dicen que ni el puente de Segóvia, ni otros de los edificios que hicieron Hércules ni los romanos, no son cosa tan digna de verse como esto» (1938 [1534]: 178). Sin embargo, para poder entender y apreciar la gran capacidad de los arquitectos incas en su dimensión apropiada, es necesario verlos en el contexto tanto de su historia como en el de sus otros logros. BREVE HISTORIA DE LOS INCAS Para el tiempo de la llegada de los españoles en 1532, los incas gobernaban un vasto imperio que se extendía desde Rumichaca, en lo que es hoy en día la frontera norte de Ecuador, hasta el río Maule en Chile, en el lugar donde, en la actualidad, se encuentra la ciudad de Constitución (Fig. I.1). La mayor parte de este territorio había sido conquistado poco antes de la llegada de los españoles, pues la expansión inca empezó, de 19

manera efectiva, durante el reinado de Pachakuti ’Inka Yupanqui, quien gobernó desde cerca de 1438 hasta 1471 aproximadamente. Durante este periodo, las fronteras de sus dominios se extendieron fuera de los confines del valle del Cuzco, asentamiento original de los incas, a la parte baja del valle de Urubamba hacia el norte, el área de Vilcabamba hacia el sur, hasta abarcar el lago Titicaca, y hacia el oeste hasta llegar al altiplano contiguo (Fig. I.2). Junto con su hijo Thupa ’Inka, subyugó toda la costa norte del Perú y extendió el imperio inca hasta los confines de Quito, en el Ecuador contemporáneo. Fig. I.1. El imperio inca y su red de caminos (basado en Hyslop 1984: portada interior). 20

Fig. I.2. La región del Cuzco (basado en Hemming y Ranney 1982: 66). Thupa ’Inka demostró ser un conquistador implacable y un hábil administrador por derecho propio. Después de la abdicación de su padre, se volcó hacia el este y el sur, y puso bajo el control inca a la mayor parte de la Bolivia contemporánea, el noroeste de la Argentina, el norte de Chile y la costa sur del Perú. El resto de su reinado, que se extendió hasta cerca de 1493, Thupa ’Inka lo empleó en organizar y estructurar la administración de este vasto imperio. Wayna Qhapaq, el hijo de Thupa ’Inka, reinó desde 1493 hasta 1528 y consolidó aún más el imperio. Durante su reinado debeló numerosos alzamientos y conquistó nuevos territorios hacia el norte, extendiendo el imperio hasta la actual frontera entre Ecuador y Colombia. El cálculo de las fechas de los reinados sucesivos se basan en las observaciones realizadas por Cieza de León acerca de que, entre 1549 y 1550, el imperio se encontraba aún lleno de indígenas que habían conocido a Tupac Inca Yupanqui, habían marchado a la guerra con él y que habían oído de sus padres lo que (Pachakuti) Inca Yupanqui realizó durante su reinado (1967 [1553]: cap. IX, 27). Wayna Qhapaq murió intempestivamente durante una epidemia y a su muerte le siguió una guerra fratricida entre sus dos hijos, Waskhar y ’Ataw Wallpa. Waskhar era considerado el legítimo heredero de su padre, pero ’Ataw Wallpa ganó la guerra civil justo antes de la llegada de los 21

españoles. El capitán español Francisco Pizarro emboscó al vencedor y lo hizo prisionero. ’Ataw Wallpa pagó un inmenso rescate por su vida, pero, en vez de liberarlo, Pizarro lo mandó estrangular. Manqo ’Inka, otro de los hijos de Wayna Qhapaq, se alió con las fuerzas españolas, pero fue forzado a rebelarse posteriormente contra ellos (1536-1537). La rebelión fracasó, y Manqo debió de retirarse a Vilcabamba. Una de las primeras campañas de Pachakuti tuvo lugar en el río Urubamba, al cual los indígenas llamaban Willkamayu (o Río Sagrado). En el curso de su campaña, conquistó Ollantaytambo y lo convirtió en una de sus propiedades reales. Posteriormente, Ollantaytambo le sirvió como capital temporal a Manqo ’Inka durante la rebelión, hasta el advenimiento de su retiro a Vilcabamba. COMPARACIÓN CON LOS ROMANOS El imperio inca era tan vasto que con frecuencia se le compara con el imperio romano (Hemming y Ranney 1982: 13), si bien a los romanos les tomó mucho más tiempo establecer su imperio y que, además, este tuvo una duración de varios siglos. La comparación entre incas y romanos no es, sin embargo, completamente ociosa: no solo las hazañas militares y extensiones de sus imperios son comparables, pues para el momento de la conquista española en 1532, el imperio inca se extendía a lo largo de cerca de 4000 kilómetros de la costa oeste de Sudamérica, distancia comparable con la que separa El Cairo de Glasgow o lo que equivale a decir la extensión del imperio romano al momento de alcanzar su cúspide, sino que, al igual que los romanos, los incas fueron grandes administradores y constructores. ESTRATEGIAS PARA ASEGURAR EL IMPERIO Con el fin de organizar y asegurar el control de su vasto imperio, los incas recurrieron a cuatro estrategias principales: a) reubicación de las poblaciones subyugadas y colonización de los territorios conquistados; b) imposición de una lengua única; c) diseminación de las creencias religiosas incas; y d) instauración de estructuras y prácticas administrativas unificadas. Y, si hubiera sido necesario, los incas siempre podían haber apelado a su poderío militar para asegurar el cumplimiento de sus políticas. 22

