300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

Nadie ha vivido más tiempo en el convento de Santa Rosa de Ocopa que el padre Antonio Goicoechea. Este recinto franciscano de 300 años ha cobijado durante más de 70 al sacerdote vasco, el último eslabón vivo de una época de expediciones en la selva peruana donde los misioneros arriesgaban el pellejo. En el Colegio Seráfico de Anguciana en Logroño, donde estudiaba, el niño Antonio escuchaba hechizado los relatos de los padres españoles afincados en Perú sobre su experiencia misionera en la Amazonia, vívidas descripciones de sus correrías en ese exótico paisaje donde las emociones fuertes llovían siempre. Los religiosos, de vuelta en su país por un periodo para visitar a sus familias, narraban a su auditorio juvenil sus vivencias con el fin de incentivar a los chicos a emular a los misioneros. Sus historias encendían la imaginación del estudiante Antonio Goicoechea, quien más de 60 años después recordaba en su libro El convento de Ocopa a un padre que asombró a los estudiantes con una sobrecogedora anécdota: una noche, en medio de la oscuridad de la selva, se había sentado sobre un tronco y acopiado luciérnagas en un vaso para que le dieran luz y, así, poder leer su breviario. De pronto, mientras rezaba, el tronco comenzó a moverse. El sacerdote se puso de pie y descubrió, con espanto, que había estado sobre el lomo de una boa constrictora (o una anaconda). Subyugado por ese país de fábula que trazaban los padres, el 30 de agosto de 1944 el niño Antonio se subió a un barco que partió de su natal Bilbao con rumbo a Perú, resuelto a convertirse en un misionero. Tenía 12 años. “No soy un extraterrestre” El viaje, en un mundo sacudido por la guerra, duró 70 días (51 por mar y 19 por vía terrestre) e incluyó paradas en Portugal, Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Puno, Arequipa y Mollendo antes de finalizar en Callao. Cuando se refiere a esta experiencia, el padre Goico — como lo llaman todos con afecto— menciona a menudo la palabra aventura y a veces le añade coletillas: “de película”, “arriesgada”. Con él viajaron otros chicos aspirantes a la vida misionera; todos dispuestos, asegura, a morir como mártires en la selva. Maravilloso es otro término al que más de una vez recurre para definir el viaje trasatlántico (“veníamos cantando en el barco”) o el espíritu que poseía a unos menores abiertos a jugarse la vida por su vocación. 197

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx