Los incas eran conscientes de que ciertas configuraciones topográficas engendraban microclimas que resultaban más benignos que el clima del área circundante. Este conocimiento fue explotado en Ollantaytambo por medio de la construcción de diversos grupos de terrazas artificialmente hundidas en el abanico aluvial del río Patakancha. Estas áreas no solo se encontraban protegidas de los fuertes vientos que soplan en los campos abiertos, sino que, además, registran una temperatura promedio ligeramente mayor a la de dichas zonas. Para tomar ventaja de las diversas zonas ecológicas ubicadas a diferentes altitudes, los incas, en algunos casos, construían largas «escaleras» de andenes de hasta cerca de 700 metros de altura. Los andenes de Choquebamba, en el valle de Patakancha —a cerca de una hora de Ollantaytambo— son un ejemplo de estas (Fig. 1.14). Fig. 1.14. Los andenes escalonados de Choquebamba abarcan una caída vertical de más de 700 metros. Solo el tercio inferior se aprecia en la fotografía. Sin importar lo extensas o masivas fueron estas transformaciones del paisaje, las modificaciones fueron sutiles y delicadas: no violentan la topografía, sino más bien, parecen realzar y acentuar sus aspectos más saltantes. La técnica de la construcción de andenes se convirtió en el arte del paisajismo. Los vastos arcos de los andenes de Wayronqoyoq y Ancopacha resaltan los contornos de las laderas y transforman las áridas laderas en jardines. Su dominio sobre la naturaleza se encontraba moderado por la veneración que los incas sentían por ella. En su cosmogonía, las montañas eran sagradas y se les denominaba apu (‘deidades’). Los incas también veneraban a las rocas (Rostworowski 55
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