Colonización En los nuevos territorios conquistados, la población residente era reubicada y consolidada en nuevos poblados cercanos a los campos, alejados de sus asentamientos tradicionales. Si la población local resultaba ser particularmente resistente a su dominación, esta era removida hacia áreas bien integradas al imperio y reemplazada por colonias de pobladores de otras áreas bien instruidas en los modos y maneras incas. Los desplazados eran llamados mitmaqkuna y su número llegó a ser de tal magnitud que, en muchos territorios, los indígenas locales eran excedidos ampliamente por ellos. La finalidad de estas reubicaciones de poblaciones enteras era, por supuesto, romper las estructuras de poder político existentes, así como destruir las alianzas tribales que podrían convertirse en potenciales focos de insurrección. Mediante el repoblamiento de los nuevos territorios con poblaciones aculturadas con sus modos, los incas aceleraron la difusión de su estilo de vida a lo largo del imperio. Aunque diferente en la práctica, la estrategia romana de asentar legionarios retirados en las provincias tenía el mismo fin y efectos similares a los del programa de colonización inca. La fundación de nuevos asentamientos en las provincias romanas «[...] tenía la finalidad principal de alojar legionarios veteranos que servían tanto como reserva militar, como de modelo del estilo de vida romano para las poblaciones locales» (Hanson 1988: 53, 54). Lenguaje Cieza de León, entre otros, señalaba que, con el fin de evitar el inconveniente de encontrar una lengua nueva en cada recodo del camino en una tierra tan extensa y para evitarse el problema de tener que operar con un número similar de intérpretes, los incas simplemente ordenaron que, bajo pena de severo castigo, todos los miembros del imperio debían de aprender la lengua del Cuzco (Cieza de León 1967 [1553]: cap. XXIV, 84). Como requisito mínimo, todos los asuntos de Estado debían de hacerse en la lengua incaica. Los administradores enviados a las provincias en misiones oficiales solo hablaban «inca» y esperaban que se les respondiese también en ese lenguaje. A los nobles provinciales se les exigía mandar sus hijos o herederos al Cuzco a temprana edad con el fin de aprender la lengua inca. De esta manera, los incas se aseguraban de que al menos la siguiente generación de la nobleza local tuviese fluidez en la 23

