PREFACIO A LA EDICIÓN EN CASTELLANO En 1982, cuando el autor empezó su trabajo en Ollantaytambo, el poblado se encontraba aún sin electricidad y las únicas fuentes de agua eran los antiguos canales y el río. Los habitantes de Ollantaytambo vivían de acuerdo con los ciclos de día y noche, tal como lo debieron haber hecho aquellos de la época inca. Mientras acampaba en las canteras de Kachiqhata, podía observar cómo los fuegos de las cocinas se extinguían a medida que progresaba el ocaso, hasta que el valle entraba en la oscuridad de la noche. Luego, todo se tornaba en silencio y quedaban tan solo, en el cielo, el brillo de las estrellas del hemisferio sur. Ollantaytambo no es más el «idílico pueblo adormecido» que el autor describió una vez. Muchos más turistas visitan ahora el lugar y los buses que los traen desde los hoteles del Cuzco, Yucay o Urubamba atascan las calles y plazas, creando congestiones de tránsito dignas de cualquier área metropolitana mayor. La mayoría de los turistas, en su prisa por visitar Machu Picchu, toman ahora el tren en Ollantaytambo en vez de en el Cuzco. Al tomar el bus del Cuzco a Ollantaytambo, los turistas ganan cerca de dos horas, pero las pierden en el transcurso del recorrido por los espectaculares zigzags que el tren debe de salvar fuera del Cuzco para alcanzar la meseta de Anta y luego de nuevo descender al valle del Urubamba. Lo único que alcanzan a ver de Ollantaytambo es la estación del tren, con su ejército de vendedores de souvenirs. La navegación de los rápidos y las caminatas han traído un nuevo tipo de turismo a Ollantaytambo. Balseros aventurados se lanzan por el río Urubamba en Pisaq, cerca de 40 kilómetros río arriba, mientras que otros escogen trayectos más cortos desde otros puntos intermedios, pero todos terminan en Chilca, no lejos y río abajo de Ollantaytambo. Chilca y Ollantaytambo también se han convertido en puntos de partida para caminatas por el famoso, pero ahora también atestado, camino incaico que 6
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