Comité editorial Javier Rojas Karen Oba Rubén Vila Flor Salazar Edición y redacción Enrique Higa Edición fotográfica Javier Ninanya Investigación y redacción María del Carmen Carrasco Yhon León-Chinchilla César Castro Andrea Piñeiro Máximo Orellana Marco Pocomucha Diseño y diagramación Jairo Nuñez Ilustración de portada Yarush Yurivilca Primera edición, octubre de 2025 Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú: 2025-10721 ISBN: 978-612-99181-0-5 Se terminó de imprimir en: Q&P IMPRESORES SRL Av. Ignacio Merino 1546, Lince Tiraje: 2.200 Impreso: octubre, 2025 AGRADECIMIENTOS A Antonio Goicoechea, Jorge Ñiquen, Antonio Vásquez, Mario Brown, José Castillo, María Eugenia Maraví, Bertha Requena, Maribel Soto, Elba Acosta, Carlos Escobar, Adelita Hilario, Zenón Pérez, Mónica Suárez, Héctor Armas, Jorge Cajo, Jimmy Martínez, Martín Arauzo y Antonio Linares por compartir sus experiencias y conocimientos. A Liseth Ruiz y Percy Tiza (gobierno regional de Junín) y Milagros Rodríguez y Yesenia Ramón (Caja Huancayo), sin cuyas gestiones este libro no existiría. A Darnela Calderón, Yershon Vilca, Mariela Ricce, Edwin Yaranga, Ángel Taype, Angie Meza, Alan Paco, Juan de Dios Valero, Jhojan Palacios, Malu Maldonado, Claudia Zerpa, Luigi Peña, Ana Cerrón, Jhonatan Javier, Daniela Carrión, Roman Sempertegui, Susana Segovia, André Casana, Beatriz Ricaldi, Julián García, Eber Campos, Rocío Rojas, Julio Hospina, Angélica Olaya, Claudia Ramos y Francisco Morales por contribuir a su elaboración.
Mensajes de autoridades 10 15 67 191 Historia Legado 2025 La fe y la Corona El padre fundador El primer historiador de Ocopa El misionero que abrió la cordillera El franciscano total Ana Rosa El solitario bastión El fraile guerrero El santo El mayor misionero del siglo XX Recristianizar a los fieles 300 años, cuatro siglos Ocopa y la tercera parte del Perú Entre dos orillas Ocopa y la cartografía misionera: un patrimonio por redescubrir y revalorar La biblioteca de Ocopa: su impacto cultural y social en el Perú Fray Gabriel Sala: un franciscano lingüista entre los pueblos yánesha y asháninka Las obras artísticas del convento de Santa Rosa de Ocopa El patrimonio arquitectónico de Ocopa Ocopa: 300 años después Seducido por Cristo El pueblo de Francisco Misión Puerto Ocopa Misionero por amor Índice
Presentación 240 páginas no alcanzan para abarcar 300 años de una historia como la del convento de Santa Rosa de Ocopa, monumental en extensión y riqueza. Este libro no pretende ser una obra total. Es una síntesis o compilación de la que han quedado excluidos, por razones de tiempo y espacio, muchos acontecimientos y personajes. Nuestro objetivo es proporcionar información esencial al público y abrir surcos para que futuros autores ahonden en ellos. La historia nunca deja de escribirse. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa
El convento de Santa Rosa de Ocopa constituye uno de los hitos más trascendentales en la historia religiosa y cultural del Perú. Fundado en 1725 por el venerable fray Francisco de San José, su origen se vincula al profundo espíritu misionero de los franciscanos, quienes desde 1531 acompañaron la ocupación europea de América y, posteriormente, emprendieron la evangelización en los Andes y la Amazonía. En el Valle del Mantaro, tras décadas de experiencia pastoral y misional, Francisco de San José concibió la creación de un colegio apostólico que sirviera como centro de formación y envío de misioneros hacia la selva central. Este proyecto se materializó en Ocopa, lugar estratégico tanto por su posición geográfica como por las redes de comunicación que permitían acceder a las tierras de frontera. Desde sus inicios, Ocopa fue mucho más que un convento: se convirtió en un verdadero cuartel espiritual y cultural. Desde allí partieron expediciones que penetraron en la vasta y compleja geografía amazónica, enfrentando obstáculos geográficos, enfermedades, barreras idiomáticas y resistencias culturales. La labor de los frailes no se limitó a la Zósimo Cárdenas Gobernador regional de Junín catequesis; también aportaron al conocimiento científico y etnográfico del Perú, produciendo relatos, mapas y registros que ampliaron la comprensión de la Amazonía y sus pueblos. Además, el convento es depositario de un vasto acervo documental y bibliográfico, una de las bibliotecas conventuales más importantes de América, que resguarda manuscritos, crónicas misioneras y obras de gran valor histórico y cultural. Este tesoro patrimonial convierte a Ocopa no solo en un espacio de espiritualidad, si no en un archivo vivo de la memoria del Perú y de la labor franciscana en el continente. El presente libro nace con el propósito de rescatar y difundir la historia y la importancia del convento de Santa Rosa de Ocopa. Reúne investigaciones que permiten comprender el papel de esta institución como centro misionero, custodio de un valioso patrimonio documental y referente de la identidad cultural del Perú. Con ello, se busca ofrecer al lector una visión integral que articule la gesta espiritual franciscana con su legado cultural y su vigencia en la memoria nacional. 10
11 Nos complace profundamente ser parte de un proyecto épico, y de plasmar la memoria histórica del convento de Santa Rosa de Ocopa en un libro que quedará para las presentes y venideras generaciones. Este magnífico trabajo congregó a historiadores, investigadores y una pléyade de especialistas en diversas materias, con el propósito de recoger prístinamente la inspiración evangelizadora y civilizadora de las comunidades indígenas fundamentalmente de la selva central; ello, alejado del sentido sibilino e ideológico del concepto “misión civilizadora”. En el caso de los frailes franciscanos, su connotación es excelsa, sus propósitos los más nobles, pletórica de sacrificios, a veces a costa de sus propias vidas, las paredes pétreas del recinto dan cuenta del martirologio. Los claustros del convento de Santa Rosa de Ocopa guardan una riqueza histórica invaluable no solo por su arquitectura, si no también por su colección pictórica, escultura y biblioteca; sin embargo, más allá de sus muros, está el legado desde una concepción historiográfica que el libro pretende Jorge Solís Presidente del directorio de Caja Huancayo recoger, a fin de desarrollar una conciencia del pasado y la identidad labrada a lo largo de 300 años, desde que se instituyera a partir de su construcción dispuesta por el fraile seráfico Francisco de San José en 1725, como convento misionero para evangelizar la selva central. La misión permitió integrar a los pueblos de la selva central, conocer su idiosincrasia, alfabetizarlos, incorporarlos a la economía y los circuitos del mercado, mediante el intercambio de productos y fundamentalmente darles esperanza de vida. Caja Huancayo es una entidad microfinanciera que atiende a la base de la pirámide o la economía real; en grado superlativo, tiene un gran compromiso con la identidad, la cultura y el porvenir. El testimonio es la primera entrega del libro por los 300 años del convento de Santa Rosa de Ocopa.