lengua a la par que estuviese familiarizada con la cultura Inca. Llegaron a ser tan exitosos en la aplicación de esta política que 450 años después, esta lengua —hoy llamada quechua— se habla aún entre la vasta mayoría de los indígenas que pueblan los Andes, desde Ecuador hasta el norte de Chile. Religión El panteón inca se encontraba presidido por Viracocha (el Dios Creador), quien era seguido inmediatamente por Inti (el Sol, el que, se presumía, era el ancestro de la dinastía real), Pachamama (la Madre Tierra), Illap’a (el Clima o Dios del Trueno) y Killa (la Luna), así como por diversas constelaciones y estrellas. Aparte de estos dioses principales, los incas adoraban una gran cantidad de deidades y objetos sagrados, o wak’a, entre los cuales se incluían montañas, rocas, árboles y riachuelos, además de otros objetos tanto naturales como construidos. Este panteón y los ritos de adoración de las deidades fueron impuestos por los incas a los pueblos conquistados; política que no debió de haber sido muy difícil de aplicar si se considera que muchas de estas deidades eran probablemente objeto de adoración en el área andina. Sin embargo, y para asegurar el cumplimiento y buena conducta en los nuevos territorios, los incas tomaban la deidad — u objeto sagrado local— y la llevaban al Cuzco, donde se le honraba, pero era mantenida como rehén. Estructura administrativa Con el objeto de establecer el control y administración del imperio, los incas lo dividieron en cuatro partes, cuadrantes o suyu, de los cuales deriva el nombre original del imperio: Tawantinsuyu (Las Cuatro Partes). Los cuatro suyu se encontraban en el Cuzco, en la intersección de dos líneas divisorias imaginarias que discurrían de Norte a Sur y de Este a Oeste respectivamente. Las cuatro partes eran el Chinchaysuyu, al noroeste, el ’Antisuyu, al noreste; el Qollasuyu, al sureste; y el Kuntisuyu, al suroeste. Cada suyu se hallaba bajo la responsabilidad de un consejero (apu), por lo general pariente cercano del Inca. Cada cuadrante se dividía en provincias administradas por gobernadores (t’oqriqkoq), seleccionados de entre la nobleza incaica. Los gobernadores, a su vez, estaban a cargo de una jerarquía de autoridades de inferior nivel (kuraka), quienes eran elegidos de entre las estructuras de poder o nobles locales, y cuyas posiciones eran 24

hereditarias. El rango del kuraka se determinaba a partir del número de personas que debían pagar tributo bajo su control. La división de la población seguía un sistema decimal en el que los grupos mayores tenían 10.000 individuos, descendiendo luego a grupos de 5000, 1000, 500 y 100 personas, números que correspondían respectivamente a los rangos hunu kuraka, pichqa waranqa kuraka, waranqa kuraka, pichqa pachaka kuraka y pachaka kuraka. No está del todo establecido cómo funcionaba este sistema, pero, como escribió Julien: «Controlada por una lógica y procedimientos que recién empezamos a entender, la administración decimal inca descansaba en una autoridad política local, transformándola al mismo tiempo en el equivalente estructural de una autoridad provincial. Lejos de la rígida y casi utópica jerarquía descrita en las fuentes históricas tradicionales, la administración decimal era el instrumento flexible del control inca» (1988: 273). A fin de hacer un seguimiento del número de individuos y bienes del imperio, los incas enviaban contadores (khipu kamayoq) e inspectores periódicamente. Para contabilizar y registrar, los incas usaban los khipu, recursos mnemotécnicos que consistían en atados de cuerdas en los que se hacían nudos siguiendo el sistema de conteo decimal. Estos nudos de diferentes colores representaban los diferentes bienes o unidades registrados (Ascher y Ascher 1981). Los reportes de los khipu kamayoq, así como los de los inspectores, formaban la base para las decisiones sobre las políticas en áreas tales como manufactura y distribución de bienes, y desplazamientos de población. La división territorial y la administración de los incas se asemejan a las de los romanos del periodo republicano. Los nuevos territorios conquistados por los romanos se dividían luego en provincias, las que eran gobernadas por un enviado de Roma, el praetor. Las provincias romanas se subdividían luego en civitates, cada una de las cuales era administrada por un praefectus civitatium. De manera similar a los incas, los romanos a menudo nominaban a la nobleza local para estos cargos menores. Una función parecida a la ejercida por el khipu kamayoq inca era la asignada a los quaestor romanos, quienes inventariaban los depósitos de las provincias, recaudaban los impuestos y administraban las cuentas. Poderío militar La columna vertebral del poderío inca era su ejército, al igual que en el imperio romano. Era una milicia bien formada y altamente disciplinada, 25

