habitados, que llenan el espacio entre el borde de la terraza y los riscos— aparentemente proyectados como cuarteles de la guardia y entre los cuales debía pasar el que visitaba Ollantaytambo en los tiempos antiguos, así como lo tiene que hacer en los modernos. Mas allá de éstos, el camino continúa entre un alto muro con nichos, a un lado y el risco, con su gorgoteante acequia, al otro. Así, entre muro y montaña y con nuestra visión circunscrita, avanzamos al trote otros 800 metros. Entonces el muro termina. (1974: 269) A excepción de algunos detalles que han desaparecido desde entonces, el visitante contemporáneo puede seguir hoy, más o menos, este mismo recorrido. Inmediatamente después de pasar la puerta, varios andenes han sido destruidos para acomodar una curva cerrada de la carretera moderna. El muro defensivo que flanquea la puerta en el lado sur ha sucumbido, en parte por la construcción de la carretera, pero su trazado original aún puede observarse a lo largo de muchos andenes. Un croquis realizado por los topógrafos de Bingham muestra que las «garitas» (Fig. 2.5) tenían el mismo grado de destrucción en 1915 que en el presente. 15 El autor pudo notar que las acanaladuras o ranuras observadas por Squier en las jambas de la puerta no pueden observarse hoy en día, quizá porque parte de la doble jamba ha sido destruida sin razón aparente, y que inmediatamente al oeste de las «garitas» hay vestigios de otro edificio inca, que no se muestra en los croquis de Bingham. Fig. 2.5. Restos de la «garita» del lado norte. Debido a que la cabecera del Muro de los Cien Nichos no es nivelada en toda su extensión, sino que presenta ligeras pendientes en dirección al poblado, la fila de nichos se escalona al menos cuatro veces a lo largo de la extensión del muro. Hoy, los nichos se encuentran enterrados bajo el nivel 68
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