12 Con profunda emoción, celebramos los 300 años del convento de Santa Rosa de Ocopa, un faro de espiritualidad y legado franciscano en el corazón de Junín. Este emblemático recinto ha sido un espacio de encuentro y reflexión, donde se han formado generaciones de líderes y ciudadanos comprometidos con el bienestar de la comunidad. La labor franciscana ha sido fundamental en la consolidación del territorio peruano, especialmente en la selva peruana, gracias a su aporte en la cartografía, arte, lingüística, ciencia y evangelización. Su sacrificio y su dedicación han sido un ejemplo para nosotros, y como alcalde distrital, valoro profundamente su legado. José Castillo Alcalde de Santa Rosa de Ocopa Este libro rinde homenaje a la noble labor de los franciscanos y a los primeros pobladores del distrito, quienes con su esfuerzo y sacrificio sentaron las bases para que hoy nosotros seamos herederos de este legado. Su legado es un tesoro invaluable que nos inspira a seguir trabajando por el desarrollo y la preservación de nuestra rica herencia cultural. Este tricentenario es una oportunidad para que reflexionemos sobre el significado de este patrimonio y unirnos en la preservación y promoción de nuestra rica herencia cultural, no solo los pobladores del distrito de Santa Rosa de Ocopa, si no del país entero. El convento de Santa Rosa de Ocopa es un símbolo de nuestra identidad y conexión con el pasado, y su legado seguirá inspirando a futuras generaciones.
300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa Este libro nace de la convicción de crear una obra perdurable, un acto casi contracultural en estos tiempos de caducidad compulsiva, de una cultura de la fugacidad que lo empuja todo al olvido para dar cabida a novedades que luego serán desechadas con el fin de que la rueda de la productividad nunca deje de girar. Si bien 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa es una publicación que aparece en un contexto específico, aspira a ser un material de referencia hoy, dentro de 50 años o en el siglo XXII para las personas interesadas en conocer este espacio franciscano que transformó la historia del Perú. Nuestra búsqueda de la perdurabilidad no significa echar el balón de la cancha y dictaminar: el partido ha concluido. Todo lo contrario. El libro es una invitación a que la pelota siga rodando, al ingreso de nuevos actores para que sumen con sus aportes, complementando —e incluso refutando— lo que aquí se dice. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa no es una tesis, si no un trabajo que apuesta por el diálogo y el debate, un Javier Rojas Director de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Junín esfuerzo por aprehender la complejidad de la naturaleza humana (y su impacto en la historia), y que busca el equilibrio sin demonizar ni pontificar, abierto a matices y contradicciones. El libro es también el punto final de una agenda que desde la DDC hemos impulsado para darle una dimensión nacional a la conmemoración del tricentenario del convento de Santa Rosa de Ocopa. No hemos estado solos. Ha habido una mancomunión de voluntades en la que también han participado la municipalidad de Santa Rosa de Ocopa, el gobierno regional de Junín y la Caja Huancayo, una alianza público-privada que ha hecho posible una obra de divulgación que ensancha el conocimiento del convento y sus contribuciones al Perú. Como articuladores interinstitucionales, agradecemos a nuestros aliados y esperamos que el futuro nos depare más frutos como el presente libro. 13
Capítulo I Historia
La fe y la Corona Foto: Javier Ninanya C.
La fe es un superpoder, escribe el novelista español Javier Cercas en El loco de Dios en el fin del mundo, libro que orbita alrededor del expapa Francisco. Lo dice en alusión a los misioneros, hombres y mujeres que renuncian a sus familias —y que en muchos casos abandonan el confort de Occidente— para internarse en territorios olvidados por el progreso, donde la pobreza y la violencia campan sin oposición o el catolicismo es apenas un parpadeo. Su misión es ayudar a la gente: que viva un poco mejor (o sufra menos), que coma, que se eduque, que crezca. La fe es su motor, una fe sobrehumana como la que hace más de 300 años impulsó al sacerdote Francisco de San José a dejar su natal España para llevar a Dios a las poblaciones autóctonas de América. Francisco de San José, como la muchedumbre de misioneros que lo antecedieron y sucedieron, estaba convencido de que su deber era salvar las almas de los indígenas americanos convirtiéndolos al cristianismo. Era otro mundo, sin relativismos, donde había una sola verdad, sacra y eterna. Servidores de Dios, pero también de la Corona española, los misioneros se embarcaron hacia el nuevo continente para llevar —además de la cruz— la civilización y la cultura letrada, armados con el superpoder de su fe y poseídos por la convicción de que tenían que rescatar moral y culturalmente a los habitantes de aquellas remotas tierras. Entre todos ellos sobresalió Francisco de San José, cuyo periplo americano culminó en el Perú, donde en 1725 fundó el convento de Santa Rosa de Ocopa. No lo sabía, pero estaba empezando a cambiar la historia del Perú. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 17
El padre fundador Foto: Javier Ninanya C.