bajo el comando de oficiales profesionales. Sin embargo, si bien no era un ejército permanente, puesto que sus soldados se reclutaban solo cuando se necesitaban, a los individuos comunes se les instruía en las artes de la guerra desde temprana edad. Dado que los incas eran una sociedad agrícola, es probable que limitasen el tiempo de conscripción al tiempo de inactividad, tal como sucedía en el caso de los romanos, quienes restringían el servicio militar al periodo entre los meses de marzo a agosto o setiembre. El ejército incaico se organizaba mediante un sistema decimal similar al descrito con anterioridad, dividiéndose en grupos de 100, 500 o 5000 individuos y así sucesivamente, lo que, si bien es desigual en número, recuerda a la organización de la milicia romana en legiones, cohortes, manípulos y centurias. Pero, a diferencia de los ejércitos romanos, los ejércitos incas parecen no haber tenido tácticas específicas en el campo de batalla. La disciplina que los ejércitos incaicos demostraban en sus movilizaciones y como fuerza de ocupación no necesariamente se manifestaba también en el campo de batalla. Allí, cada quien combatía por su cuenta y el éxito descansaba en el valor individual. Por ello, el logro y destreza militares se consideraban en tan alta estima que eran la principal vía a través de la cual un individuo del común podía alcanzar un elevado nivel social (Cobo 1964 [1653]: vol. II, libro XIV, cap. IX, 253). Si el ejército incaico surgía victorioso a la larga, era principalmente por sus habilidades de movilización, superioridad numérica y por contar con un ejemplar sistema de aprovisionamiento. Los incas mantenían guarniciones considerables en todos los centros provinciales (Cieza de León 1967 [1553]: cap. XX, 65), en los cuales también se mantenían arsenales bien provistos. Así, sus ejércitos estaban siempre listos para el ataque y nunca se hallaban en situación de necesidad. PROGRAMA DE CONSTRUCCIÓN A fin de llevar a cabo sus campañas militares y la expansión de su poderío, los incas desarrollaron un masivo programa de construcción. El programa consistía, mayormente, de obras de infraestructura, tales como carreteras, puentes, instalaciones de almacenamiento y fortificaciones para facilitar los movimientos de las fuerzas armadas y proveer a estas de armas, provisiones y vestido. Estas obras de infraestructura, incrementadas mediante nuevas capitales de provincia, también ayudaron a sostener la eficiente administración del imperio y facilitaron la redistribución de 26

bienes desde los diversos centros de producción a donde ellos fuesen necesarios. Mediante numerosas terrazas agrícolas, el desvío de ríos, reservorios para el almacenamiento de agua y miles de kilómetros de canales de irrigación, los incas incrementaron la cantidad de tierra cultivable y su productividad. Nuevos templos, palacios y propiedades reales completaban el programa de construcción. Red de caminos Al igual que los romanos, los incas fueron grandes constructores de caminos y, al igual que ellos, conectaron todos y cada uno de los puntos del imperio con vías extraordinariamente construidas. La extensión del sistema vial inca fue estimada por Hyslop en cerca de 40.000 kilómetros (1984: 224). Dos vías troncales, una a lo largo de la costa del Pacífico y la otra tras las laderas interiores de los Andes, se extendían interconectadas por numerosos caminos transversales. Si bien las vías incas no fueron construidas para el tráfico vehicular sino solo para el pedestre y el de llamas, fueron hechas para durar. Los caminos ubicados en el altiplano se encontraban pavimentados con lajas de piedra y habían cunetas que drenaban las aguas provenientes de las lluvias, protegiéndolos así de ser erosionados por las aguas. En las pendientes, los caminos se construían apoyados sobre muros de contención y, en los terrenos accidentados, los caminos eran escalonados, a menudo mediante peldaños que eran tallados directamente en las rocas del lugar. Algunas veces se horadaban peñascos ubicados en el trayecto para hacer túneles a través de ellos. En terrenos pantanosos, las vías se construían sobre calzadas elevadas y los riachuelos eran salvados mediante la colocación de piedras o troncos de árboles apoyados en estribos. En aquellos casos en los cuales había necesidad de cruzar ríos tempestuosos o de salvar desfiladeros profundos, los incas construían puentes de suspensión hechos con cuerdas fabricadas a partir de materiales vegetales y, en el caso de toparse con cursos de aguas más tranquilos, se usaban, a veces, puentes flotantes. A lo largo de las vías principales, aproximadamente a cada kilómetro, se podía encontrar un par de pequeñas chozas, una a cada lado de la vía, que se usaban para alojar a los mensajeros llamados chaski, los que llevaban mensajes de una estación a otra desde y hacia Cuzco. Noticias y órdenes viajaban rápidamente en el imperio inca. A razón de cerca de 250 kilómetros por día, a un mensaje de Lima le tomaba tan solo tres días alcanzar el Cuzco. No hay duda de que este sistema de mensajería ayudó a 27

