Después de perorar contra el pecado que anidaba en los pobladores —manifestado en sus malos actos— y su nula voluntad de expiación, o sobre los castigos que recaerían sobre ellos, extinguidas las palabras, los misioneros procedían a azotarse en las espaldas con látigos u otras herramientas. El efecto era poderoso: la gente, conmocionada, parecía sentir en carne propia las flagelaciones y reaccionaba con llantos y expresiones de arrepentimiento. A continuación, las confesiones se sucedían como las olas de un tsunami, lo que obligaba a los misioneros a escucharlas hasta la madrugada. El arreón alcanzaba también a los concubinatos que en elevado número mutaban en matrimonios autorizados por Dios. Las misiones tenían también una función social: exterminaban odios que hacían inviable la convivencia, arrancaban a las personas del robo, el alcohol o el juego, reforzaban el apego al trabajo, restauraban la armonía en los hogares, etc. Ahora que estas expediciones de control moral y social forman parte del pasado, evoquemos al misionero franciscano Francisco Aramburú cuando decía: “No todo sacerdote es misionero; ni cualquier religioso está apto y preparado para dar misiones. Para un combate se preparan soldados; luego es muy justo que para dar misiones se preparen misioneros”. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 53 Foto: Javier Ninanya C.
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