Cuando el padre español Francisco de San José arribó a Perú en 1708 ya era un hombre grande: tenía 54 años, una edad provecta en una época en la cual la esperanza de vida al nacer no alcanzaba los 30. Pese a su “ancianidad”, no llegó al Perú un hombre languideciente, en las postrimerías de su vida útil, si no alguien en las antípodas: una persona llena de brío evangelizador, premunida de un celo conversor que había desplegado con eficacia en sus experiencias previas en América. Esquivando a la muerte Melchor Francisco Jiménez nació en 1654 en el pueblo de Mondéjar y sirvió durante seis años en los Tercios de Flandes (ejército de la rama española de la dinastía de los Habsburgo) en los Países Bajos españoles. Cuando retornó a su país, su vida tomó otro rumbo: se hizo franciscano. Adoptó el nombre de Francisco de San José y fue ordenado sacerdote. Su destino, sin embargo, no estaría en su país, si no en el nuevo continente, y hacia allá se dirigió para salvar del averno a los “infieles”. Su primer lugar de residencia en América fue México, donde se integró al colegio de misioneros de Santa Cruz de Querétaro. Durante dos años entregó su vida a las conversiones. También evangelizó en Costa Rica y Guatemala, donde fundó un colegio de misiones. Francisco de San José se aventuró en lugares hostiles a la prédica cristiana y fue blanco de ataques con flechas por parte de los indígenas changüenes. Que la muerte lo rozara y que, además, sufriera fiebres y las llagas invadieran sus piernas, no impidieron que persistiera en su propósito y lograra la conversión de los nativos. También estuvo cerca de morir cuando los tojas lo embistieron a lanzazos. Sin embargo, ningún ataque o enfermedad pudo con él e incluso expandió su misión cristianizadora a Panamá y Colombia. 19
De Lima a Ocopa Francisco de San José llegó a Perú con un voluminoso bagaje como conversor. Nombrado vicecomisario de misiones, se hizo conocido en Lima pateando sus calles para acercar a sus habitantes a Dios. Extendió su labor a Ayacucho y Cusco, y en 1709 pisó Tarma con el encargo de resucitar las misiones de Chanchamayo, destruidas por rebeliones indígenas. Francisco de San José consiguió restaurar Quimiri y Cerro de la Sal. En un informe fechado en 1716, relató las dificultades por las que atravesaba su labor misionera: “Si nosotros los misioneros insistiéramos en explorar sus regiones predicando el Evangelio y que no adopten al sol (a quien santifican ciegos) tienen dispuesto darnos cruel muerte, como lo han hecho con nuestros antepasados”. “Nos hacen repetidas amenazas de quitarnos la vida”, añadió. “Y el día 6 de octubre que pasó, los bárbaros que conducían una flota, entre otras de sal, nos conminaron orgullosos diciendo: o que volviésemos a la cristiandad, o esperásemos este verano la muerte, la cual no habían ejecutado por varios respetos”. Los “bárbaros” eran los indígenas que los misioneros —para quienes no había más deidad que la suya y cualquier creencia alejada de ella era una condena segura al castigo eterno— forzaban a militar en su fe para conducirlos a la luz salvadora. En sus recorridos por el actual departamento de Junín, Francisco de San José descubrió Ocopa, un bucólico paraje donde había una capilla y dos celdas, y sintió que había hallado el sitio idóneo para materializar su anhelo de abrir 20 Foto: archivo de Martín Arauzo
un convento de misioneros, un centro de formación e irradiación de la fe que hombres como él llevarían a los vastos territorios vírgenes de la selva. Tomada la decisión, comenzó a actuar y obtuvo la entrega de Ocopa por parte de la provincia franciscana de los Doce Apóstoles a cuya jurisdicción pertenecía. Concluidos los procedimientos de rigor, el 19 de abril de 1725 nació el convento de Santa Rosa de Ocopa y su fundador, sin dilación, se puso manos a la obra para ampliar su magra infraestructura, con la mira puesta en convertirlo en un colegio de misioneros de Propaganda Fide (de propagación de la fe). La memoria de los primeros años del convento ha sobrevivido gracias al testimonio de primera mano de Francisco de San José, plasmado en informes y cartas que dirigió a autoridades políticas y religiosas en España y Perú, textos en los que documentaba la marcha de Ocopa y la situación de las empresas evangelizadoras, y solicitaba recursos materiales para contribuir a su manutención. El misionero español era un hombre de oración, ocupado en disquisiciones etéreas, pero también alguien con los pies bien firmes en la tierra, que gobernaba tanto los asuntos de Dios como los prosaicos referidos a la subsistencia del convento y las misiones. Para convertir almas, además de fe, se necesitaban alimentos, herramientas y caminos transitables. En las misiones estableció bases o puestos donde se cultivaban plátanos y se hacían panes, entre otros productos, y se fabricaban hachas, machetes o cuchillos. Francisco de San José llevaba un censo de las conversiones y acometía la construcción de puentes para abrir el paso a los evangelizadores. ¿Cómo era el convento visto por su propio fundador? En una carta de 1732 lo describió con minuciosidad, enumerando sus espacios: celdas para veinte frailes, refectorio, enfermería, noviciado, sala capitular, librería, sastrería, etc., así como un “conventito” con cocina, horno, gallinero, oratorio y vivienda para seglares. También mencionó una hospedería para visitantes, varias huertas con legumbres y flores, un galpón, una herrería y una carpintería, entre otros ambientes que retratan un convento no solo apto para la vida religiosa, si no también para una existencia autosostenible. En 1734, un octogenario Francisco de San José —debido a su avanzada edad— dimitió de sus cargos de comisario y viceprefecto de las misiones. Dos años después murió en el convento. El padre José de San Antonio, su confesor y la persona que lo acompañó en sus últimos suspiros, dijo de él: “Fue el hombre más docto, más santo, más humilde, más pobre, más casto, más celoso de la mayor gloria de Dios y bien de las almas, y de más fe, esperanza, caridad, amor y temor santo de Dios de cuantos he conocido en la religión en más de cuarenta años que tengo el hábito”. Sus restos descansan en la capilla de la Misericordia en Ocopa. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 21
El primer historiador de Ocopa Foto: Javier Ninanya C.
José Amich abrió trochas, transitó caminos ignotos en campos del saber relacionados con el convento. Considerado como el primer historiador de Ocopa, el título de su obra capital —minucioso y enfático, imposible de leer sin perder el aliento— es una declaración de intenciones en toda regla: Compendio histórico de los trabajos, fatigas, sudores y muertes que los ministros evangélicos de la seráfica religión han padecido por la conversión de las almas de los gentiles, en las montañas de los Andes, pertenecientes a las provincias del Perú. El libro es la piedra angular de la bibliografía existente sobre las misiones franciscanas en la selva peruana. Su autor, natural de Barcelona, no arribó a Perú como sacerdote o novicio, si no como piloto de la Real Armada Española. Amich, también matemático, participó en el diseño de la fortaleza de Real Felipe en el puerto del Callao, construida para defender a la capital del virreinato del Perú, Lima, un centro geopolítico de primer nivel y apetecible botín para ambiciones extranjeras. Las obras comenzaron en 1747 y culminaron en 1774, cuando era virrey del Perú Manuel de Amat y Junyent. Tres años después de la ceremonia de colocación de la primera piedra de la fortaleza, Amich trocó el uniforme militar por los hábitos para integrar la orden franciscana. Pasó por el convento de los Descalzos en Lima y en 1765, atraído por las misiones en la selva, ingresó al de Santa Rosa de Ocopa. 23 Foto: Javier Ninanya C.