los incas a mantener el control de su imperio y aumentó la eficiencia de su administración. Los ciudadanos comunes del imperio inca no estaban autorizados a desplazarse, a menos que les fuese ordenado. El viajar estaba restringido a los asuntos del Estado. Para acomodar a aquellos en misiones oficiales, los incas construyeron estaciones o tampu a lo largo de las vías principales, distribuidos en intervalos equivalentes a un día de viaje. Estas instalaciones variaban desde los elaborados tampu «reales» ubicados en los centros provinciales, hasta los rudimentarios tampu construidos entre los centros. Sin embargo, muy poco fue escrito acerca de los tampu en las fuentes coloniales tempranas. Hyslop, quien estudió el sistema de vías incaico, sostuvo lo siguiente: «[...] [la] arquitectura de los tampu era bastante variada y, probablemente, no existía una característica que les unificase además de su vinculación con un camino inca» (1984: 280). El padre Bernabé Cobo anotaba que, en los centros de mayor escala, los tampu consistían en alojamientos para el Inca construidos para cualquier momento en el cual pasase por allí, además de poseer instalaciones de almacenamiento provistas de toda suerte de provisiones con el fin de que el Inca las usase a placer y de que los ejércitos de paso pudiesen aprovisionarse y disponer de todas las facilidades (1964 [1563]: vol. II, libro XI, cap. XXXII, 129). Posteriormente, en su relación, Cobo describe la distribución y morfología de un tampu: «[...] eran unas casas grandes o galpones de una sola pieza, larga de ciento hasta trescientos pies, y ancha treinta a lo menos y a lo más cincuenta, toda descombrada y escueta, sin división de aposentos, ni apartamientos, y con dos o tres puertas, todas en la una acera a iguales trechos» (1964 [1563]: vol. II, libro XI, cap. XXXII, 130). Trabajos agrícolas Los pobladores andinos eran agricultores diestros. Mucho tiempo antes que los incas, ya habían domesticado y cultivado gran número de plantas. Muchas de estas plantas, tales como la papa, quinua —un grano de alto contenido proteico—, tarwi —una leguminosa—, maíz, habas y maní, eran desconocidas en el Viejo Mundo, pero pasaron a enriquecer las dietas actuales desde entonces. Debido a la prolongada estación de sequía, que dura desde cerca de mayo hasta octubre, los pobladores andinos recurrieron a la agricultura de riego desde sus inicios. Los incas expandieron estas prácticas mediante la construcción de elaborados 28

andenes, algunas veces transformando laderas y valles enteros, y proveyéndoles, además, de riego mediante canales hechos de piedras que se extendían por kilómetros. A fin de administrar las reservas de agua, construyeron, asimismo, numerosos reservorios y, con el fin de proteger o incrementar las tierras cultivables, recurrieron al desvío de ríos de manera extensiva. No hay duda de que tanto el trabajo como los recursos invertidos en las obras de agricultura excedían —o al menos equiparaban — aquellos aplicados a su famosa red de caminos. Ciudades y edificios Además de las obras de infraestructura, los incas construyeron poblados, nuevos centros administrativos, depósitos, templos y palacios. A lo largo y ancho del imperio, los incas impusieron una arquitectura única a sus edificios, una arquitectura estandarizada de una manera tal que hizo al gran naturalista alemán Alexander von Humboldt escribir que: «[...] más lo que me parece digno del mayor interés, es la uniformidad de construcción que se observa en todos los monumentos peruanos. Es imposible observar con atención uno solo de los edificios incas sin reconocer el mismo tipo en todos los otros que cubren los Andes [...] Se diría que un solo arquitecto ha construido este gran número de monumentos» (s.f.: 449). Aunque es innegable que «[...] sólo ocho años separan el principio de la expansión del imperio y la llegada de los españoles, y esto no fue tiempo suficiente para un significativo cambio cronológico del estilo arquitectónico» (Hemming y Ranney 1982: 19), no queda duda de que los incas usaron deliberadamente la impresionante unidad formal de su arquitectura con el fin de reforzar su supremacía sobre las culturas locales. La presencia de esta arquitectura, al mismo tiempo única y foránea, era también un constante y visible recordatorio de la dominación inca en los territorios conquistados. Mano de obra Considerando la muy corta vida de su imperio, uno se pregunta cómo los incas pudieron completar un programa de construcción tan extenso. Obviamente, los incas no solo eran excelentes administradores, sino que además eran planificadores de primer nivel. La mayor parte de la mano de obra utilizada para los trabajos de construcción se proveía a través de la mit’a, un servicio de trabajo anual de un mes o dos al cual estaba obligado 29

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx