Arquitectura y construcción incas

La regularidad de la escala ciclópea de las estructuras [los andenes] no tiene paralelo en el Nuevo Mundo. De hecho, los andenes incas parecen trascender las barreras de lo meramente utilitario y adquieren un significado de símbolo. Donkin, Agricultural Terracing in the Aboriginal New World La construcción de andenes es un arte antiguo en los Andes y precedió a los incas en, por lo menos, un milenio. Desde una perspectiva muy básica, los andenes son una manifestación de la lucha de la gente andina por sobrevivir en un terreno agreste y un ambiente hostil. Mediante los andenes se creaban parcelas planas y así se ganaban nuevas tierras para el cultivo y la construcción: «[...] allanaban las tierras agrias y dobladas que cultivaban, para que estando llanas, se pudiesen regar, arar, y cultivar mas cómodamente, y también porque desta manera aprovechaban muchas tierras que sin esta traza fueran del todo estériles y sin provecho» (Cobo 1964 [1653]: vol. II, libro XIV, cap. VIII, 251). Tal como Cook, el botánico de Bingham, señalaba: «Podría decirse que la agricultura de los valles interiores del Perú era en su mayor parte una agricultura en la que se tenía que recuperar terrenos para la agricultura mediante la irrigación, esto es, una agricultura que implicaba organización comunitaria y una planificación previa» (1916: 500). En Ollantaytambo, estos andenes adquirieron proporciones mucho mas allá de lo requerido para la mera supervivencia. Extensos grupos de andenes, hermosamente diseñados y ejecutados con pericia, se extienden a lo largo del río Urubamba, escalan las faldas de las montañas en los bordes del valle (Fig. 1.12) y cubren el abanico aluvial de Patakancha. De hecho, adquieren un significado simbólico al convertirse en expresiones del poderío del Inca, el hijo del Sol, la imposición de su autoridad y el respeto a sus órdenes: «[...] ninguno osaba pasar por estas sementeras sin hacelles algún acatamiento con palabras de veneración que tenían señaladas para ello» (Cobo 1964 [1653]: vol. II, libro XII, cap. XXVII, 120). 52

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