Hasta Oceanía El padre José Amich fue historiador, pero también protagonista de algunos de sus relatos. El primer episodio en el que figura data de 1765 y lo encuentra como parte de un grupo de misioneros y soldados —entre otras personas— que navegaron por los ríos Pozuzo y Pachitea en tres canoas y una balsa. Fue un recorrido infructuoso: en ninguna de sus paradas hallaron a indígenas. 1766 y 1767 fueron años trágicos para los franciscanos: instigados por el líder setebo Runcato, se rebelaron contra ellos los setebos (en Manoa), shipibos (en Pisqui, Archani y Aguaitía) y cunibos (en San Miguel), causando la muerte de diez padres y siete hermanos. El padre Amich, nombrado visitador general de todas las conversiones, no regateó calificativos para deplorar las vidas perdidas. “Horrendo monstruo es la ingratitud”, escribió en alusión a los setebos, con quienes los misioneros habían trabajado durante seis años. El religioso español, hijo de su tiempo como todos, no concebía que los insurrectos renegaran del cristianismo que supuestamente habían abrazado, e interpretaba su recuperada libertad como traición. Las narraciones del padre Amich concluyen en 1771, pero su corpus no se agota allí. También elaboró la obra Descripción geográfica del gran río Amazonas o del Marañón con todos los principales ríos que los componen, fruto de sus frecuentes incursiones en la gigantesca área y su trabajo científico. Su contribución cartográfica fue un insumo valioso para los mapas que después publicaron los padres Manuel Sobreviela y Narciso Girbal. Su labor traspasó las fronteras de América cuando en 1772 participó en una expedición a Tahití por encargo del virrey Amat, en obediencia a una orden real que buscaba impedir que la isla fuera colonia inglesa. El padre Amich fue elegido gracias a su destreza y su precisión en las mediciones, bien conocidas por Amat, a quien llegaron referencias de aquél como “matemático perfecto encargado de observar alturas, demarcar derroteros y levantar mapas”. También abonaba a su favor su experiencia como navegante en la Amazonía. Su precaria salud lo empujó al convento de los Descalzos en Lima, donde, sin embargo, no se jubiló, pues ejerció como maestro de novicios. Se ignoran las circunstancias de su muerte, pero le sobrevive su precursora obra. 24
Foto: Javier Ninanya C.
El misionero que abrió la cordillera Foto: Javier Ninanya C.
El 4 de mayo de 1757, el padre Francisco Alonso de Abad partió del pueblo de Cuchero con 17 indígenas en un viaje que parecía destinado a ser uno más de un misionero franciscano en el cumplimiento de su tarea evangelizadora. Muy lejos estaban los viajeros de imaginar que realizarían una contribución superlativa al desarrollo del Perú y que tardaría casi dos siglos en ser apreciada. Durante su recorrido, el padre Abad descubrió en la cordillera Azul, Ucayali, un paso estrecho de 3 km de longitud por el que discurría un río. El descubrimiento del religioso franciscano se mantuvo en la sombra hasta que en 1937 el gobierno de Perú, embarcado en el proyecto de construcción de una carretera que comunicara Lima y Pucallpa, la costa y la selva, se topó con el gigantesco obstáculo que representaba la cordillera Azul. Dar un extensísimo rodeo para sortearla sería demasiado oneroso. Por fortuna, a alguien se le encendió un foco: los misioneros del convento de Santa Rosa de Ocopa habían navegado por la región en siglos pasados y tal vez en los registros de sus exploraciones estuviera la llave para abrir la montaña. Buceando en la historia de las misiones franciscanas, se halló que el padre Abad había descubierto un boquerón que atravesaba la cordillera. La mitad de los deberes estaba hecha. Ahora faltaba la otra: encontrarlo. Para ello se organizaron expediciones que fracasaron (incluso se usaron aviones), hasta que una liderada por el ingeniero Augusto Coz Sarriá dio con el abra. Para calibrar el valor del boquerón, basta con remitirse a los cálculos que Coz Sarriá hizo públicos en declaraciones al diario El Comercio ese mismo año: su descubrimiento le había ahorrado al erario nacional más de 20 millones de soles. Sin proponérselo, Alonso de Abad había transformado en realidad —según el padre Odorico Saiz— un sueño de virreyes y misioneros franciscanos que había atravesado siglos: un camino terrestre que uniera el océano Pacífico y el río Ucayali. El cañón fue nombrado el boquerón del padre Abad en honor a su descubridor, un misionero español que llegó al convento de Ocopa en 1754, que poco después de su hallazgo sobrevivió a un ataque indígena con flechas saltando de la balsa en la que se desplazaba para adentrarse en el monte (cinco hombres de su comitiva cayeron al río asaetados) y que murió entre sus claustros en 1788, ignorando su histórico aporte al Perú y sin sospechar que un distrito y una provincia en Ucayali llevarían su nombre. 27
El franciscano total Foto: Javier Ninanya C.
“Mandé que cada uno de los vecinos plantase en cada año en su chacra diez arbolitos de cacao, diez granos de café, diez árboles de algodón, diez de coca y un puñadito de arroz”, escribió el padre Manuel Sobreviela en 1790 en un diario donde reportaba sus quehaceres misioneros. Las personas a las que se refería eran los 204 habitantes del pueblo converso de San Antonio de Playa Grande, a quienes había convocado para pedirles que fueran “buenos cristianos” y “útiles” a sí mismos y a la Corona española a través de la agricultura y el comercio. En el pueblo había un sacerdote, al que ordenó que se instalara en la puerta del convento una tabla grande con el abecedario inscrito en ella para que todos los días los solteros y solteras aprendieran el español a la perfección, pues había notado que su dominio del idioma era insuficiente. Tras dejar San Antonio de Playa Grande, el padre Sobreviela surcó ríos como el Monzón y el Huallaga para llegar a Pampa Hermosa, donde mandó a llamar a su población. El misionero franciscano instó a los 262 hombres y mujeres presentes al “fomento de la agricultura, industria, comercio y navegación” para que —como en San Antonio de Playa Grande— hicieran de sí mismos personas útiles. Además, ordenó plantar cacao, café, coca y algodón, e instruir a la gente soltera en el aprendizaje del español y la doctrina cristiana en la misma lengua. En su siguiente destino, Sión, dijo a sus 205 ocupantes que los productos que cultivaran (los mismos que en las anteriores comunidades) podían transportarlos en canoas y mula hasta Huánuco para intercambiarlos por materiales de vestir y fierro y acero para fabricar herramientas. Luego de visitar la iglesia y el convento que habían levantado los indígenas, el padre Sobreviela recomendó quitar “algunas casas que embarazaba(n) la hermosura y perfección de la plaza” y construir una calle ancha —con filas de platanares y árboles de cacao o algodón— que condujera de manera directa al río, y que sería “la entrada desde el puerto al pueblo más hermosa y deliciosa de todas las conversiones”. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 29
El padre Sobreviela abogaba por trasladar a los pueblos conversos situados montaña adentro a los alrededores del río Huallaga para facilitar el comercio y la navegación por sus aguas, y la fundación de misiones en sus orillas que guardaran una distancia proporcional entre ellas para que los navegantes (comerciantes, por ejemplo) encontraran cada día comunidades en las que descansar y abastecerse de lo necesario para su viaje. Por otro lado, el evangelizador español dejó instrucciones precisas a los misioneros: establecerse en tierras fértiles que produjeran alimentos hasta para “mil indios” y cerca de un río que ofreciera muchos pescados, fabricar un convento con una huerta donde brotaran yucas, plátanos, hortalizas, etc., y espacio para criar gallinas y cerdos, entre otros animales. Asimismo, mandó a aprender la lengua de los panos y manoitas (utilizada por las naciones del Ucayali) conversando con intérpretes o niños, registrando por escrito todos los nombres y verbos que escuchasen para luego practicarlos entre los misioneros, formando oraciones con las palabras recién adquiridas, etc.; así como a enseñar a los indígenas —sobre todo los chicos— a saludar diciendo “Alabado sea Nuestro Señor Jesuchristo”. Esta extensa lista de disposiciones y pautas suministradas por el padre Manuel Sobreviela retrata a una persona a la que solo llamar misionero sería como denominar arroyo al océano. El fraile que ejerció como guardián del convento de Ocopa entre 1787 y 1797 fue un hombre con visión de estadista, un religioso con dotes de gobernante para quien el progreso de las misiones se sostenía en cuatro pilares: industria, comercio, infraestructura vial y educación. El padre Sobreviela —que restauró las misiones de Manoa, en el río Ucayali, perdidas como consecuencia de sublevaciones indígenas en 1766 y 1767— le prestó grandes servicios al virreinato del Perú al contribuir a la expansión de su dominio sobre territorios de la Amazonia. En sus indicaciones a los misioneros, decía que cada vez que tuviesen la oportunidad ensalzaran “la grandeza, poder y majestad del mayor Monarca del Mundo, el señor Don Carlos IV (que Dios guarde), y del Excelentísimo Señor Virrey del Perú, diciéndoles que nosotros somos enviados por ellos para enseñarles buenas costumbres, apartarlos de los vicios, instruirlos en la verdadera Fe, sin la que no pueden ir al Cielo”. En el padre Sobreviela convivían la audacia del aventurero, la ambición del colonizador y el rigor intelectual del estudioso. Antes de viajar, escudriñaba todo el material escrito ubicable en el archivo de Ocopa para no lanzarse a ciegas. También fue un hombre drástico que no toleraba el menor toreo a sus normas. En el pueblo de San Buenaventura de Pampa Hermosa prescribió que se azotara 50 veces a los hombres o mujeres que tuvieran a su “consorte en otra parte” o a los solteros que no vivieran con sus padres (salvo que con permiso de estos cohabitaran con otros parientes). A sus habilidades para el liderazgo añadamos su autoría del mapa Plan del curso de los ríos Huallaga y Ucayali, y de la Pampa del Sacramento, el primero que se editó en Lima y que se publicó en la revista Mercurio Peruano, medio gracias al cual creció el caudal del conocimiento sobre la geografía peruana en Europa. Manuel Sobreviela murió en 1803. Vivió menos de 20 años en el Perú, pero hizo historia solo al alcance de los elegidos. 30
Foto: Javier Ninanya C.
Ana Rosa Foto: Javier Ninanya C.
El 4 de marzo de 1757, un grupo de misioneros franciscanos, acompañados por alrededor de 300 indígenas convertidos al cristianismo, llegaron al pueblo de Masemage, en Manoa. Fue una catástrofe. El día despuntaba y sobre los religiosos —pertrechados con herramientas, chaquiras y otros objetos para vencer la desconfianza de los aborígenes— cayó un alud de flechas. Los misioneros intentaban aplacar su resistencia comunicándoles a través de señas que llevaban objetos para obsequiarles, pero fue inútil. Mientras tanto, los indígenas cristianos repelían los ataques con sus propias armas, originando una encarnizada batalla y bajas en los dos bandos. Ante la evidencia de que prolongar la misión solo provocaría más violencia, los franciscanos decidieron recular. Durante la retirada, el padre Antonio Cabello, que se había detenido para socorrer espiritual y materialmente a los heridos, fue alcanzado por los “infieles” que perseguían a los cristianos huidores y lo mataron. También murieron once indígenas conversos y quince en la contraparte. La incursión no fue un fracaso total desde la perspectiva franciscana. Mientras unos y otros guerreaban, los cristianos cogieron a un chico y dos chicas del pueblo que pretendían reducir y se los llevaron para educarlos en su fe y enseñarles español con el fin de que actuaran como intérpretes en futuras misiones. No querían más malentendidos. Al cabo de un año los tres menores setebos ya hablaban el idioma de los conquistadores. Los cautivos fueron bautizados y una de las chicas que destacaba por su carácter vivaz, nombrada Ana Rosa, desempeñó un papel relevante en las acciones de evangelización franciscanas. Curaca y evangelizadora En 1760, un colectivo compuesto por misioneros, indígenas aliados, soldados y Ana Rosa emprendió un viaje en busca de gentiles. Un día vislumbraron en el río Manoa una canoa que transportaba a cuatro de ellos, dos varones y dos mujeres. Para no ahuyentarlos, todos se escondieron, salvo Ana Rosa, quien se aproximó a los navegantes para persuadirlos de que accedieran a hablar con los padres. Fue una tarea difícil que —según narración del padre José Amich— exigió de la joven “muchas súplicas y promesas”. Ana Rosa ablandó la renuencia de los indígenas, pero cuando estos vieron a los sacerdotes —que habían salido de su guarida tras ser llamados por la intérprete— acercarse a ellos, tres corrieron hacia el monte desapareciendo de su vista. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 33
El cuarto no pudo porque Ana Rosa impidió su huida cogiendo con fuerza su cushma. Los padres llegaron a él y lo abrazaron. Era setebo y se llamaba Runcato. Los misioneros y Runcato hicieron buenas migas. Los primeros regalaron al segundo herramientas y chaquiras para que fuera donde los suyos y les explicara que los franciscanos eran “amigos”. Runcato ofició de embajador de los religiosos. En el trayecto de vuelta a su comunidad se topó con un grupo de setebos, iracundos y armados, que iban tras los cristianos para vengarse. ¿Qué había ocurrido? Uno de los indígenas que se había internado en el monte escapando de los padres llegó a su pueblo y contó que los franciscanos habían asesinado a varios nativos. Runcato no solo desactivó la furia de los setebos relatándoles su propia experiencia; también logró convencerlos de que aceptaran ver con espíritu de concordia a los cristianos que aguardaban en la orilla del río. Fue un encuentro presidido por gritos de “¡amico!, ¡amico!” entre ambas partes, lanzados primero por los indígenas y rebotados en reciprocidad por los franciscanos. Tras las exclamaciones de camaradería unos y otros se mezclaron en abrazos, de acuerdo con el relato del padre Amich. Una ceremonia religiosa escenificada en una capilla armada con palmas refrendó la armonía conquistada. Luego el curaca de la comunidad invitó a los cristianos a su pueblo, donde fueron agasajados con plátanos sancochados y chicha. Un día después, los misioneros informaron a sus anfitriones que deseaban convertirlos al cristianismo para salvar sus almas. Los indígenas aceptaron y se acordó la construcción de una pequeña iglesia con maderos, caña y palmas, y una cruz que pocos días después concluyeron. El punto final fue la celebración de una misa. Ana Rosa no solo era clave como intérprete; su trabajo trascendía la mera traslación de palabras de una parte a otra. También adoctrinaba a sus paisanos y se esforzaba por apagar los rescoldos de desconfianza de los indígenas que aún creían que los cristianos querían matarlos. Los destinos de Ana Rosa y Runcato volvieron a cruzarse en 1767, cuando la primera informó al padre Francisco de San José (homónimo del fundador) de las rebeliones mortales contra los franciscanos que había propulsado el segundo. La joven Ana Rosa ya era una mujer de mediana edad cuando volvemos a tener noticias de ella que datan de octubre de 1790. El padre Narciso Girbal y Barceló, a la cabeza de una misión, llegó al pueblo de Sarayacu y del grupo que lo recibió sobresalía una mujer en la cuarentena, más afectuosa que el resto en su trato a los visitantes y que también se distinguía por su manera de vestir, cubierta hasta la cabeza, que —según el padre Girbal— la asemejaba a una monja. Ana Rosa no era monja, pero tan lejos no andaba, pues le explicó en español al misionero que profesaba con unción el cristianismo y que le habían enseñado a leer en Lima, adonde la habían llevado los franciscanos para formarla. Después, dijo, la habían devuelto a su tierra para desempeñarse como intérprete en las misiones. También contó que la había casado un padre franciscano, que era viuda y que no había vuelto a emparejarse por obediencia a la “ley de los cristianos”. La mujer setebo lo alojó en su casa, donde se quedó seis días. Trató al padre Girbal a cuerpo de rey. “Cuidó Ana Rosa de mi sustento y regalo, cocinándome como pudiera la mejor cocinera de Lima, pues tenía mucha habilidad y todo lo necesario con la mayor curiosidad y aseo. Ella misma me lavó la ropa”, escribió. 34
Además, le cedió al religioso la barbacoa en que ella dormía, la única que había en la comunidad, pues los demás se acostaban en la tierra. Y su percepción de que la mujer descollaba era certera, pues descubrió que era la curaca de su pueblo. Ambos rezaban juntos y pese a que Ana Rosa había perdido contacto directo con los misioneros cristianos, la ausencia de lazos con ellos no había erosionado su fervor religioso. Incluso le comunicó al padre Girbal que deseaba que su pueblo tuviera un sacerdote. En noviembre del año siguiente, el padre Girbal volvió a Sarayacu, donde su comitiva —de acuerdo con su relato— fue recibida con algarabía por los indígenas a los gritos de “¡Amigo!”. Algunos no esperaron a que la canoa del misionero llegara a tierra, se metieron al río y subieron a su embarcación, que por el impacto de la masiva incursión casi se volcó. Al frente de la comunidad se mantenía Ana Rosa, que ordenó a su gente aquietar su entusiasmo para no abrumar a los religiosos, seguramente cansados por el viaje. Los habitantes de Sarayacu, cumpliendo una promesa hecha al padre Girbal el año anterior, habían levantado un convento al que condujeron a los franciscanos, a quienes alimentaron con chicha, yucas, plátanos, maíz y maní. Ana Rosa, la niña indígena a la que los franciscanos transformaron en evangelizadora, murió a avanzada edad y fue enterrada en la iglesia de Sarayacu. 35 Foto: Javier Ninanya C.
El solitario bastión Foto: Javier Ninanya C.
Solo, sin más medio de transporte que sus piernas, el padre Manuel Plaza emprendió un largo viaje. Durante su travesía, fue interceptado por un grupo de soldados de la joven república peruana que perseguían a miembros en retirada del ejército español. —Párese, Ud. —le ordenó un sargento. —¿Qué cosa manda? —preguntó el sacerdote, impertérrito. —Venga conmigo donde está el capitán. El sargento lo llevó donde su superior. —¿Qué hacía Ud. en la montaña? ¿Es Ud. acaso un capellán del ejército español? —indagó el capitán. —Soy misionero en el territorio del Marañón —respondió Manuel Plaza—. Hace 15 días que camino y aún demoraré algunos más para llegar a Trujillo. —¿Por qué no toma Ud. un caballo? —No lo tengo, y poco me aprovecharía aun cuando lo tuviese, porque las selvas y las cordilleras por donde necesito transitar no permiten andar si no a pie. —Le daré a Ud. una orden para que no lo molesten las partidas (de soldados) distribuidas por el camino en caso de que lo encuentren. —Agradezco infinitamente la atención que Ud. me dispensa, pero la orden que me ofrece es inútil, porque tomaré un camino por donde estoy seguro de no encontrar partida alguna. El capitán le entregó un caballo al padre Plaza para que completara su recorrido. El sacerdote aceptó aunque no lo consideraba necesario y reanudó su viaje montado sobre él. Pocas horas después, sin embargo, le dio el animal a un indígena y siguió su camino a pie. Este hombre que atravesó las tres regiones del país sin compañía ni armas, misionero de temple que renunció al auxilio militar para sostenerse únicamente en sus extremidades, fue una figura central durante una etapa particularmente crítica para la expansión del cristianismo en el país. La independencia del Perú en 1821 fue un revés para el avance de la evangelización franciscana. Lo sufrió como ninguno el padre Plaza, asignado a las misiones en el Ucayali, que se quedó solo ante el retiro de sus compañeros misioneros ordenado por el superior del convento de Santa Rosa de Ocopa tras la proclamación del fin del dominio español. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 37
Huérfano de apoyo y aislado, privado de la comunicación en idioma español porque no tenía con quien intercambiarlo, se las arregló él solo para sostener las misiones. Manuel Plaza fue agricultor, bracero, comerciante. Producía azúcar, melado (bebida de caña) y panela, plantaba caña, destilaba aguardiente y se agenciaba de cacao y zarzaparrilla que después trocaba en la frontera con Brasil por hachas, cuchillos y machetes, herramientas necesarias para el mantenimiento en la selva. El sacerdote no fue un mero superviviente, pues además de trabajar para el sustento material de las misiones, continuó predicando para que el cristianismo no se extinguiera entre los conversos. Sin embargo, su voluntad hercúlea, aunque nutrida por su fe, era humana y como tal tenía límites. El padre Plaza no pudo evitar que los indígenas, ante la escasez de herramientas para cultivar la tierra así como de religiosos, abandonaran las misiones (salvo la de Sarayacu) para retornar a sus antiguos hábitats y vivir de la caza y la pesca. Para hacer más patente su orfandad, los gobiernos de la recién creada república peruana no atendieron sus cuatro solicitudes de ayuda. En medio del desamparo, lo atacó una fiebre que lo sumió durante quince días en la inconsciencia. Cuando despertó lo aguardaba una estampa que robusteció su ánimo: un grupo de indígenas estaban de rodillas y acompañados por una imagen de la Virgen María, a la que suplicaban por la recuperación del sacerdote. Con la salud restaurada, el padre Plaza, ecuatoriano de nacimiento, inició un viaje que lo llevó hasta Quito, en recorridos por tierra y ríos como Napo, para buscar apoyo. En la ciudad de su país de origen recolectó 1.500 pesos, con los cuales pegó la vuelta. Alrededor de ocho meses después de salir, el padre Plaza retornó a Sarayacu y gracias a los fondos conseguidos logró poner en pie tres misiones. Manuel Plaza estuvo solo hasta 1840 (casi coincidiendo con el periodo (1824-1838) durante el cual el convento de Santa Rosa de Ocopa permaneció cerrado). Sin él, sin su tenaz batalla de alrededor de 20 años por la defensa de los territorios ganados por los franciscanos para el Perú, probablemente Brasil se habría merendado un trozo del país. Refiriéndose a su gesta, el historiador José de la Riva-Agüero escribió: “Su solitario heroísmo conservó para el Perú y la catolicidad la magnífica cuenca del río Ucayali”. El investigador italiano Antonio Raimondi también ensalzó su figura, atribuyéndole no solo “la conservación de los pueblos del Ucayali, si no también el descubrimiento de regiones desconocidas, la fundación de nuevos pueblos, la apertura de caminos y la exploración del río Tambo”. El padre Plaza fue designado obispo de Cuenca, en Ecuador, en 1848. En la cima de su carrera eclesiástica, lejos de las carencias que acarreaba su labor evangelizadora en tierras distantes, no olvidaba sus misiones, a las que dedicó alrededor de medio siglo de su vida y que visitó por última vez a los 80 años, uno antes de morir en 1853. Las guerras de independencia americanas fueron un parteaguas en la historia del convento de Santa Rosa de Ocopa y el padre Manuel Plaza fue un puente entre ambas épocas, siempre protagonista. 38
Foto: Javier Ninanya C.
El fraile guerrero Foto: Javier Ninanya C.
El padre Bruno Terreros, un franciscano oriundo del pueblo de Muquiyauyo (Jauja), llevaba una vida entregada a la religión cuando el Perú luchaba por su independencia de España. Alineado con la Corona española, ejercía como párroco en Chupaca, Junín, cuando una incursión brutal de los soldados realistas en 1821, con asesinatos y un intento de rapiña de los objetos sagrados de la iglesia local que los pobladores —convocados por el sacerdote— contuvieron, lo arrojó al bando patriota. Terreros eligió las armas para combatir al enemigo, una decisión que revolucionaría su vida y lo metería en la historia. Líder de montoneros, su campo de acción fue el Valle del Mantaro, donde crio fama como el coronel fray Bruno Terreros. Merced a su arrojo, una frase referida a él cundía en el bando español: “¿Fraile y coronel? Líbreme Dios de él”, según Ricardo Palma, que tambien dejó escrito que el hombre hizo su noviciado en Ocopa. Victoriosa la causa patriota, Terreros solicitó en 1825 autorización a Simón Bolívar para colgar el uniforme militar con el propósito de retomar su trabajo religioso. Bolívar mandó a escribir una carta al gobernador arzobispal en la que se ponderaban “los muchos é importantísimos servicios que (Bruno Terreros) ha prestado á la causa nacional” y pedía que se le otorgara una colocación para reanudar su tarea sacerdotal. Fue nombrado sacerdote en Mito y tiempo después, en 1832, murió mientras intentaba cruzar el río Mantaro para atender la confesión de un moribundo. Las aguas estaban hinchadas por las lluvias, pero el padre Terreros —inclaudicante en el cumplimiento de su deber— hizo caso omiso a los ruegos para que permaneciera en tierra y se ahogó. Su epopeya fue reconocida hasta en la cúspide del poder. Más de un siglo después, en 1944, durante la inauguración de una placa de bronce en la casa donde nació —con la asistencia del entonces presidente del Perú, Manuel Prado—, el escritor y diplomático Luis Alayza y Paz Soldán, presidente del Instituto Sanmartiniano del Perú, dijo que “bajo ciertos conceptos” Bruno Terreros había sido “la figura más exótica y grande de la Independencia del Perú” y valoró su doble faceta de “prócer de la Patria” y “mártir de la Religión”. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 41
El santo Foto: Javier Ninanya C.
Tiene la cabeza inclinada hacia la derecha y una expresión beatífica que refuerzan sus manos entrelazadas a la altura del pecho, parcialmente cubiertas por su sayo. Epítome de la humildad, la fotografía que inmortaliza a Pío Sarobe es la única que se conserva de él en vida. Lo que tal vez poca gente sabe es que en la imagen original el padre Pío no estaba solo, si no acompañado por otras personas, entre ellas el obispo de Huánuco (diócesis a la que pertenecía el convento de Santa Rosa de Ocopa en 1904, año en que se tomó la foto). La frugalidad que Pío Sarobe trasluce en su hábito y su lenguaje corporal contrasta con el rictus de gravedad del obispo —el gesto de quien está acostumbrado a mandar— y su grueso atuendo. Las circunstancias en que se hizo la fotografía perfilan a un hombre que ha pasado a la historia como santo. Alérgico a los retratos, pero fiel a sus votos, el padre Pío, obediente y de rodillas ante su superior, acató la orden del obispo —que estaba de visita en el convento— de hacerse una foto grupal. Milagros en vida (y después) Hay nombres proféticos, que delinean un camino y marcan para siempre a sus portadores. El 5 de mayo de 1855, un día después de haber nacido en el pueblo español de Astigarraga, el santo de Ocopa fue bautizado como Pío José. Devoto, benigno o misericordioso son otras palabras para definir a un pío y que parecen haber sido acuñadas para describir a Pío Sarobe, quien desde pequeño llevó una vida virtuosa, muy apegada a las prácticas religiosas. Su abuela materna fue su cicerone en la doctrina y los rituales católicos. Ella se hizo cargo de Pío cuando este no había cumplido ni un año (quedó huérfano de madre a los 21 días y de padre a los once meses) y de su hermano mayor Norberto. Ya en el colegio Pío apuntaba para santo. Así se referían a él sus condiscípulos por su carácter manso y, al mismo tiempo, su reciedumbre para rechazar las travesuras propias de su edad o apartarse del ruido juvenil, al extremo de que sus compañeros hacían sus trastadas sin que él se enterase para no incordiarlo. 43
Lector aplicado, sus obras preferidas estaban relacionadas con los santos, en especial Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Que su cabeza anduviera en lecturas edificantes y rehuyera el mundanal bullicio no lo hacía inmune a las crispaciones de su tiempo. Pío Sarobe tuvo que servir en el ejército carlista en medio de las guerras que se desataron en España tras la muerte del rey Fernando VII en 1833 entre partidarios de su hija Isabel II y su hermano Carlos. El acuartelamiento no debilitó el celo religioso del joven Pío, de quien sus compañeros de armas decían que era mejor rezando rosarios que disparando. El fin de las guerras en 1876 obligó a Pío, como parte del bando carlista, a abandonar España. El ostracismo, sin embargo, lo acercó a una vocación que el clima bélico y antirreligioso en su país convertía en una temeridad: pertenecer a la orden franciscana, de la cual se sentía atraído por su austeridad. En Francia, donde se refugió, coincidió con el padre Bernardino González, que estaba buscando jóvenes aspirantes para el convento de Santa Rosa de Ocopa, una tarea inviable en la España de entonces, donde se perseguía a las órdenes religiosas. Pío, un mozo de 21 años, arribó a Lima el 7 de mayo de 1876. Hizo su noviciado en Ocopa y fue ordenado sacerdote en 1883. Su arrebato religioso no pasó desapercibido en el convento y fue elegido guardián de Ocopa en 1888 por tres años, cargo que repitió en 1903. Entre un periodo y otro se desempeñó como maestro de novicios. El padre Pío Sarobe aprendió quechua para servir mejor a los habitantes del Valle del Mantaro. Atendía a los enfermos, celebraba misas, catequizaba, escuchaba confesiones y predicaba en un lenguaje llano en los pueblos de la zona, donde su devoción y su carisma conquistaron almas y corazones. Claustros adentro, su vida era la oración. También escribía textos sobre asuntos espirituales, donde expresaba su modestia. Por ejemplo: “Y pidiéndole a mi buen Jesús la gracia de ser todo suyo, me inspiró el conocimiento de mi indignidad, de modo que no solo soy indigno de servir a este amabilísimo Señor, si no también al más mínimo de mis hermanos”. Al padre Pío le atribuyeron milagros en vida. Se decía que sus oraciones curaban a enfermos e incluso que, en una ocasión, fuera del convento, transformó a la distancia agua en vino tras enterarse de que un sacristán había olvidado colocar la mencionada bebida para una misa. Otro hecho asombroso que la gente del Valle del Mantaro relataba sobre Pío Sarobe ocurrió en 1900. Unos obreros trabajaban en la restauración de la iglesia del convento cuando se percataron de que una viga que estaban colocando no tenía el largo necesario. Informado el padre Pío, les pidió que salieran de la iglesia. Se quedó solo en ella, rezó unos minutos y luego llamó a los trabajadores para que reanudaran su faena. Grande fue la sorpresa de los hombres cuando descubrieron que la viga, antes menguante, tenía ahora un metro de más. Quizá el mayor milagro que protagonizó el padre Pío fue el de la simultaneidad espacial. Dieron fe de ello los habitantes del pueblo de Mito, quienes habían convocado a unos sacerdotes de Ocopa para que organizaran una misa y una procesión con motivo de una fiesta patronal. Como los padres no llegaron a la hora acordada, un grupo de pobladores fue al convento, donde los recibió Pío 44
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